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Extrañamiento en el centro comercial

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La acción que proponemos y que hemos comenzado a poner en marcha tiene una localización muy específica: los centros comerciales y de ocio programado. Evidentemente estos espacios no tienen por sí solos ninguna capacidad poética, ninguna instigación a la aventura, al contrario, son el espacio donde la sociedad capitalista y de consumo se impone más agresivamente. De modo que cualquier acción o juego llevado a cabo en los mismos debería tratar de subvertirlos, de hacerlos propios, incluso de deshacer las normas que los hacen posibles. Sabemos a este respecto que pretender la destrucción del pilar fundamental de nuestra sociedad es un ansia excesivamente ambiciosa para este juego, pero lo que guiará a cualquier intrépido jugador que traspasa el umbral de detectores de robo de los centros comerciales es sacar a los pobladores de estos no-lugares y liberarlos de su dinámica infernal, que no es poco.

 
 Las personas que se desplazan de manera continua a dichos no-lugares comparten unas leyes de comportamiento muy rígidas y asumidas como si se tratasen de los primeros principios de la existencia humana. Dichas normas giran entorno a una máxima universal que “toda persona que cruza el umbral lo hace exclusivamente con la finalidad de comprar uno o varios artículos”. Las únicas variantes que se admiten a esta idea son que el comprador necesite un periodo de reflexión antes de la adquisición de alguno de esos productos, con lo cual se le permite realizar una visita para comparar los artículos, o, por otro lado, que la persona haya decidido llevarse los productos sin efectuar la obligación del pagar, lo cual puede ser considerado como una transgresión de las normas y, en algunos casos, como una acción verdaderamente poética (1). En cualquiera de los casos el producto puesto en venta, fetiche adorado, se mantiene ahí como realidad indiscutible, como lo que realmente importa en la visita realizada. Hacia el artículo van todas las manos de los visitantes, quienes lo miran, lo tocan, lo anhelan.
 
En esos objetos de consumo es donde se centra nuestra acción. La intención es dotarlos de más sentido que el de mera mercancía con su triste valor de cambio; queremos que sus etiquetas sean algo más que la horrible letanía del precio, que le ofrezcan una posibilidad de sorpresa al consumidor. Todo ello se puede conseguir gracias a una simple pegatina que se pega al producto con un texto especialmente pensado para desarticular momentáneamente la normal relación entre el comprador y el artículo. En nuestro caso, con dicho lema solemos aludir al falso concepto de felicidad con el que se nos llama a comprar sin límites y a la alienación en la que nos sumerge dicha compra, aunque muchos otros son más bien absurdos o patafísicos. Estos son algunos ejemplos de las etiquetas que hemos ido colocando:
 
“Advertencia: eso que siente no es felicidad, es un mareo”,
 
“Usted forma parte de un experimento (gracias por su colaboración)”,
 
“Peligro: si vuelca este producto liará una que pa qué”,
 
“¡Viva la vida, manque muera!”
 
“Gracias por someterse a nuestros deseos”.
 
En ningún caso queremos que los mensajes se conviertan en una mera consigna política o solidaria, como pueden ser determinadas campañas de concienciación sobre las injusticias provocadas por la sociedad de consumo (“estos botines los han hecho niños de China”) y, por supuesto, tampoco queremos que se puedan confundir con una técnica de publicidad agresiva. De modo que debemos arriesgarnos y perder el miedo a la posible recuperación de nuestras tácticas elaborando mensajes que alejen fulminantemente al comprador del sentido unidireccional del producto de consumo y de su consecuente compra. Somos conscientes de que podemos caer en algunos casos en la ofensa del consumidor, pero queremos que lo sienta más como si se tratara de una terapia de choque que de un ataque directo. Por ejemplo, en un determinado producto puede aparecer la siguiente frase: “Para nosotros es gratis”. En este caso creemos que la primera pregunta que le asaltará al comprador será:“¿quién es ese nosotros?, ¿formaré yo parte de él?” Y las posibilidades de distintas contestaciones son muchas: “se refiere a los jefazos del centro comercial, se refiere a los que comenten hurtos, desde luego a alguien que no soy yo ¿o si?”. Igualmente puede dar lugar a diferentes actitudes respecto al producto: “podría entonces llevármelo sin pagar, si lo pago estoy haciendo el tonto, etc.”
   Consideramos que esta acción tiene una finalidad inmediata y guarda la posibilidad de cumplir a medio o largo plazo otro fin más profundo. El primero y más evidente de ellos es el producir una primera y desconcertante sensación de extrañamiento precisamente en el ámbito donde la ideología se encuentra más firmemente asimilada, precisamente donde se asienta la sociedad de consumo. En una situación completamente cotidiana como es la compra pretendemos introducir un elemento discordante a partir del cual la persona se separa por unos instantes de la realidad en la que irreflexivamente se encuentra inmerso y la descubre como algo ajeno, extraño…y por tanto plena de potencial en cualquier dirección. Se trataría, por lo tanto, de provocar una exclamación mental, una sorpresa mayúscula, y durante esa sorpresa la realidad que agresivamente nos aprisiona quedaría en suspenso, aunque sólo sea por unos instantes, aunque inmediatamente después la persona que ha leído esas palabras las desprecie y se abrace asustado a su tarjeta de crédito. A esto se une el desconcierto por descubrir que hay quien entra en un centro comercial no para comprar, sino para poner pegatinas deliberadamente absurdas. Seguro que se preguntará quiénes somos y que buscamos con ello y aunque no consiga encontrar una respuesta satisfactoria, deseará que no vuelva a pasarle y que los idiotas seamos controlados por los medios de seguridad. Eso sí, dudamos que sea capaz de avisar a alguno de los trabajadores del centro para alertarle, cualquiera se sentiría ridículo informando de que hay una pegatina en un abrigo que le advierte de que ese producto podrá desintegrarse en los próximos 5 minutos.
 
Tras este paso inicial, la segunda de las finalidades que nos proponemos es provocar un estado de duda aprovechando ese hueco abierto por el extrañamiento, porque en ese instante de vértigo la persona pierde el asidero de la ideología y tiene la posibilidad de percibir cómo se puede vivir sin ella. No nos interesa inocular una idea concreta, por muy valiosa que ésta pueda parecer (como, por ejemplo, la alienación del consumidor), sino iniciar al incauto comprador en la duda sobre la realidad que se nos impone como verdadera. Nosotros queremos darle la posibilidad a las personas que lean estas pegatinas de pensar que los objetos pueden tener más de un sentido, que el centro comercial no sólo es un no-lugar para el dinero, así como los objetos expuestos no son sólo no-objetos, que hay vida al margen del consumo y que esa vida es quizá aquella donde pueden realizar mejor sus deseos.
 
Por lo demás, esta acción o juego no sólo ofrece la posibilidad del extrañamiento y la posterior duda sobre la realidad, sino que además reconstruye la relación del consumidor con el producto de consumo. Al añadir un mensaje pretendidamente absurdo a algunos de estos artículos su sentido y su utilidad quedan al descubierto o, incluso, se enriquece. Esto es algo de lo que nos dimos cuenta en el momento en el que colocamos las primeras pegatinas, al leerlas percibíamos mejor las posibilidades poéticas del objeto, sus posibles usos en una realidad ensanchada, por descontado mucho mayores de los que se les suele atribuir desde los centros comerciales. Por ejemplo, si a unos zapatos se les añade “Si compra este producto lloverá en Salamanca”, es posible que el incauto comprador que lo lea se pregunte involuntariamente, entre divertido e incómodo, que cómo puede ser posible que haya un complot de los zapatos y las nubes en contra de los habitantes de Salamanca,“¿qué les habrán hecho los salmantinos a los zapatos?” “¿cuántos zapatos como estos tienen que comprar los salmantinos para tener una buena cosecha?”.

Eso sí, hay un elemento un tanto frustrante en la acción, que es el no poder comprobar qué sensación causa en aquellas personas que se topan con los mensajes. Tenemos claros nuestros fines e intentamos que las frases se dirijan a ellos, pero no sabemos qué efecto pueden producir, ¿quién las leerá? ¿cómo reaccionará? ¿quitará la pegatina? Aquí la acción nos supera y sus consecuencias quedan al azar con un efecto que puede prolongarse por unas horas o quizá unos días hasta ser detectados por los diligentes trabajadores del centro (aunque quizá pudiésemos contar con algún aliado). Otra posibilidad sería la de hacer pasar por esta experiencia algún aliado que no esté advertido, pero que nos describa posteriormente la situación creada.
 
La acción no sólo puede tener consecuencias en quienes se topan con alguna de nuestras pegatinas, para nosotros también ha sido una experiencia edificante. En la primera de ellas nos dirigimos al mayor centro comercial de Sevilla sabiendo lo que queríamos hacer, pero sin esperar más que poner las pegatinas y salir corriendo. Aquel era un día cualquiera a una hora cualquiera, porque en el no-lugar al que íbamos todo permanece igual a sí mismo a lo largo del tiempo. Es sabido que en los espacios específicamente comerciales la temperatura es constante, los productos de consumo omnipresentes, los dependientes solícitos y los compradores permanentes. Estábamos preparados para encontrar un panorama desolador: en plenas rebajas de enero no habría más que consumidores en busca de la prenda más deseada y trabajadores desquiciados por la rapiña de las nimias comisiones. En ese ámbito nosotros éramos unos intrusos con maneras muy sospechosas, no teníamos intenciones de comprar, ni de mirar, pero actuaríamos con la vigilancia y la astucia del hurto.
 
Subimos las plantas del edificio y nos fuimos dando cuenta de que el lugar se había transformado, se había convertido en un espacio para el juego, para la manipulación de los objetos, para observar el comportamiento de las personas y para descubrir rincones de la alienación que adquirían un sentido nuevo, aunque sólo fuera durante unos instantes. Comenzamos a percibir que aquella acción podía da lugar a una deriva. Sabíamos que nos encontrábamos en un lugar agresivo, completamente extraño a cualquier experiencia poética, pero al que nosotros llegábamos con unas expectativas inversas a las habituales y del que por un momento podíamos apropiarnos. Llevábamos las pegatinas en los bolsillos y examinábamos a través de ellas los objetos que se nos ofrecían al paso. Elegíamos aquella más conveniente para un objeto, la que podía dar más sentido. O pegábamos la primera que pasaba por nuestras manos esperando lo que el azar nos ofreciese. Gracias a ellas conseguimos reservarle una falda al hombre araña, advertimos acerca de la incapacidad de una rebeca para producir la felicidad, facilitamos las señas de aquella otra dimensión donde todo es gratis, informamos de que si adquiría una bolsa de deporte el 0,7% del beneficio iría a familias necesitadas como la suya, o que el nuevo juguete de disney produce “las cosquillitas que a usted tanto le gustan.”

Durante nuestro juego el centro comercial giraba entorno nuestro ofreciéndonos todas sus posibilidades y perdiendo parte de su poder de control, aunque hubo zonas hasta entonces desconocidas que nos desconcertaron y contra las cuales no pudimos hacer nada. Esto nos sucedió con una pequeña área reservada a los niños que disponía de su propio sistema de control y que contenía los juegos de ordenador y las videoconsolas. El espacio era enteramente gris y se encontraba vacío en aquel momento, pero tenía a tres trabajadores dentro dando vueltas, acechando la entrada de cualquier inocente niño.
 
 Consideramos, por otra parte, que este tipo de juegos y acciones pueden tener numerosas variantes. Por ejemplo, se podrían centrar en otro tipo de espacios de alienación, en ese caso, nosotros estamos pensando en trasladarlo, por ejemplo, a los gimnasios y explicitar su relación con la pornografía o su estupidez intrínseca. También se puede dar un mayor riesgo a la acción e introducir directamente en los centros comerciales objetos ya manipulados, en sus cajas correspondientes y alineados en sus estanterías.
Si este texto es fructífero y anima al juego, quizás nos encontremos la próxima vez un centro comercial repleto de sorpresas.
 
María Santana y Antonio Rámirez. Publicado originalmente el la revista Salamandra 15-16.

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