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El objeto robado

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Es mi propósito añadir un nuevo astro a la constelación de objetos poéticos creada por el surrealismo. Junto al objeto encontrado, el de funcionamiento simbólico o el que sale a nuestro paso en los sueños -y tantos otros- quiero situar también al objeto robado.
 
Ante todo habría que señalar que quizás no todos los objetos robados se prestan a esta categoría, o para ser más exactos, no queremos plantear aquí que el mero hecho de necesitar o ansiar un objeto que no es de nuestra propiedad y que decidamos llevárnoslo sin pagar o sin el consentimiento de su propietario hace de éste un objeto cargado de poesía. Esto no debe interpretarse como una condena del robo al margen de la intención poética que queremos mostrar, ni mucho menos, pero el hecho es que, aunque pueda ser una acción potencialmente subversiva de cara al sistema, hay recordar que el robo –en este caso legal-  forma parte inalienable del capitalismo, al fin y al cabo, éste se basa en el pillaje sistemático de una clase a costa de otra. Por lo tanto, el acto de robar solo puede suponer un sabotaje directo y contundente al sistema capitalista si ocurre en unas circunstancias determinadas, es decir, en la dirección desacostumbrada y por razones muy diferentes a las provocadas por la mera codicia. Este sería el caso de una muchedumbre que decidiera arrasar unos grandes almacenes para organizar, acto seguido, una inmensa y orgiástica comilona repleta de lujos y exquisiteces en vía pública, lo que sería algo más que una clara y desobediencia de las reglas y la ética del sistema dominante. Sin embargo, además de ser un acto de sabotaje, es mi intención indicar que el transgredir el concepto de propiedad privada también puede suponer una acción plenamente poética: un gesto mágico generador de una nueva realidad a partir de otra enraizada en el miserabilismo.
 
Para ir definiendo lo que entendemos por objeto robado diremos que, en cierta manera, también se trata de un objeto encontrado. Éste saldrá a nuestro encuentro en un momento y lugar indeterminados, y, al igual que los demás objetos surrealistas, será elegido en función de una razón que trascienda la utilidad o la necesidad en el sentido más ordinario. Aunque podemos contar con que haya alguna afinidad en las causas de nuestra elección, necesariamente debe haber cierta gratuidad en este gesto, como un desentendimiento del valor económico, sea éste alto o ínfimo, o de las cualidades de lo que hemos de sustraer. Solo prestaremos atención a ese aviso interior que nos indique que se trata de un objeto propicio, sea cual sea. Por otro lado, también podremos echar mano del puro azar, ya sea cogiendo nuestro trofeo con los ojos cerrados o usando cualquier otro método aleatorio que inventemos, por lo cual es previsible que haya objetos que no podrán ser robados aun hayan sido elegidos de la forma correcta, ya sea por la seguridad de que seremos vistos, ya sea por su excesivo tamaño o peso, etc. Respecto a esto hemos de subrayar que, ante todo, tenemos que evitar ser detenidos. No solo por un comprensible temor a las consecuencias legales, sino porque es imprescindible el total anonimato para hacer de nuestro robo un acto realmente poético, de otra forma sería introducido en el mecanismo de represión y normalización que hará de nosotros un mero caco, puede que ligeramente peligroso a ojos del sistema, pero perfectamente comprensible y recuperable a sus ojos. En cambio, para hacer del robo un acto poético deberemos convertirnos en asaltadores extraños y perturbadores para la mentalidad de nuestro enemigo, magos dispuestos a hacer desaparecer un producto del orden económico para hacerlo aparecer, totalmente transformado, en un mundo luminoso y poético. Por lo tanto, no robaremos el objeto para apropiarnos de él como se hace con un objeto que adquirimos por dinero, esto será primordial, pero no por cuestiones morales o cualquier traza de remordimiento, ninguno de estos sentimientos debe significar nada para nosotros, sino por la sencilla razón de que poseer en exclusividad un objeto robado, sobretodo porque es “valioso” es, a su vez, desposeerlo de gran parte de su poder poético y devolverle rápidamente su carácter alienante. Por lo cual ignoraremos el valor monetario del objeto, no lo codiciaremos ni despreciaremos sea cual sea su precio, su belleza, su ostentación, o en viceversa, su fealdad o su falta absoluta de interés. Nuestras intenciones al delinquir será trascender nuestro normal papel de consumidores y liberar el objeto de todo valor de cambio, así como a nosotros mismos del papel de meros consumidores, retirándolo fortuitamente de la dinámica mercantil para el que ha sido fabricado y situándolo repentinamente en un limbo objetual donde el poder de la economía no pueda acceder a él. En este sentido, debemos entender que el hecho de robar tal o cual objeto es también la acción de reencontrar ese objeto como lo que es, un fenómeno concreto más de lo real sin una utilidad o fin determinados, y, sobretodo, sin el valor abstracto y absurdo que marca una etiqueta. En suma, despreciaremos en él su carácter originario y, a pesar de ser algo fabricado, catalogado y publicitado como un producto mercantil, al eliminar del proceso el principal elemento ideológico que alimenta el sistema: el dinero, se nos revelará la verdadera realidad que le rodea. Por otro lado, así como podemos robar objetos tangibles para desvirtuarlos y hacerlos más reales, también es posible especular con la idea de que podríamos hacerlo también con situaciones y vivencias especializadas, como sería el caso de pasear por un museo sin haber pagado el ticket o comer en un restaurante sin pedir la cuenta, en ambos casos tenemos la oportunidad de experimentar nuevos matices y posibilidades en contextos inicialmente alienantes, sin sentirnos presionados a exigir nada más que el mero hecho de experimentarlo, tal y como respiramos sin tener pensar que es decepcionante por el precio que el aire marcaba, o auto-engañarnos para exagerar sus cualidades.
 
Como es lógico las tiendas y centros comerciales serán el entorno natural para esta práctica poética, evidentemente por la cantidad de objetos expuestos ante nosotros, muchos de ellos absurdos y pueriles, tan dados éstos a posibles relaciones imprevistas. En cierta manera, deambular con el propósito que nos ocupa por un lugar como este, ya sea solos o en grupo, se tornará irremisiblemente en deriva. De esta manera haremos de un espacio esencialmente antipoético un espacio para el hallazgo y lo maravilloso, hasta el punto de que el normal discurrir por el centro comercial o unos grandes almacenes perderá de pronto su carácter hipnótico y mecanizado para convertirse en una verdadera aventura, ya pueda ser en la sección de ropa interior femenina como en la de jardinería. De esta forma, dejamos de ser compradores pasivos y sumisos, para convertirnos en cazadores participantes de un peculiar safari: sortearemos las puertas con nuestro trofeo oculto en los bolsillos, el objeto que vamos a liberar, con una emoción absolutamente novedosa.
 
Por supuesto, hay objetos que se prestan a transfigurarse con más intensidad que otros. Robar un objeto del que desconocemos su utilidad o que incluso nos repele, supone una absoluta perversión del mecanismo mercantil y de lo que significa adquirir un objeto movidos por el ansia consumista o la publicidad, sería un contundente desprecio de la naturaleza de la compra como auto de fe, como sumisión a los mandatos publicitarios. En ella no habrá el mínimo rastro de interés o tentación por el objeto robado tal y cual estaba programado, como un fantasma pasará por nuestras manos ligeramente hacia un destino absolutamente insospechado cuando recorría la línea de montaje o de empaquetado.
 
Una vez perpetrada la acción lo que decidirá finalmente cuánta carga poética recibirá nuestro objeto robado se haya en lo que hagamos con él. Cada objeto robado nos reclamará una forma de ser definitivamente liberado, por lo cual deberemos estar muy atentos a lo que nos diga. En este proceso se verá si desaparecerá para siempre en algún acto ritual o si reaparecerá a la vida colectiva totalmente transmutado. Respecto a la primera opción, puede que sintamos la necesidad de inventar alguna forma de purificar nuestro objeto devolviéndolo al magma caótico de lo real, como sucedería si lo quemáramos en mitad de la noche, imaginando que de alguna manera sus elementos se reincorporarán algún día en lo real. Sea como fuere, la imagen de una sillita para niños ardiendo en medio de un solar abandonado siempre es fascinante. De la misma manera, podríamos querer enterrarlo o lanzarlo al mar, como queriendo devolverlo a la madre tierra en un acto desesperado. Estas, como tantas otras maneras son formas de liberar un objeto que nunca pasarían a conocimiento de nadie, y a la gratuidad de su elección sumaremos el absurdo de su desaparición, algo que sólo presenciaremos nosotros, pero que nos dará la oportunidad de forzar una quiebra en la realidad consensuada y oficial que conocemos. En cambio, también tendremos la oportunidad de implicar a otros en nuestra acción, aunque quizás sin su voluntad y conocimiento. Entre otras cosas podríamos dejar nuestro objeto liberado en medio de la calle o algún lugar público, puede que incluso con algún cartel ofreciéndolo al primero que lo coja, y observar qué pasa. La extrañeza que produciría encontrarse con un producto nuevo y reluciente abandonado en plena calle, evidentemente con toda deliberación, puede que incluso muy valioso según los cánones de mercado, pueda resultar lo suficientemente perturbador. Es posible que, en principio, nadie se atreviera a tocarlo siquiera, pero tarde o temprano surgiría la idea de apropiarse de él. El placer de ver a la gente trastocada de esta manera, disimulando su asombro y en la tesitura de sentirse tentada por tomar algo que no es suyo me resulta irresistible. También, siendo ya más radicales, podríamos ofrecerlo a la primera persona con que nos cruzáramos o dejarlo en una puerta, como si fuera un niño abandonado. En cualquiera de los casos es imaginable la turbación que podría sentir alguien que es obsequiado de esa manera por un desconocido. No obstante, no debería tomarse nuestro comportamiento como motivado por un cierto sentido justiciero a lo Robin Hood, ni mucho menos, se trata de algo más egoísta y perverso: el de extender nuestras fechorías, implicando a los demás sin su consentimiento. Solo nosotros seremos los testigos de todo el proceso y conoceremos todo su sentido, los demás solo serán, en este caso, agentes del azar.
 
Por último, hay que señalar que es posible que podamos usar algunos objetos robados, por su especial naturaleza, para nuestro propio disfrute, por lo cual no es forzoso que debamos desprendernos de ellos sin haber explorado antes sus nuevas posibilidades. Por ejemplo, en el caso de que nuestro objeto liberado sea un libro se nos ofrece la oportunidad única de experimentarlo de otra manera. De este modo, tendremos la posibilidad de recorrer los anaqueles de una librería y adquirir un libro al puro azar, puede que uno que nos atraiga en lo más mínimo, algo que pagando es posible que no nos podamos permitir, por mucho que a veces elijamos a ciegas nuestras lecturas. Así pues, entraríamos en contacto con ideas y pensamientos absolutamente imprevisibles que podrían precipitar alquimias muy fructíferas. Por otro lado, la liberación del objeto es vivenciado por dentro y directamente a través de su lectura, como un elemento vivo e impredecible de lo real, y sobretodo, despojado de la esclavitud a su valor económico.
 
Así pues, solo queda descubrir cuantos objetos salen a nuestro paso en espera de ser robados, pero por motivos que ningún encargado de sección o experto en marketing sospecharían nunca, ya que éstos, desconocedores de toda vida más allá de la economía y el utilitarismo siempre verán en una lavadora una lavadora y en un reloj de oro un reloj de oro. Así sea.
 
Publicado originalemtne en la revista Salamandra 15-16.
 

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