Se encuentra usted aquí

Derrota y defunción del pensamiento poético

Versión para impresiónVersión para impresiónVersión PDFVersión PDF
La dificultad del tema de esta charla (o lectura) estriba en que es un tema muy al margen de lo que vivimos cotidianamente. No es un tabú, no está patentemente reprimido… las circunstancias lo hacen simplemente imposible. No me declaro en ninguna posición privilegiada para hablar de él, no soy y me negaría a ser un experto especializado en nada. No hablaré como el que habla de un objeto de estudio al que nada le vincula. Estoy dentro de las circunstancias, soy producto de ellas y sólo así hablaré. La verdad es que veo una oportunidad para establecer una situación, que nos vincule a todos los aquí presentes, y que de alguna manera (por mínima que sea) colabore en cambiar la realidad que nos envuelve. Esta lectura es precisamente la de alguien pesimista que encierra dentro de sí una pequeña esperanza: que las cosas podrían cambiar cuando la gente no persiga sus deseos en forma aislada.
 
Ante todo creo que debo aclarar que asumí hace mucho tiempo una posición cercana (más bien directa, pasional, irremediable) con el surrealismo, que ví en sus búsquedas, sus métodos, no una escuela artística o una teoría estética sino una forma de liberación. Intuí en este movimiento unas posibilidades revolucionarias aún vigentes (1). Aunque sin dejar de tener presentes las dificultades de todo tipo para asumir esa actitud entendí que una liberación materialista del hombre y la mujer tenía que ir acompañada por fuerza de una liberación de su espíritu para ser completa, también entendí que esta total liberación debía ser colectiva, y sólo colectiva, o no sería, y que esta sería a través de una revolución cultural (2).
 
Más tarde, el conocimiento de la Internacional Situacionista me hizo comprender que tenía que emprender una crítica de mi visión del surrealismo, plagada de mitificación y, admito, la pasión ciega de todo autodidacta. Sin embargo me negaba y me niego abandonar la senda que marcó mi encuentro con el surrealismo. Con el paso del tiempo y como comentaré en esta lectura he visto en la vivencia colectiva de la poesía la única forma de no perder nuestro contacto con lo real, con lo verdaderamente real, y que sin dejar de ser activos en la política no debemos dejarnos llevar por una tendencia patente en los medios contestatarios, caer en el prejuicio aceptado de ver en lo poético una manera de evasión sin tomar en cuenta su poder subversivo. Esta crítica   que comentaba que surgía tras el conocimiento de la I.S. incorporaba además los aspectos de las tesis situacionistas que más me atraían. Éstas al fin y al cabo habían surgido de un intento de superación del surrealismo, que sin abandonar en cierta manera sus parámetros, incidían en un pensamiento más politizado, más concreto. La I.S., al menos en su primera etapa, todavía mantiene un apego al pensamiento poético. La deriva y la sicogeografía, el juego, la fiesta y la exploración de lo cotidiano son en suma el intento de construir la poesía en la vida. Sin embargo la I.S. fracasó, eso es un hecho, y desde entonces ningún movimiento colectivo, al margen de lo meramente artístico o literario, ha vuelto a reivindicar la poesía con tanta fuerza (3).
 
Intentaré en esta lectura reflejar cómo en ninguna otra época ha habido tantas dificultades no ya de llevar a la práctica sino tan sólo de teorizar sobre la idea del pensamiento poético. El momento que vivimos es ante todo el posterior de la derrota y defunción del pensamiento poético y me esforzaré en señalar que este momento forma parte de un proceso histórico-cultural, que comienza muy atrás pero que será ya entrado el siglo XX con los surrealistas y posteriormente con situacionistas cuando se comience a revelar su desenlace. Pero antes de seguir quizás sea necesario precisar qué entiendo por pensamiento poético, que al fin y al cabo no es invención mía, claro está. Éste forma parte de una tradición materialista que tiende a ver en el espíritu cualidades que antes sólo se localizaban en el terreno de lo religioso, es decir, una lucidez respecto a nuestro lugar en el mundo, y fueron usurpadas y deformadas por lo religioso por ser estas cualidades una fuente de libertad. La cumbre del pensamiento poético es la iluminación profana (4), el encuentro de lo maravilloso a un nivel cotidiano y humano. La poesía, que es la razón a la deriva, que es el deseo que se manifiesta en la invención humana al margen de la necesidad y la moral, que es la imaginación como medio perceptivo que anhela recrear el mundo constantemente. Siempre latente, aún hoy, el pensamiento poético, inseparable de su realización, espera su momento para cambiar la vida. Sin éste sería impensable concebir el nacimiento de las utopías, y actualmente la supervivencia de un deseo de libertad en un mundo que basa su perduración precisamente en la ilusión de libertad, en el timo de la democracia, en el consuelo del consumismo. Por ejemplo, no podríamos especular sobre un mundo sin trabajo alienado (como nos planteó María Santana en la anterior charla de estas jornadas), no por el hecho de pensar en cómo sería el trabajo que haríamos, en razonar la manera de llegar a él, sino en el hecho de intuir las posibilidades de una vida en la que hemos recuperado nuestro tiempo, nuestro cuerpo… donde la poesía estaría al orden del día. La poesía se reclama a sí misma.
 
En la actualidad se ha dado por asumida una sociedad al margen de lo poético. Es algo dado. Vivimos una sociedad de lo objetivo y mercantil, que sólo deja el terreno de lo privado, terreno del ocio banal y del falso tiempo libre, o fortuitamente el terreno de lo marginal y lo prohibido, de lo irracional, como único espacio para desarrollar una consciencia poética (5). No nos dejemos engañar, si bien es lícito abandonarse a un principio de placer, a una aventura personal, un intento de seguir los pasos de la poesía por nuestra cuenta y al margen de la realidad social, siempre llegaremos a un callejón sin salida. Éste sólo puede solventarse con la búsqueda de espíritus afines.
 
Condenada al exilio respecto a la vida concreta o pública, alejada de una interacción colectiva y efectiva, la poesía queda embotada en la banalidad cotidiana. Es arrojada en el basurero de lo considerado inútil, improductivo, se reprime en los niños que la viven naturalmente, se aniquila en los adultos por medio de un embrutecimiento a través de la miseria cotidiana. Pero siempre queda un vacío, aunque opcional y éste es el colmo de la miseria, esta opción nos dice que alguien es culto, sensible, todo un intelectual. La masa ni eso (6). Para calmar ese vacío se venden simulacros empaquetados y servidos al consumidor culto. O fuegos artificiales culturales que no llegan a nada. Así suele identificarse la poesía con su expresión escrita, o con una pintura, pero éstos no son sino (en el mejor de los casos, los menos) un medio más para invocarla, como mucho para intuirla. El poema, la obra artística en general es a la poesía lo que el mitin es a la acción revolucionaria. Es decir, es un llamamiento, más o menos efectivo, pero sólo eso.
 
Desde los románticos (también ocurre mucho antes pero no de una manera tan radical y consciente) habrá una búsqueda premeditada de vincular la poesía y sus descubrimientos a la vida concreta y cotidiana, en un intento de transformar ésta, de expandirla. Surge entonces una sensibilidad hacia el fenómeno poético que transciende la expresión artística, que busca la poesía a través de la acción y la experiencia. Con el nacimiento de las vanguardias esto será sistemático.
 
Si bien es patente que el arte en sus numerosas formas es susceptible de ser un medio para la poesía, éste se tornará sospechoso para los movimientos más comprometidos con el pensamiento poético, será considerado producto propio de la burguesía y pasará por un proceso de deconstrucción constante, estará en el punto de mira y a la vez no dejará de ser una herramienta, vapuleada en el caso de los dadaístas, totemizada en el caso de los surrealistas. No se admitirán más que formas de creación   que puedan de alguna manera propiciar una subversión de valores y se ampliará la concepción de lo que solemos definir como arte. Se buscarán métodos que socialicen procesos de creación ocultos en todos los individuos y que para nada pertenecen a una élite artística. Se tratará por todos los medios de devolver al colectivo los momentos de creación hasta ahora acaparados por una élite y se luchará contra la noción de genio, autoría, propiedad intelectual. En el caso de los situacionistas verán los actos espontáneos de rebelión colectiva como una forma superior de creación, una auténtica manifestación y vivencia directa de la poesía. Interpretarán la Comuna de París, por ejemplo, a través de esta idea. Será ésta una constante batalla contra el lastre de una cultura oficial y sus intentos de absorber y recuperar experiencias con un fuerte potencial subversivo y, como veremos después, será una constante batalla por hacerse un lugar en los movimientos revolucionarios políticos.
 
Así las vanguardias oscilarán constantemente entre un afán revolucionario verdadero y una caída en lo meramente artístico. Las expulsiones, peleas internas, divisiones, reflejarán una situación difícil. Será al fin, al cabo de numerosos acontecimientos, tras el fallido mayo del 68, cuando se evidencie el fracaso de estos movimientos y la poesía quede finalmente relegada tras una palabra banal, expropiada de su sentido profundo y su posible aplicación en la vida, fenómeno paralelo a la evolución de la sociedad que comienza a revelar su carácter más individualista, que ahora sufrimos con toda intensidad. El arte y la cultura de lo banal, así como la miseria de la política oficial triunfan ante la utopía poética y la escinde de la vida encerrándola en museos y libros o fabricando simulacros inofensivos. Se nos ha negado desde entonces, con numerosas artimañas, una vivencia real, colectiva y revolucionaria de lo que Lautréamont definió como la poesía hecha por todos. Eso no quita que hayan surgido constantes intentos de redescubrir la potencialidad del arte y subvertirlo a la vida, o rebeliones portadoras de una gran poesía. Sin embargo, como dije al principio, soy pesimista. Lo poético es antagónico a las condiciones de vida imperantes, es verdad que ilumina momentos extraordinarios, privilegiados, y a veces reaparece estrepitosamente en lo cotidiano, todo queda iluminado por algo que reta a la miseria que nos rodea, pero de una forma dolorosamente efímera (7). Naturalmente es imposible deducir todos los factores que nos han llevado hasta aquí, pero cuando tomé la decisión de escribir esto creí importante señalar que quizás es con la Internacional Situacionista (e irónicamente con la colaboración involuntaria de ésta) cuando se pierde la última oportunidad de llevar la poesía a la práctica a través de un movimiento colectivo. A eso voy, pero antes es interesante señalar un acontecimiento anterior que nos va a servir de punto de partida.
 
En 1933 la revista Revolución surrealista pasó a llamarse El surrealismo al servicio de la revolución . Éste será el último eslabón de unos acontecimientos que incluían el primer cisma importante en el grupo surrealista parisino: algunos componentes, la mayoría, decide seguir a André Breton y Benjamin Péret a la militancia en el Partido comunista francés. La idea de los surrealistas es insertar sus ideas y maneras en el que consideraban principal exponente del movimiento obrero, al fin y al cabo controlaban a más trabajadores. Llevar el surrealismo a las fábricas y las vidas cotidianas de los trabajadores y colaborar en la revolución por llegar se convierte en una meta en apariencia plausible. Sin embargo ésta sería una corta aventura, no hay entendimiento entre surrealistas y comunistas (8), estos últimos exigen una ortodoxia marxista impensable para los de Breton, que piensan en la imprevisibilidad del espíritu una vez alcanzada la emancipación económica, y aún más, exigen en el individuo esta imprevisibilidad, en la medida de lo posible, antes de que esta emancipación haya llegado. Tras fracasar en su aceptación por el movimiento obrero oficial el surrealismo ve cómo poco a poco sus tesis son sólo tomadas a cuenta en ámbitos intelectuales marginales y encuentran cada vez más reticencias en los grupos más politizados, exceptuando algunos autónomos radicales y grupos libertarios. El surrealismo comienza a sumergirse aparentemente en el mar de estilos y escuelas artísticas que vendrán después y que tras la década de los 50 serán el paradigma de la banalidad (9). Aún así el cambio del nombre del órgano de expresión de los surrealistas es un intento de vincularse a una corriente revolucionaria que recorre toda Europa, una corriente, por otro lado, que comienza a evidenciar contradicciones irresolubles.
 
Lo que podría parecer a primera vista, al gusto de historiadores del arte y la literatura, una simple anécdota como tantas otras de la época de las vanguardias se revela en realidad bajo mi punto de vista como el comienzo de un proceso de dimensiones y consecuencias bien profundas que se extienden hasta nuestros días: nuestros días son el resultado de este proceso. De esta manera se asienta un antecedente, se crea un prejuicio y se marca una línea de separación en los parámetros de la acción revolucionaria, quiérase por algunos infranqueable, entre vida subjetiva, incluyendo la percepción y vivencia poética de lo real y la posible intervención por esta vía en lo colectivo, en lo social, en lo político, y vida objetiva, la toma de conciencia de la lucha de clases y su superación en la revolución de la economía. Como hemos dicho se crea un prejuicio respecto a la búsqueda poética que la reduce a una vivencia privada, a un capricho y una extravagancia incompatibles con la verdadera lucha revolucionaria oficial. Con el rechazo del partido comunista del surrealismo (y en extensión de muchas corrientes semejantes que abogan por la acción directa), rechazo razonado y apoyado a través de una interpretación cerrada e interesada de las tesis marxistas, éste niega a las masas proletarias un protagonismo más allá del engranaje económico en la lucha “final”, deja ver la negativa de admitir en los obreros una cotidianidad trascendente a su condición y que la superación mental, vital, pasional de ésta no sea ya un elemento revolucionario en sí, se habla de obreros aburguesados, contrarrevolucionarios. Se exige de los obreros ser los peones imprescindibles de un movimiento que comenzará con la toma de las fábricas, eje de la economía, pero que no se deja claro cuándo podrán tomar la vida en su totalidad, la dictadura del proletariado empieza consigo mismo. Se constata entonces una nueva lucha por debajo de la de clases, la lucha por una vida verdadera, que no está supeditada a la economía y que en cierta manera se puede alcanzar haya o no haya un cambio radical del sistema económico porque ya está ahí, en la vida, en el placer, en el otro. Los marxistas combaten la idea de la liberación del deseo, que consideran contrarrevolucionaria en cuanto que subordinan la acción específicamente política a una acción vital incontrolable, impredecible, directa. Esta concepción libertaria de la revolución será rechazada en pleno y a la larga se verá ocultada a toda costa, reprimida o banalizada. Cuando la izquierda oficial (de la derecha mejor ni hablar), parlamentaria, dependiente del sistema burgués (el liberalismo disfrazado de democracia exportado desde USA) asume esto y encuentra su conformidad en la masa de votantes la miseria vital y aquello que conocemos por estado de bienestar es vendido al resto del mundo como la panacea. Se ha establecido una hegemonía de la miseria cotidiana a un nivel total. Los situacionistas llamarán a esto el espectáculo.
 
A mediados de los 50 un grupo de individuos de procedencia heterogénea se erigen bajo el nombre de Internacional Situacionista. Sus primeras acciones y declaraciones se centran en el ámbito del arte y lo cultural, se declaran revolucionarios y anuncian su intención de fundamentar un movimiento de tal índole. Inciden en la necesidad de una revolución cultural, un cambio de las condiciones de vida del mundo, que debe pasar antes por la desmediatización de nuestra relación con la vida. Su principal preocupación es el campo concreto en el que se desarrolla nuestra vida cotidiana, es una ambición totalizadora. Se empeñan en acometer un exhaustivo análisis de esta vida cotidiana que en palabras de Henry Lefebvre es “lo que queda cuando se sustraen de lo vivido todas las actividades especializadas” y buscarán métodos para combatir la alienación superestructural dominante, esto es, el espectáculo. No es este el momento de profundizar en las tesis situacionistas, que por otro lado ya han dado una idea muy clara de ella los compañeros que me han precedido (10). Lo que más me interesa es señalar cómo la I.S., tras una evolución al ritmo de los acontecimientos históricos y repleta de expulsiones, divisiones, redefiniciones, se aleja de posiciones cercanas al pensamiento poético y deja de lado investigaciones como la deriva y la creación experimental de situaciones. Éstas quedan para el limbo de las teorías ambiguas o las ilusiones difusas. Sin embargo, leyendo textos del primer momento como Perspectivas de modificación consciente de la vida cotidiana de Debord, Formulario para un nuevo urbanismo de Iván Chtcheglov, Las palabras cautivasde Mustapha Kháyati o el mismo informe para la construcción de situaciones que es el documento fundacional de la I.S., nos encontramos con un ímpetu de vincular aspectos de lo poético a una revolución cultural que creen posible, que aún está por llegar, pero todavía es posible fundamentar en ese momento. ¿Por qué más adelante abandonan eso y tienden a ceñirse a posiciones políticas cada vez más concretas? Quizás para no caer en errores del pasado (pensando sobre todo en los surrealistas), quizás por la preocupación de no abandonar un materialismo dialéctico entendiendo que es fácil caer en una seudo-mística de lo poético (11). No quiero aquí negar la profundización de la crítica situacionista (12), que contó además con un afilado sentido del humor a la hora de desarmar la sociedad de su momento. Pero la teoría engulle la praxis y la I.S. rompe el equilibrio que hasta el momento mantiene entre revolución política y revolución cultural. Entra de lleno en la política especializada que hasta ese momento critica con tanta saña (13). Centrándose cada vez más en un sesudo análisis, y sólo en este sesudo análisis de la sociedad espectacular y creando un lenguaje cada vez más reconocible y recuperable (recuperable , éste es uno de esos términos manidos y utilizados de manera tan superficial, tan superficialmente como aquí seguramente), transformando la praxis en ideología de una jerga situacionista y unos tópicos propensos a producir más seguidismo que a fomentar individuos revolucionarios. Obreros se convierte en una obsesión pero no hacen mucho por llevarla a la práctica. También la obsesión por mantener una pureza revolucionaria lleva a Debord a expulsar la casi totalidad de los situacionistas, las más de las veces a los más activos, y por tanto los que más pueden demostrar a ojos de éste una conducta censurable. La I.S. llega al 68 con una crisis interna que ha minado su coherencia. Aunque la apariencia es la de una decidida generación de jóvenes rebeldes y los situacionistas, entusiasmados, participan en las asambleas de las primeras jornadas, los acontecimientos de mayo del 68 demuestran que los miles de personas que se reclaman situacionistas no son más que portadores de una máscara, la que está de moda en ese momento. Así en la revuelta parisina los muros presentan pintadas provenientes de textos situs. La sociedad del espectáculo de Debord y El tratado de saber vivir de Vaneigem son los libros más robados en las librerías. Los cabecillas situacionistas tienen un sitio privilegiado en el panteón revolucionario junto a Bakunin, Trotsky, Mao o el Ché. Además desde hace un tiempo se leen también con fervor libros surrealistas e ilustres antecedentes como Fourier, Sade o Lautréamont. El momento parece óptimo e irrepetible para un salto triunfal del pensamiento poético. Nunca antes se habla tanto del deseo, el amor, la imaginación en libertad sobre todo vinculándolos a un impulso revolucionario, un ansia de libertad que en principio parece sincera e irrefrenable. Los estudiantes politizados al extremo y guiados por un afán de poesía hablan de cambiar la vida hasta las últimas consecuencias.
 
Al final la realidad resulta más desalentadora. Como sabemos todos la revuelta es un fracaso, no se consigue el apoyo de los obreros (o al menos la mayoría controlada por el partido comunista francés), por tanto se hace imposible un verdadero movimiento colectivo en la sociedad, pues la mayoría, una vez más, permanece al margen de cualquier reivindicación que no sea un puesto de trabajo seguro   o una subida salarial, ha permanecido al margen de hecho en la gestación de este aliento poético y no comprende qué es lo que los estudiantes buscan. Pero al margen de esto, que es sin duda crucial, los jóvenes reconocen las dificultades de llegar a los mecanismos del espectáculo y actuar sobre él, topan con la incapacidad de acabar con una sociedad que al fin y al cabo los está preparando para formar una futura élite (14). Éste callejón sin salida lleva a algunos a la lucha armada, que en los 70 se reproduce en toda Europa, a los más a una pose progre que sirve para salvar el tipo. Serán la cantera para los partidos reformistas de izquierda o para las universidades que años antes querían derribar. Para la oficialidad el 68 queda en una rabieta de estudiantes burgueses salida de madre. Una gran rabieta eso sí, se multiplicó en muchos países con diferentes resultados. Sin embargo la contracultura (desde ese momento absorbida lentamente por la cultura) ve en este levantamiento la oportunidad de introducir importantes transformaciones. Sería demasiado largo ahora analizar estos cambios, de muy diferentes naturalezas, que han tenido como resultado esta sociedad actual en la que vivimos (por decir algo).
 
¿A qué conclusión llegar? Nunca he pensado cómo finalizar este texto, al menos cómo acabarlo sin lanzar un patético lamento que por otro lado es lo único que se me ocurre. Lo que sí tengo claro es que todos estamos de acuerdo en que las cosas han de cambiar. Nadie con un mínimo de sentido ignora la miseria que estamos viviendo. Por mi parte mido esa miseria comparando lo que intuyo en mí y en los otros. Y lo que intuyo es proporcionalmente inverso a lo que somos. Ahora que todo parece más difícil, que la hegemonía del mercado nos ha colonizado totalmente, ahora que los medios retratan e informan de un mundo virtual hermoso pero que aniquila la vida en su versión real, ahora, como antes, como siempre, es necesario llevar la poesía a la práctica (15). Redescubrir qué somos y qué deseamos. Reinventar la vida. Quizás es necesario comenzar poco a poco, un pequeño grupo de personas decide experimentar formas de conducta, otro se decanta por inventar un nuevo lenguaje y por aniquilar el actual, otro opta por redescubrir su entorno, su barrio, tomar las calles y los espacios como algo más que un lugar donde pasear su alienación. Mientras y por si acaso tampoco estaría mal aprender a manejar un fusil. Sea como sea, y ya lo he dicho, es necesario llevar la poesía a la práctica.
 
Antonio Ramírez. Publicado originalemente en «Engranajes», año 1 nº 2, Sevilla, primavera de 2002
 
Notas:
 
(1) De hecho persisten en el ámbito internacional grupos surrealistas (por ejemplo el de Madrid) que si bien denotan una necesaria evolución en sus intenciones y métodos no han dejado en el olvido aspiraciones ineludibles para una verdadera liberación.
(2) Entiendo aquí la cultura como la constante producción de autorreferencias sociales en la comunicación, el pensamiento, el arte, la “política” … Provenientes del poder, creadas para mantener el sistema son en su grandísima mayoría falsas. Comenzando una revolución cultural que suponga subvertir estos resortes de la sociedad puede llevar a una revolución más totalizadora un cambio de la vida y del mundo, que pese a todo lo ocurrido en el pasado siglo no puede dejar de ser una meta para toda consciencia revolucionaria.
 
(3) Han surgido con posterioridad, es verdad, colectivos e individuos que han tenido lo poético como razón de ser. Pero, y como comentaré más adelante, las circunstancias han hecho que estas iniciativas sean recibidas de una manera insuficientemente minoritaria, en otras ocasiones han sido banalizadas y en el peor de los casos reprimidas violentamente.
(4) Lamentablemente es la iluminación profana un instante que merece mostrarse incomunicable, máxime teniendo en cuenta las circunstancias. Toma entonces la apariencia de una evasión, que algunos aceptan con complacencia. El reto es intentar hacer de esta experiencia una vivencia compartida, que ésta enriquezca lo real como algo concreto y palpable.
(5) Y entiendo que este ámbito de lo privado se restringe casi siempre al interior de uno mismo. Convocar la poesía puede convertirse en un acceso esquizofrénico en una sociedad que es hostil a todo lo que no sea la utilidad, lo pragmático, lo leve.
(6) El intelectual se nos presenta en la actualidad como un ser despreciable que a la vez que muestra la imagen del crítico, del pensador, del artista es precisamente un productor de banalidad, y esta banalidad se reafirma a cada palabra que pronuncia, a cada juicio enarbolado, a cada acto que no va encaminado a la supresión de la miseria cotidiana y este sistema.
(7) Algunos se ven tentados de ver en lo efímero un arma. Así, se realizan actos u obras “artísticas” que son un mundo en sí mismo, autoconcluyentes, irrepetibles. Si bien en principio pueden tener un aspecto subversivo me niego a ver en estos actos algo más que una demostración de la separación a la que estamos sometidos. Si vivo un momento sublime sea éste dado o construido con conciencia absoluta quiero que sea perdurable, que éste viva a través de una constante dialéctica, que sea la semilla de un futuro que se va construyendo poco a poco a través de mi deseo, que no quiero ni puedo eludir.
(8) Evidentemente es difícil comentar este hecho en tan corto espacio. Si en alguna ocasión alguien definió el surrealismo como el comunismo del genio es importante señalar sin embargo que ambos movimientos difieren en su concepción de lo común, de lo colectivo y la organización de la sociedad. Como ya he señalado, el comunismo, entendido en su aspecto más maquinista ha chocado (como era predecible) con muchas corrientes libertarias.
(9) Se continúa desde entonces una investigación de lo cotidiano que si bien es más desconocida está libre de una interpretación meramente artística (ver Salamandra11/12, editada por el grupo surrealista de Madrid).
(10) Luis Navarro, Amador Fdez-Savater y María Santana.
(11) Es fácil caer en esto, ya sea por pura evasión, ya sea por lo marginal de la vivencia poética que puede llevar al solipsismo más extremo o al gusto por el esoterismo más banal.
(12) Sin duda esta crítica es profunda y para muchos de nosotros acertadísima. Aún es aplicable en la actualidad y aún propone vías de intervención y análisis de la sociedad y sus mecanismos. Sin embargo y respecto a un punto de vista de lo poético esta crítica se centra en aspectos de la vida que en cierta manera pierden lo concreto de lo cotidiano. Se alejan cada vez más de los trazos surrealistas que aún perduraban en sus tesis.
(13) Hay desde un momento determinado cierta aridez en los escritos situacionistas. Un crispado estado que se aleja de la ironía original. Las propuestas de intervención en lo cotidiano se transforman en ambiguos planes revolucionarios que nunca fueron llevados a cabo.
(14) Muchos de estos jóvenes son ahora divas del radicalismo de salón, filósofos postmodernos, profesores de universidad, artistas reconocidos como revolucionarios, diseñadores de publicidad y de moda, cineastas, escritores, productores de televisión, políticos del partido socialista, de los verdes, del comunista, rockeros (ya puretas), actores de prestigio y, en fin, todos esos puestos que en la actualidad forman la élite de una sociedad que les necesita como reafirmación de su miseria y del espectáculo.
( 15) Considero que aunque algunas de las cuestiones (o todas, al fin y al cabo son demasiado amplias de tratar a la ligera) a las que me refiero más arriba necesitan más desarrollo, y hay una que especialmente centra mi interés. Se trata de cómo superar en la actualidad esa barrera ontológica   que evita llevar la poesía a la práctica. Mi deseo es abrir un debate que lleve a la acción. Ahora bien, todo parece indicar que cualquier acción que busque cambiar la realidad ha de pasar ante todo por un cambio profundo de nuestro modo de ser, de nuestro ser más profundo, y que sin asumir un riesgo (físico, mental y espiritual) no podemos estar seguros de estar haciendo realmente algo. No pido mártires, afirmo no obstante que una transformación de lo real comienza en nosotros mismos y que si no sentimos la previsible confrontación de un sistema que se desea inalterable no podremos exigir a los demás ese esfuerzo. A veces esta resistencia cuenta con nuestra complicidad. Si la defensa del sistema contra todo cambio es concreto (es fácil de localizar allí donde pone en movimiento sus resortes represivos: el policía, el maestro de escuela, el siquiatra, el banquero están ahí para asegurar el capital y su dinámica) ¿es tan fácil reconocer nuestra propia resistencia a acabar con la miseria que nos rodea? Cuando ésta atraviesa nuestro ser y coloniza nuestra capacidad de movimiento, nuestra imaginación, nuestro deseo, nuestra capacidad crítica… ¿qué hacer?
No sabemos qué somos. Incontables capas de suciedad nos aíslan de un contacto verdadero con lo real. Es necesario empezar por redescubrir nuestra posición en lo cotidiano, una depuración de nuestra percepción fenomenológica de lo real (como apunta certeramente Agustín Rivas en su artículo publicado en Engranajes nº1) y esta depuración ha de asumir el riesgo resultante de la deconstrucción sistemática de nuestros sentidos y la observación apasionada de nuestras vivencias bajo la luz de la experiencia poética. No podemos desear cambiar una realidad sin antes confirmar que ésta que vivimos oculta a nuestra vista alguna otra y que esta ocultación se perpetra empezando desde nuestro interior. Así pues, ahí, en nuestro interior, es donde puede comenzar una investigación de lo real, pero no para contentarnos con una revolución en soledad y solipsista sino para reconocer un ansia poético y que puede acabar desbordándose en nuestra relación con los otros, con los objetos, con los fenómenos. Quizás después sepamos cómo alterar de una manera profunda el escenario de nuestras vidas.

Categoría: