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La Noche en Blanco, la vida en negro y el régimen de la movilización total

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Puede que el planeta se despeñe a un ritmo uniforme y científicamente acelerado, y que la existencia haya caído bajo la penumbra de la monotonía acondicionada, pero hay que reconocer al menos una cosa: que el poder mata, pero no miente. Ni engaña a nadie, más allá del que finge que sigue engañado. Pues lo que la dominación hace, lo hace con luz y taquígrafos, aunque a veces el brillo de sus focos deslumbre a primera vista cegando al espectador alucinado que cree ver castillos en el aire y tierras de la leche y la miel. Sin duda de eso se trata, pero la perturbación visual dura el instante que dura la más mínima reflexión, cuando esta se decide a tomar distancia atravesando al otro lado del espejismo. Entonces el deslumbramiento se hace diáfano, y el espectáculo realidad. Porque si puede haber exceso de información y ruido mediático, si la iluminación del plató es demasiado intensa por exceso o por defecto, lo que en ningún caso existe es la ocultación, ya que el poder está tan convencido de su victoria y se ha envanecido tanto, que no le importa enseñar sus cartas y pregonar su juego. Propiamente hablando, no hay trileros porque no hay trampa, ni cartón, ni mesa, ni cubiletes. Y si hay primos es porque quieren serlo.

    Es esta curiosa transparencia informativa la que explica, por ejemplo, que el alcalde Ruiz Gallardón, campeón invicto del automóvil-rey y de la lepra urbanística, se atenga a la verdad más escrupulosa sin mentir ni buscar excusas cuando, al contestar a las patéticas “críticas” del Foro por la Movilidad Sostenible de Madrid con motivo de la “celebración” del Día sin Coches, dice que “creemos en una idea de movilidad aplicable a todo el año. No somos partidarios de las medidas de un día”. Es cierto, en cuanto que todo el año se nos aplica la movilización total y obligatoria, que consiste en que, automóvil mediante y cada vez a más largas distancias, corramos de una mercancía a otra en pos del movimiento perpetuo del consumo, conduciendo o siendo conducidos, en el metro y en el autobús, del trabajo malamente remunerado que llaman “profesión”, al trabajo costosísimo que compramos al precio de nuestra vida interior y que llamamos “tiempo libre”.

    Nada hay de casual por tanto en que el Día sin Coches coincida con la Noche en Blanco, ese otro buen ejemplo de la agitación y propaganda de la economía, y no sólo porque el mismo aprendiz de diablo cojuelo esté tras la organización de ambos eventos.  En efecto, en una época en la que se intenta por todos los medios que la creatividad de cada individuo, ese mensaje interior que es (o era) el vehículo mismo de la revelación para cada hombre y mujer, desaparezca por fin en el basurero económico, en un tiempo en el que el ocio programado formatea los imaginarios, y los entretenimientos imbéciles pretenden taponar la sensibilidad para que por ella no corra el viento tormentoso de la experiencia poética, la publicidad de la Noche en Blanco se limita a levantar acta y proclamar sin tapujos una defunción de la imaginación que el poder pretende definitiva: “La noche en blanco eres tú. Queremos que dejes de ser espectador y te unas a nosotros convirtiéndote, por una noche, en artista, copartícipe, obra de arte (…) No te quedes sentado, no te conformes con mirar y ¡participa!” Muchas gracias, pero cuando se nos azuza a que nos convirtamos “por una noche” en artista, es decir, en la única figura social que según la ideología burguesa puede y tiene permiso para sentir e imaginar de forma distinta y original, y de manifestarlo libremente, es que el resto del año no lo somos, ni debemos serlo, ya que nuestro papel es obedecer y asentir como el espectador que efectivamente nunca querrán que dejemos de ser (1). Por eso la Noche en Blanco es el reverso lógico de la vida en negro, una no tendría sentido ni función sin la otra pues su miseria es tan idéntica como complementaria, al igual que, en la Edad Media, la transgresión reglamentada del carnaval o la Fiesta de los Tontos, donde el mendigo se convertía en rey por un día, era la contrapartida del orden feudal que reinaba implacable el resto del año.

    Por otra parte, ¿en qué consisten esas actividades maravillosas que lograrán que nos sintamos reyes de la inspiración, artistas por un día? Según Family Garden, proyectado por un tal Ron Haselden, se trata de convertir “el Edificio España, de la Plaza de España, en un tapiz lumínico, en un inmenso lienzo que traducirá mediante colores en las ventanas dibujos hechos por niños”, gracias a la colaboración de los aspirantes a la gloria creativa; para llevar a la práctica tan excitante acción, “durante los 45 minutos que dure la actividad, cada voluntario se convertirá en el responsable de uno de los 480 focos que están situados en el edificio, uno por cada ventana (…) cada minuto tendrán que ir cambiando los filtros de luz según la escaleta de luces y horas que les darán a la entrada del edificio. El momento del cambio lo marcará un bipque suene en la radio que también les darán a la entrada, junto a unos guantes para no quemarse con los focos, un chaleco reflectante y un casco”. Apasionante. La otra gran oferta participativa es cortesía del colectivo (sus iniciales ya lo dicen todo)Kaskaden Kondensator: “una instalación viviente, en apariencia, una discoteca tradicional, con su Dj, sus luces, su música... todo movido por la energía que producen voluntarios montados en bicicletas estáticas. Tus piernas y tu pedaleo serán las que animen la discoteca, las que proporcionen la energía necesaria para que no decaiga la fiesta”. Fantástico. Por poner un último ejemplo, pero estos abundan: “en el Cine Capitol, y hasta las 3, Be a Star le ayudará a recrear el glamour de Hollywood, bajando de una limusina y pisando la alfombra roja entre fans y una lluvia de flashes”. Sin comentarios.

    En resumen, la idea de experiencia creativa que tiene la Noche en Blanco es tan lamentable como el concepto de artista que la alimenta y justifica: la prolongación por otros medios de la misma opresión en y por el trabajo, de la misma vida cotidiana degradada que ya disfrutamos: explotación descarada, cadena de montaje, actitudes maquinales, experiencias de concurso televisivo, ocurrencias insípidas como sucedáneo de la imaginación, complacencia en la sumisión digna del perro de Pavlov. Como esto no tiene nada que ver con el libre ejercicio de la inspiración poética, soberanía, deseo y exuberancia vital del ser humano que demasiadas veces se ha confundido con el Arte, la Literatura y las pompas y glorias de la cultura subvencionada (2), sólo podemos decir que revienten los artistas, los que se creen tales y los que quieren serlo. Sin embargo, con ser ya muy malo todo lo que hemos apuntado, hay otro aspecto de la Noche en Blanco que alcanza las latitudes infames de lo peor. Nos referimos a su carácter totalitario, pues no se trata de una propuesta,sino de una orden. Una orden que nos conmina a movilizarnos durante toda la noche y por todo Madrid como insomnes malditos, para lo que el mismo ayuntamiento que prohíbe el botellón y las fiestas populares con la excusa de la seguridad pública y el sueño de los vecinos, pone esta vez las calles patas arriba y todos los medios de transporte para que no decaiga su fiesta. Y para que la noche se haga día, el día artificial del trabajo y de la mercancía, ya que el espectáculo, para ser total, necesita que nada se quede quieto, ensimismado en su propio vértigo, como no tolera las regiones oscuras del inconsciente insondable, el ensoñamiento gratuito o el deseo imprevisible: esta y no otra es la razón por la que la industria cultural y los laboratorios de Frankestein ansían su colonización y manipulación final y definitiva, a mayor gloria del capitalismo de espíritu, para mayor desgracia de la libertad. Para ese fin la noche sobra, pues es el hábitat natural del sueño, del amor y de la conjura, y es contra la noche que se proyecta el insomnio obligatorio de la Noche en Blanco. Un insomnio, en fin, que replica los síntomas compulsivos del resto de manías del consumo de masas, pues ya nos aclaran que “para evitar la frustración de no llegar a todo, se han creado minifestivales para que el público pueda diseñarse su propia noche”. Esa frustración de no llegar a todo, cuando ese todo es la nada de la mercancía, es la mejor definición miserabilista de este sistema y de este estilo de vida. Es el himno de la movilización total. Es nuestro enemigo.

En nombre del sueño, de la imaginación y del amor, no visitéis la Noche en Blanco.

A no ser para sabotearla.

Pues si todas las noches son negras, que esta también lo sea.

Observatorio del Sonambulismo Contemporáneo

1. Con un lenguaje deliciosamente policial y clínico, The Art Palace exige a los que “quieran ser artistas” el siguiente requisito: “los interesados deberán firmar una declaración jurada que certifique que no son artistas y que nunca han hecho una obra de arte con actitud consciente de artista”. Una vez documentados, ¡Quiero ser artista! pretende ofrecer “a miles de personas la opción a un cambio de estatus, invitándoles a abandonar una postura meramente contemplativa y rehabilitarse para la actividad artística”. Legalidad, papeles, estatus, rehabilitación: toda la ignominia de nuestra época, y del arte que quiere representarla,  parece concentrarse en estas palabras.

2. Bastaría con repasar la lista de las empresas y bancos que subvencionan la Noche en Blanco para aborrecerla. Sin embargo, son muy pocos, y desde luego ninguno entre los artistas “críticos” que se mueren por participar en ella, los que se les ocurre leer semejante letra pequeña, que en todo caso no dejaría de ser un leve contratiempo, una nimia contradicción sin la menor importancia. En nuestra opinión, en cambio, es la piedra de toque que revela si alguno de estos proyectos merece o no mínimamente la pena. En este sentido, una iniciativa como Atmósfera, que propone recrear una nube alrededor de la Puerta de Alcalá “con la ayuda de un recipiente colocado a 20 metros de altura”, pierde cualquier valor simbólico, onírico o poético que pudiera tener. Para nosotros es y sólo puede ser una nube de mal agüero.