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Vuestro Sol no alumbra más que la verdad de vuestra muerte

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«Diariamente se explicaban por radio y televisión las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que, un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida “de verdad”»

Michael Ende: Momo

 

El Capitalismo, lejos de agonizar como creen algunos ilusos, se yergue sobre sus propios excrementos para perpetuarse. Para ello se reinventa cada día, devorando el pasado para anular el futuro y dominar el presente. Y a pocos parece importar el olor adetritus de algo, que, pese a su pretendida novedad, no deja de ser un invento muy viejo.

Hoy más que nunca, cuando la mercancía es el ídolo que todos adoran, cuando todo ya es mercancía, incluidos los propios seres humanos, cuando las ciudades han sido convertidas en una imagen de sí mismas que debe ser vendida como cualquier otro producto y lo que nos rodea y hasta nosotros mismos somos sólo meros recursos —renovables, naturales, artificiales, humanos, ¡tanto da!, todos cuantificables y comercializables—, el más brutal fetichismo sale a la superficie. Un fetichismo que entronca con el fetichismo y la magia más primitivos, aquellos que eran una expresión de la dominación de la naturaleza sobre los seres humanos y del poder ilusorio que los seres humanos pretendían sobre la naturaleza, de su miedo, indefensión e incomprensión ante lo que les rodeaba y de la necesidad de ordenar ese mundo, en definitiva. Así, el nuevo fetichismo, no es sino el reflejo de la impotencia del ser humano para dominar sus obras, para controlar su vida, y el juego ilusorio de que tiene todo el poder cuando no tiene poder alguno. «Democracia», «Progreso», «Libertad», «Estado del Bienestar», no son sino conceptos vacíos, sucedáneos de encantamientos que los nuevos bárbaros enuncian creyendo ciegamente en el mágico poder que les otorgan. El mito revive desmitificado, despojado de cualquiera de sus atributos mágicos, poéticos, utópicos; convertido en mera ideología  apenas camuflada. La ideología del consumo, de la mercancía, del no-ser que cree serlo todo. La ideología de la muerte que ahoga a la vida, pero que se disfraza con su piel.

El Capitalismo, en tanto que religión triunfante que dice haber abolido por fin el mito (y con él la historia), necesita sin embargo de su recuerdo borroso, de su contorno desdibujado para reafirmarse y ocultar su verdadera faz y más en tiempos de «crisis económica» en los que, a pesar de la apatía generalizada, pueden comenzar a plantearse las preguntas que están en todas las cabezas pero que rara vez se exteriorizan. Ante todo debe primar la normalidad, la continuidad de la maquinaria. La nave sigue su rumbo, ¡viento en popa a toda vela! Pero siempre es necesario un relato —mítico— que articule la realidad, o lo que se entiende por tal, que la haga comprensible, atractiva y, sobre todo, que la solidifique, que la instaure como orden natural hasta nueva orden. El mito sigue siendo más que necesario, confundido con mitos anteriores que sí tenían un sentido pero que fueron despojados de él hace mucho tiempo y aunque se camufle en medio del discurso confusionista posmoderno o posliberal —ambos tan similares a pesar de su pretendido antagonismo— y sea falsamente negado por la utopía tecnocientífica que pretende sustituir todo lo que desprecian como «irracional», como si la mayoría de sus axiomas no fuesen ya mitos, eso sí, desprovistos de poesía. El mito está ahí. Hace falta reconocerlo y, mucho más importante, desnudarlo, reconocer su sentido último y crear un contra-mito eficaz que tenga la potencia suficiente para enfrentarse a la construcción del mundo que se nos impone. La guerra social es también un mito, un mito al que se debe dar sentido, conjurarlo para acabar con esta mitología de la alienación que nos ahoga. Pero para ello hay que reconocer y nombrar los mitos del enemigo allí donde menos evidentes pueden parecer.

«Desde hace cinco años un monstruo late con fuerza bajo la Puerta del Sol. Un gigante de 30 metros de altura y 3.000 metros cuadrados de superficie. Está previsto que despierte el próximo sábado»[1]. Así comenzaba un artículo periodístico sobre la nueva macroestación de la Puerta del Sol de Madrid escrito pocos días antes de su inauguración oficial. Como si un gigante despertase de su letargo subterráneo para transportarnos de aquí a otros mundos, mundos extraños, conectados entre sí gracias al poder pseudomágico de la gruta técnica. Y no es casual que se haya bautizado con el nombre de «Caverna» los andenes de las líneas de Cercanías. Descender a la caverna para viajar a otros mundos es tan viejo como el ser humano. Pero el descenso aquí no conduce a mundos oníricos, mágicos o desconocidos, sino al mismo viejo mundo que nos atormenta y del que no podemos huir. Diferentes mundos que no son sino el mismo mundo: el mundo que se habita (la urbanización para la clase media, el suburbio para los restos de la clase obrera en descomposición), el mundo en el que se produce (el curro), el mundo en el que se consume (el centro comercial), el mundo en el que se trata de olvidar la ausencia (la discoteca o el parque temático). Distintos pero equiparables. Todos extraños, porque el ser humano ha sido extrañado de cualquier lugar. Sólo cabe en ellos la repetición de gestos vacíos, porque el auténtico Gesto ha sido prácticamente abolido. Y todos esos mundos están ahora conectados por la nueva macroestación de Sol, algo más que un intercambiador de transportes, como repitieron hasta la saciedad los días posteriores a su inauguración, un símbolo de la nueva ciudad, del progreso imparable de no-se-sabe-qué hacia un más allá que lo englobe todo, en definitiva, del vaciamiento de la vida, porque ya da igual donde se esté o hacia adónde se vaya cuando todo es lo mismo. La nueva estación no es el no-lugar que cacarean los posmodernos, sino el Lugar por excelencia del Capitalismo, su mayor símbolo. Allí donde todo confluye por y para que nada ocurra al margen de los presupuestos admitidos, del bien de la economía. Todo girando en torno a un centro que ya lo absorbe todo. La megaciudad que devora lo que fueron ciudades satélites y quiere ser un símbolo de sí misma y de su victoria, de la victoria del orden y la economía.

Una enorme estructura de acero y cristal situada en el centro de la plaza acoge (o traga) a los viajeros y actúa como «una suerte de faro que nunca se apaga, como tampoco cesa nunca la actividad en esta plaza»[2], decía Antonio Fernández Alba, el académico de Bellas Artes encargado de su diseño. Así es y así ha de ser. Los tecnócratas —en su casi infinita estupidez— enuncian siempre las verdades más simples pero menos evidentes. Que nunca cese la actividad, que la economía fluya, ésa es la gran verdad que se esconde bajo las toneladas de acero y cemento. Y más ahora, en una época de «crisis económica» que no es sino un período de reajuste a unas nuevas condiciones, a una nueva economía que viene a salvar el capitalismo de sí mismo dándonos dos tazas de la misma sopa, eso sí, en un nuevo envase ecológico y personalizado para cada cliente.

Se calcula que 750.000 personas pasarán a diario por la estación de Sol. Aunque donde dice personas deberíamos decir mercancías, pues de eso se trata: de mercancías, de dinero, de la economía, de qué otra cosa si no. El habitante de cualquier suburbio podrá estar en un tiempo récord en el centro y desde allí trasladarse a su lugar de trabajo, de ocio o de consumo. Ya no tendrá excusa. Reducir las distancias significa reducir los impedimentos para el avance autónomo de la economía. Porque, como se esfuerzan en inculcarnos burócratas y publicistas, hay que ser más productivos, y ser más productivo no es sólo producir más bienes materiales, sino también —y cada vez en mayor medida— producir y reproducir el tiempo, el espacio y las relaciones sociales. Convertirse uno mismo y su relación con el mundo y con el resto de seres en un sistema técnico a gestionar, atendiendo a criterios de productividad y rentabilidad. En este nuevo imperio el movimiento no es una libertad, es una obligación. Obligación de ir o de regresar. Obligación de producir, de hacer producir, de alimentar la máquina en definitiva. Y lo que desvíe de estos objetivos ha de ser descartado como obsoleto, inútil. El tiempo de ocio también debe ser productivo, ha de servir para relajarnos, pues toda máquina necesita recargar su batería. Y no olvidemos que para recargar la batería hace falta energía, más producción, más gasto, más consumo, es el círculo vicioso perfecto de la economía. Sea cual sea su necesidad tenemos el producto adecuado y al asesor que usted necesita. Nada se nos escapa. Hay que vivir sin tiempos muertos, decía un viejo eslógan, hoy se ha convertido en triste realidad.

La plaza de la Puerta del Sol, que ya era desde hacía mucho tiempo un espacio desolado monopolizado y custodiado por el poder político —presidido por edificio de Correos, antigua sede de la criminal DGS, hoy sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid— y económico —el Corte Inglés es prácticamente dueño de la plaza y tiene hasta salidas exclusivas de la estación— se ha convertido en el mejor ejemplo de las plazas duras que proliferan hoy por doquier: «plazas sin comunidad real, sin alojamiento, inhóspitas para la afectividad más elemental. ¿Por qué? Porque se conciben como plazas para la cultura tal y como esta se entiende hoy: como espacio sin sombra, sin tierra, desarbolado, construido para deslizarse por él.»[3] Sólo cabe en ellas el acto monumental, la celebración del poder, sea público o privado, y la rápida circulación hacia el reino de la mercancía encarnado por los comercios de la calle Preciados. La plaza siempre ha sido un lugar peligroso, heredera del ágora, allí donde la comunidad debate, decide y actúa. Precisamente por ello debe ser neutralizada, reducida a escombros de diseño obra de esos diseñadores de escombros que son los urbanistas y arquitectos. La plaza, el espacio abierto, sólo debe inspirar desolación y ha de impedirse por todos los medios que sea otra cosa que lugar de paso. Ha sido convertida en un inmenso escaparate donde ni tan siquiera hay nada que contemplar o de qué disfrutar, sólo un inmenso vacío lleno de espejos donde observar la imagen distorsionada de nosotros mismos que dicen es nuestra individualidad, nuestro yo recubierto de prótesis en forma de gadgets y experiencias que creemos únicas e irrepetibles pero que siempre dejan un sabor amargo. En esos lugares podemos enfrentarnos cara a cara con nosotros mismos, con la inmensidad de nuestra soledad pese a estar rodeados de otros cientos de personas y comprender la ardua tarea que es desafiar a esta sociedad. Aunque a pesar de todo esto, quizás exista un resquicio, quizás sea ese un buen lugar en el que probar la solidez de la alienación en lugar de retroceder asustados.

Al tiempo que se destruye todo vestigio del pasado (y del presente), de lo que podría ser un cuerpo social, una comunidad, una vida compartida por personas y no compartimentada por objetos, hay que conservar los restos de un pasado desprovisto de sentido. Encerrados en unas vitrinas dentro de la estación de Sol se pueden contemplar los restos de los cimientos y los muros de la iglesia del Buen Suceso, iglesia que ya fuese sacrificada al progreso en una de las ampliaciones de la plaza a mediados del siglo XIX. El nombre de esta iglesia es, sin quererlo, una metáfora del acto sin riesgo, del que todo cambie para que nada cambie tan en boga, metáfora encerrada en una urna para ser contemplada e interiorizada por los miles de viajeros. Porque el buen suceso es el que sigue la recta senda del haz-lo-que-debes, de la decisión que ya está tomada de antemano y en la que nada se arriesga, porque si algo no quiere el hombre diluido en la masa es que nada cambie, que ningún acontecimiento pueda trastocar su vida, aunque continuamente se queje —de los políticos, del paro, de la destrucción del medio ambiente, de la guerra, del hambre en el mundo, etc.—. Todo es una mierda, pero no estoy dispuesto a arriesgar nada porque nada cambie. Hemos llegado a temerle a la vida y a nosotros mismos. Frente a ese acto sin riesgo se encuentra la emergencia del Acto, el gesto radical, la ruptura que no puede ser museificada como los restos arqueológicos de lo que fue vida. Ese germen no puede ser tolerado, porque es un virus social que amenaza el consenso y, sobre todo, porque es un poderoso contra-mito, fundado en la pasión, en la poesía, en lo que se siente como auténtico y nos impulsa a vivir en una forma y un sentido únicos y por ello diferentes, impredecibles, inabordables en gran medida. Es un arma, aunque sea un arma que hay que aprender a utilizar, como todas. Y es un arma que puede ser utilizada en contra nuestra —lo hemos comprobado tantas veces...—, no lo olvidemos, pero sin riesgo no hay victoria posible.

El mito capital del capitalismo consiste en convencernos de que todo es posible bajo su reinado y de que todo lo posible ha de ser realizado, consumado para poder ser consumido. La imaginación, la creatividad y el deseo han sido puestos al servicio del orden del mundo por tecnócratas, publicistas, economistas, arquitectos, urbanistas, gestores de lo cultural, políticos y policías[4], encargados de crear la nueva utopía postindustrial, donde nada es lo que parece, pero todo se parece a algo ya visto. Más de lo mismo, pero a paletadas. Y mientras, aquellos que nos afirmamos herederos de las utopías que creían en el deseo, en la creatividad y en la imaginación como herramientas de emancipación, contemplamos atónitos y desarmados el paisaje desolado de nuestra derrota, sabiendo lo que se esconde tras el velo que nada logra disimular, pero sin saber muy bien qué hacer, sin querer ver más allá de lo ya sabido y repetido —las tremendas maldades del capitalismo— y, lo que es peor, sin avanzar más allá de esa cómoda posición de oposición que a nada se opone. Arriesgarse más allá del gesto vacío, aunque se pretenda radical, arriesgar la vida en un auténtico Gesto. No hay atajos a la victoria.

Frente a la muerte del mito y su renacer cosificado como mitología de la alienación, frente a la «desauratización del mundo» se impone un reencantamiento del mismo, de la capacidad de maravillarse, de crear, imaginar y soñar más allá de lo dado, y todo ello pese a las dificultades y peligros que esto tiene, pues la maquinaria y el imaginario capitalistas han demostrado con creces su capacidad de absorción de lo mejor de nuestros sueños para transformarlo en nuestra peor pesadilla. La mitología del capitalismo y de la sociedad tecnocrática se alimentan en gran medida de poderosos (y hermosos) mitos que en su día tuvieron un potencial utópico nada desdeñable, pero que hoy han sido reducidos a instrumentos de la clase dirigente y de sus comparsas ciudadanistas, ecologistas o altermundistas. Pero renegar de la utopía es dar la razón al enemigo, rendir las armas y conformarse con escupir al suelo cada vez que pasamos junto al amo. Para los que queremos la emancipación eso no nos basta. Queremos clavar la azada en su cerviz y beber su vino. No podemos renunciar a la utopía, no podemos renunciar al mito, no podemos renunciar al acto creador. Pero tampoco podemos reducirlo todo a la palabra, por mágica que sea.

Aunque sea imprescindible, la crítica no es suficiente para derribar este mundo, como tampoco lo es la mera acción —por mucho que les pese a los especialistas de la militancia que tanto abundan—. En esta época de crisis en la que parece que el capitalismo se tambalea —aunque esta afirmación sea más que discutible— parece que vivimos en una sempiterna «crisis de la economía del deseo revolucionario», como si fuésemos impotentes no ya para plantear una alternativa sólida capaz de enamorar y conducir a una acción colectiva decidida por transformar el mundo, sino siquiera para sentar las bases para un mínimo punto de partida sobre el que empezar a construir esa alternativa. La mayoría de círculos militantes se reducen a la repetición de eslóganes carentes ya de sentido, de acciones que ya se sabe a dónde conducen y de roles políticamente correctos para consumo interno dentro de un movimiento que no lo es porque parece no querer aspirar a serlo. Hay quien se siente a gusto con ese modus vivendi militante, pero ¡ay! de la revolución que no aspire a superarlos. Y la revolución no es mañana, la revolución es hoy o no es.

El reto al que nos enfrentamos, desmantelar la ciudad y su aparato industrial, destruir el capitalismo y su ordenamiento autoritario y burocrático del mundo, supone plantearse preguntas que no han de ser remitidas a un futuro posrevolucionario más o menos cercano, ni reducirse a mera literatura pseudoutópica, sino que implican trabajar ya en esa tarea colectiva, tanto desde el punto de vista teórico como práctico. Aprovechar las propias brechas en la ciudad —descampados, parques, plazas— para abrir brechas en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en la estructura de la ciudad. Ir más allá de los clichés sobre autogestión y plantear la cuestión del fin de la especialización y la separación analizando todas sus implicaciones y problemas a un nivel profundo. Tejer relaciones, complicidades que vayan más allá de los usos comunes de espacios y símbolos, atendiendo sobre todo a lo cercano, a lo directamente experimentable por nosotros mismos en compañía de otros, tejiendo una red de complicidades que pueda llegar a extenderse más allá de los malditos ghettos. En definitiva crear un mito compartido y extensible, que tenga el potencial suficiente para contagiar y, sobre todo, para engendrar vida, que no sea sólo una promesa sino una realidad tangible, una alternativa posible y fundada en bases que sean realmente opuestas a las que impone el mundo de la mercancía. Y sabemos que un proyecto como ese tendrá enfrente toda la maquinaria represiva a la que día a día nos enfrentamos. Se ha visto en Grecia en los meses pasados, pero también se han visto todas las limitaciones de un movimiento que pretende transformar el mundo y cambiar la vida pero que, a la hora de la verdad, no puede, no sabe o no quiere ir más allá de la mera expropiación del mundo que ya existe[5]. Eso no nos vale. Hay que jugárselo todo porque mañana puede ser tarde.

[1] ABC, 21-6-2009

[2] El País, 21-5-2009

[3] Eugenio Castro: “Principio de insolación (las plazas duras)”, El Rapto, 2, 2007

[4] «En tiempos como los que vivimos, cuando la gente padece tantos sufrimientos, más que nunca, la policía debe tener en cuenta las distracciones de la población», Jean-Luc Godard

[5] Esto no quiere decir que haya que restar valor a la experiencia revolucionaria griega de finales de 2008 y comienzos de 2009, todo lo contrario, hay que aprender y avanzar a partir de ella, pero siempre descde una posición crítica.