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Regreso al subterráneo, o el erotismo reconquistado

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Erotismo: fastuoso ceremonial en un subterráneo.

GRUPO SURREALISTA DE PARÍS

La sociedad impuesta desde el capitalismo ha ido expoliando todo impulso libre propio del ser humano. Pero a diferencia de otros regímenes anteriores no ha prohibido o reprimido simplemente lo que tiende a negarlo: a través de un proceso, propio de la dinámica mercantil, simplemente lo neutraliza llevándolo a su terreno.
 
En el caso del erotismo, no ha pasado mucho tiempo antes de que el capital y la sociedad de consumo hayan absorbido una fuerza que hasta ese momento solía hacer peligrar todo principio de autoridad y hacía entrar en juego mecanismos plenos de irracionalidad y misterio.
 
El empeño de apaciguar, desde el poder, la esencia transgresora del erotismo ha pasado por su recuperación económica y su falsa liberación a través de la apariencia; por medio de un proceso de alienación (que afecta de igual manera a otras potencialidades del ser humano) el erotismo se ha introducido en una esfera cada vez más ambigua de lo real. La compleja interacción sexo-erotismo-amor se haya, más que nunca, desintegrándose en nuestra precaria vida cotidiana. Como todo lo demás, va siendo sustituido por un simulacro que elimina, al parecer, cuanto de experiencia directa y poética puede contener.
 
El erotismo, siendo la libre desviación de la reproducción sexual, la metáfora de la sexualidad, como definiera Octavio Paz, que supera lo meramente biológico y nos lleva, llegado el caso, a la experiencia amorosa, o a ese terreno donde no hace falta distinguir nada, sigue participando socialmente de un confuso juego de atracción/repulsión; en realidad, continúa bajo la superficie, la idea de la vivencia sexual como algo inherente al ser humano, pero cuanto menos incómodo, y aunque son innegables las transformaciones introducidas en las últimas décadas, bien patentes en los aspectos más superficiales, la parcial abolición de los tabúes no ha supuesto necesariamente la libertad, sino la imposición de otros nuevos más sutiles.
 
La expresión erótica ha conocido una cierta liberación social y cultural, pero a cambio se ha visto empobrecida, impedida de las facultades subversivas que antes arrojaba bajo la superficie de la vida hegemonizada. Si en el pasado se prestaba como vía para la manifestación de un amor libre o la transgresión libertina de las leyes morales, ahora se reduce a una opción más de alienación perfectamente regulada: el placer sexual como evasión o consuelo. Así, el sistema no desterrará más el erotismo, lo aprovechará, reconociendo que, si es inevitable, bien redirigido puede ser una implacable herramienta de dominación.
 
Sometiendo cada vez más el principio de placer a la imagen y semejanza de la economía se establece una normalización, legislativamente incluida, que se acomoda al ideal liberal del bienestar social. Así, las concesiones del capital respecto a la "libre" sexualidad son del mismo tipo que las del terreno sindical, la sanidad pública y tantas otras reivindicaciones sociales históricas: son las migajas que nos acallan. Las democracias modernas han aprendido a ceder la mínima parte para negar el todo. En principio, podría parecer que esta relajación moral sistemática tendría, como consecuencia, la realización masiva de las fantasías sexuales tanto tiempo reprimidas, pero a la temible explosión de una libido colectiva desatada y antisocial, producto de la abolición de las prohibiciones, el sistema impone un modelo de conducta sexual, que si bien es mucho más abierto en comparación con el pasado, sigue teniendo unas limitaciones precisas. Así, nuevos tabúes responden a conceptos como la minoría de edad o la libre elección del acto sexual, propios de una sociedad "democrática", de moral más permisiva, pero en defensa de los derechos del individuo. Además, muchas otras prohibiciones no establecidas en el código penal, nuevas convenciones morales asumidas popularmente, influyen en los individuos de una manera patente. Al margen de aspectos concretos, la sexualidad se vive como el conflicto entre el eterno deseo y las nuevas libertades morales, muchas de ellas sólo aparentes en realidad.
 
La representación banal y saturada de lo sexual, reclamo para el consumo compulsivo, su utilización mercantil como medio de evasión, su inclusión en los asuntos sanitarios (preventivos) y de control de natalidad serán la mejor manera de someterlo a las mismas reglas que el resto de los fenómenos y, por tanto, de asumirlo eliminando sus aspectos antieconómicos, y han supuesto, de manera pausada pero imparable, la sistemática neutralización de la experiencia erótica como vivencia radical de la realidad. Un pujante mercado relacionado con el sexo constata lo lucrativo (y práctico) del placer pre-diseñado, que así gana prestigio económico ante la sociedad, a la vez que se desacredita el placer vivido pasionalmente y sin reglas, el placer podríamos decir autogestionado. Nuevos fenómenos, como el cibersexo o las líneas eróticas, se introducen en nuestra vida sin la menor resistencia, aun suponiendo la profunda negación de las bases del erotismo, tales como la presencia del objeto-sujeto de deseo y su reciprocidad. El mercadeo sexual, propio de la prostitución, es trasladado a la virtualidad y la cibernética: queda eliminado, ya en los extremos de la miseria vital, el contacto físico. Nos dice Paul Virilio, en un texto sobre el cibermundo (1) que el miedo a lo otro es lo contrario al amor , y este miedo se reafirma en la sustitución o simulación virtual, donde el individuo acepta, sin pestañear, el sacrificio de la realidad erótica en beneficio de una imagen o un sonido.
 
Por otro lado, el trabajo, como concepto esencial de la economía, colabora en la construcción de una moral del esfuerzo físico útil, que instrumentaliza el cuerpo (y lo imaginario), dosificando eficazmente tanto el derroche de las actividades lúdicas como el de la voluptuosidad. Ofreciendo la felicidad alienante de su fruto, el beneficio que asegura el consumo, el trabajo se supedita a la felicidad concreta del principio de placer, improductivo y, por tanto, anti-económico. El erotismo aporta la experiencia directa del instante, pero no por eso menos profunda de la exploración del placer y sus repercusiones; frente a la experiencia prometida (por tanto siempre postergada) de la acumulación y el sacrificio propios de la sociedad capitalista. Nada más inútil, triste, que la fatiga tras el trabajo en comparación con el derroche de la voluptuosidad. El placer, visto desde la sociedad de consumo, pertenece al terreno del lujo y la excepción. Es acceder, como diría George Bataille, al exceso físico e imaginativo, diametralmente opuesto a la cultura del miserabilismo encarnada en el trabajo: la felicidad como pérdida y derroche. Así, interferir por ejemplo, en el horario laboral con alguna experiencia placentera, incluido la erótica (el extremo), es quebrantar el tabú, caer en un comportamiento que hace peligrar las bases económicas, más aún que la antigua noción de pecado. La imposibilidad de convivir con esos dos modos de conducta salvo desde el privilegio, relacionan el sexo y el placer con la imagen de la riqueza y el poder.
 
Mientras, los sociólogos, los psicólogos, los educadores, en suma: los guardianes de la nueva moral, junto a los mass-media , se encargan de promover los resultados de la superficial revolución sexual de los años 60-70, supuesta abolición de los últimos prejuicios heredados de la premodernidad, que por fin ha revelado su verdadero carácter: colaborar en la integración del erotismo, adaptar de una vez por todas su naturaleza al sistema. Pero aparte de un mejor entendimiento, no tecnocrático, del fenómeno erótico, de esa revolución debía haber surgido, ante todo, una liberación de las facciones sociales más reprimidas sexualmente: la libido femenina, tradicionalmente despreciada y minimizada, y la homosexualidad, negación absoluta del concepto genérico sobre el que se construye el sistema sexista masculino. Ambas circunstancias podrían haber cambiado no solo la sexualidad social sino la propia vida cotidiana.
 
La mujer, hasta ese momento objeto de deseo bajo el total dominio del hombre, tomaría las riendas de su placer, transformando la cultura erótica, moldeada totalmente por la hegemonía masculina. Pero la libido femenina, designada siempre como un "misterio" por el hombre, no ha establecido una deseable dialéctica, en un nivel colectivo, con su inverso masculino, simplemente ha ganado espacio en el juego competitivo que este ofrecía. Al margen de que la discriminación continúa (de una manera más sutil pero reconocible), la mujer ha aceptado sólo un parcial cambio en su situación económica y a pesar de manifestaciones minoritarias radicales todo ha quedado en un banal feminismo estilo "cosmopolitan" y un acceso de ésta a la economía capitalista, esencialmente patriarcal. Ha aceptado identificarse en modelos de conducta establecidos por el hombre, incluido el rol de la mujer liberada (2). Su sexualidad, vista hoy a luz de la biología, es mejor "comprendida", pero ésta ha de adaptarse a las mismas condiciones deplorables que de por sí ya existen para el hombre. Irónicamente, podría decirse, que los dos sexos se acercan a la igualdad, al menos en los aspectos eróticos, a costa de una similar alienación.
 
Así mismo, el movimiento homosexual podría haber borrado esa línea que separan los géneros y que es extendida, de forma interesada, más allá de lo meramente sexual, en una jerarquía de géneros fuertes o débiles. Los homosexuales, quizás sin más opción, han optado por construir un guetto dentro de una cultura hostil y asumir, como dicta la nueva moral, que son una "opción" sexual y no una manifestación más del deseo. Se suele decir que al homosexual se le debe tolerar, o que se ha de respetar su elección, pero no es cuestión de permisividad o de libertad de opción, la homosexualidad es una realidad, simplemente está ahí, al mismo nivel que la heterosexualidad y otras posibilidades del amplio abanico del erotismo. Asumiendo que son una excepción, los homosexuales toman poco a poco terreno, pero al igual que la mujer sólo pueden basar este avance a través de la ocupación económica (la explotación de su imagen estereotipada) y una defensa sectaria de su sexualidad. El estereotipo del homosexual, que manifiesta profundamente su supuesta diferencia, se nos vende, sólo así se le acepta.
 
Se podría especular que las objeciones de la sociedad mayoritaria a la sexualidad menos hegemonizada son en realidad un mecanismo consciente para no enfrentarse a la realidad y atrasar la confesión de su terror a un erotismo liberado. La sociedad acoge la voluptuosidad mientras no comprometa seriamente los límites, es decir, mientras no abandone lo periférico de la vida cotidiana, para colonizar ese espacio central regido por la economía y sus estructuras. Así pues nos hallamos ante una paradoja, por un lado el erotismo es un fenómeno asumido por la organización social, libre (incluso protegido) bajo las reglas de la privacidad, y, sin embargo, su experiencia se halla intencionadamente condicionada por las nuevas convenciones y reglas dictadas desde el exterior a ese espacio privado. Aunque de una manera no demasiado evidente, un nuevo puritanismo, miserabilista más que moral, interfiere en la vida erótica. En reacción, y más abiertamente que nunca lo erótico impregna ahora toda la cultura moderna: se evidencia una obsesión, una necesidad colectiva que delata las actuales relaciones esquizofrénicas entre el deseo y su realización. Cínicamente, a través de los mass-media , se nos querrá mostrar una sociedad liberada de la "carga" erótica, pues supuestamente, se vive de forma libre. En realidad, la sexualidad es afrontada como un handicap más para la eficiente integración de los individuos, se suma a la pueril idea de felicidad, creada alrededor del lujo, la eterna juventud, la fama, etc.; al alcance (en versión vulgarizada para las masas) de quien siga fielmente las reglas y sepa adaptarse a los modelos de conducta dictados desde el espectáculo. El impulso natural hacia la sexualidad se trunca como prueba social, hay camino libre (al puro estilo liberal) pero una vez satisfecho revela la vaciedad sobre la que se apoya. El mismo acto erótico, su imaginería, así como sus implicaciones con el amor son constantemente bombardeados por la estrategia miserabilista. En el momento del acto erótico somos abocados a repetir y representar cuantas convenciones se han introducido en el imaginario colectivo a través del mercado pornográfico.
 
Como un topógrafo que nos mostrara todos los accidentes posibles del terreno, pero sin profundizar en las fuerzas interiores que los provocan, la pornografía (ahora un negocio floreciente y regulado, bien lejos de esos comienzos libertinos en clandestinidad) crea la iconografía de un erotismo de la superficie, que con el paso del tiempo se ha filtrado en las actitudes "íntimas" de cada uno de nosotros (y que ha producido, de paso, todo un panteón de mitos sexuales). Existe una estricta clasificación del repertorio erótico propia de las enciclopedias de la ilustración, pero al alcance de todos, en el video-club o la red. Es posible reflejar nuestros deseos más oscuros en la virtualidad de la pantalla sin comprometer nuestra sociabilidad o nuestra identidad de turistas del sexo: se lo dejaremos a los profesionales (y por qué no, a los "amateurs") sin relacionarnos con nuestro propio anhelo más que con un precario, patético, desahogo-simulacro en soledad, y los más audaces, en una reconstrucción doméstica de la imagen pornográfica. Así, se representan y documentan todas las perversiones inimaginables, multiplicadas al infinito por obra y magia de la pantalla, que hasta hace poco podían ser motivo de castigo (para las filias ilegales, aún hoy, existe el mercado negro), vaciando conscientemente la no previsibilidad del erotismo, su sentido, hasta hace muy poco, transgresor y libertino. Una hipnótica coreografía sexual nos invita a eliminar cuanto de experiencia interior contiene la voluptuosidad, nos incita a identificarnos con el repertorio a nuestra disposición, a reproducirlo fielmente en la película de la vida "real" y seguir los roles establecidos, sin profundizar en la experiencia erótica libremente, como el que entra en terreno desconocido: ser fieles a las sendas seguras para turistas. El descubrimiento del cuerpo deseado, su exploración, es sustituido por la ridiculez del atletismo sexual; la representación del placer competitivo y narcisista niega la reciprocidad de los amantes. La servidumbre a la imaginería machista (el culto a la penetración y el semen, el papel exclusivamente pasivo de la mujer) de la que surge la mercancía pornográfica, añadido al deseo de dominación absoluta de la mujer, aún sea ésta virtual, tienden a convertir al sexo, más que nunca, en imagen pura. Imagen que no sólo simula, sino que, además, miente y sirve de alimento a la hegemonía machista.
 
A falta de simulacros, el impulso erótico era anteriormente vivido, en una privacidad sembrada de estrictas prohibiciones, explicitadas desde la religión constantemente. Si bien había una fuerte represión que condenaba al individuo que transgredía la regla moral (aún sin conocimiento de la sociedad: el pecado era infalible), la misma prohibición podía servir de plataforma para un comportamiento libre, que contenía evidentemente un riesgo, pero que aportaba una experiencia ineludiblemente real y poética. Estos individuos, que catalogados de pervertidos o libertinos ponían un pie en lo prohibido, arrastraban también en cierta manera al resto de la sociedad. Se intuía, a través de sus pecados, posibilidades más allá de la estrecha moral. El pecado anunciaba una libertad que era definida a través de su prohibición; paradójicamente se necesitaban el uno al otro. En la actualidad, el acto erótico así como su limitación moral, han conocido un paralelo proceso de extrañamiento. La transgresión no es tal, una vez borrados los límites. Aún existe el impulso vital del erotismo pero no su radical control moral, y el sistema, en su lógica económica, se da prisa por ocupar el hueco resultante. Eliminando eficazmente el sentido subversivo del erotismo, se deja camino libre para su interpretación más recuperable: el conflicto deseo-realidad es asumido y explotado por el poder como una cuestión de mera necesidad biológica o social. Un ejemplo: la orgía, primigeniamente concebida como espacio excepcional de ruptura del tabú por razones sacras, o posteriormente, reunión secreta y prohibida de libertinos enfrentados a la moral, se reencarna ahora, previo pago, en modernos locales de encuentros "liberales", anunciados en los medios y perfectamente legales dentro de las reglas de la privacidad. Teorías de la transgresión erótica, como las que hiciera Georges Bataille (3) en los 40, pierden sustancia y validez. Sirven, acaso, para confirmar el profundo y rápido cambio infligido a la vida cotidiana, y constatar que análisis antropológicos, aplicables quizás a miles de años de cultura, están perdiendo peso en tan sólo unas décadas. La cuestión no es, obviamente, defender la prohibición, considerándola necesaria como palanca para la transgresión, más bien se trata de saber ver cómo el sistema logra integrar el más mínimo impulso de resistencia, transformándolo antes a su favor.
 
Como vemos, el sistema ha querido eliminar toda connotación de rebeldía en el erotismo, y lo ha conseguido, si aceptamos la versión proyectada sobre nosotros; en ésta, la necesidad ocupa el lugar del deseo, que se ve dirigido por los ofrecimientos de la banalidad. Pero hasta hace poco el erotismo era parte del contenido de muchas teorías revolucionarias que veían en éste un factor primordial: sabemos que es una posición difícil de sostener en la actualidad.
 
Será con el surrealismo (4), quizás, cuando se llegue a una comprensión más profunda de la experiencia erótica, de su vivencia como plenitud del ser anti-económico, y se requiera del individuo una actitud moral al margen de las convenciones, más estricta aún si cabe, que su antagónica. El erotismo, para los surrealistas, ha tenido un lugar crucial entre las experiencias humanas que podrían demoler la moral burguesa, aportando el escándalo y el caos necesario para desestabilizar el sistema burgués, un caos no basado en la simple destrucción, y sí en el placer de la fiesta generalizada y la exploración del deseo, que apartarían a las masas de sus "obligaciones". Pero el erotismo, para el ideario surrealista no representa sólo una mera forma de liberación, es además un momento sublime y privilegiado de la vida, que no puede quedar en un vulgar mecanicismo corporal. En palabras de Robert Benayoun (5): "Los surrealistas, rechazando reducir el acto amoroso a un simple gesto, inversamente, lo harán depender de todos los modos de expresión, y de las más altas funciones del espíritu". En plena década de los sesenta, a la vista de la imparable mercantilización del deseo, los surrealistas defendieron la ocultación de la vivencia sexual, hecho que fue confundido por sus críticos con una actitud reaccionaria.
 
Sea como sea, a estas alturas, sería un error pensar en el erotismo como un instrumento revolucionario en el sentido más histórico y colectivo. Se ha conseguido, efectivamente, desubvertir la experiencia erótica: ya no es un peligro para las estructuras económicas. Dentro del espectáculo no hay espacio ni tan siquiera para el escándalo o el libertinaje de tiempos atrás, estos se han convertido en agentes del mercado a través del proceso de recuperación que ha puesto en crisis a otras tantas acciones, subversivas hasta hace muy poco. No obstante, el surrealismo nos ha marcado una posibilidad de reencuentro del erotismo como rebeldía, sobre todo en su relación con el amor. Constatamos que a pesar de los deseos de la economía, no es posible hablar del erotismo en términos de exclusiva individualidad; aunque la vivencia subjetiva es esencial a éste, la intervención del otro, su reciprocidad, también lo son. Y esta es su más preciosa cualidad frente a la epidemia de individualismo que merma el sentido colectivo de la sociedad y su posibilidad de reconquistarse a sí misma. Necesitamos de la fuente de deseo que percibimos, para que, asemejándose a un faro, defina nuestros impulsos. Y aunque esta fuente sea producto de la imaginación, siempre será efecto de nuestra relación con la realidad: lo imaginario es una extensión poética de lo real. La experiencia erótica impulsa la construcción de una situación, una deriva por las profundidades de la otredad que puede ser, mientras dure, autónoma a todo lo demás, pero no como realidad alternativa y solipsista; los caprichos, la caótica inestabilidad del deseo, el descubrimiento de las propias reglas de transgresión nos revelan la excepcionalidad en cada uno de nosotros, pero ésta es compartida con la otredad encarnada en el ser amado: se traducen en lenguaje secreto, único. El sistema al querer desvirtuar el erotismo, intenta ante todo desvirtuar esta forma de profunda comunicación, rompiendo nuestro más fuerte lazo con la realidad. Pero el impulso erótico sigue ahí, y si bien ha dejado de ser una cuestión de rebelión moral, que toma su significado de la transgresión, comienza a ganar sentido por sí mismo, quizás por primera vez en la historia, una vez eliminadas las prohibiciones de antaño y neutralizada la manipulación del presente, éste se va reafirmando como vivencia poética, sin más definición que esa comunión con la otredad. Y he ahí que debemos reencontrarnos con el erotismo como experiencia de rebeldía: a la luz de la realidad que hace manar. A través de la carne, de ese deseo de contacto con el ser amado experimentamos una sensación radicalmente al margen del simulacro o los comportamientos impuestos, somos por momentos más reales. El erotismo nos incita a vivir, a moldear y sentir la realidad más inmediata de una manera directa, al menos si lo hacemos de una forma libre. Es, en cierta manera un automatismo del cuerpo y de los sentidos que deben seguir su curso. Reclama preservar de toda intromisión nuestra vivencia, a veces incluso de nuestro propio raciocinio, de ahí su peligro, pero también su potencial.
 
La ocultación de la vida amorosa, de sus reglas autoimpuestas que sólo los amantes conocen, como si de un rito secreto (e irreproducible) se tratara, se ha tornado tarea imprescindible. No una ocultación, que responda a la vergüenza o el miedo que siempre han pesado sobre lo erótico, sino a su elevación como algo sagrado, en el sentido de la pura elevación profana, que reinicie de manera concreta un reencantamiento de la vida cotidiana: el regreso a ese subterráneo que invocaba el surrealismo y que el espectáculo ha convertido en circo.
 
Creo que la voluptuosidad puede unir a los individuos de una manera y por razones que escapen a la lógica de lo virtual, de lo más execrable del miserabilismo. Para los amantes, amor y erotismo se funden en uno solo, revelándose como medio y fin en sí mismos, recreación sensitiva frente al mundo-simulacro que reporta, como tal, riesgos y complejidades, que delatan, de paso, la clonación que nos impone la economía: la simplificación de la vida al ritual consumista, que exige, así mismo, una simplificación de nosotros mismos. El placer de la unión sexual, nos aproxima a un punto de irracionalidad, emparentada a la ebriedad en la medida que tiende al abandono de la identidad, concebida ésta como herramienta social o de supervivencia. La identidad se esfuma, para dejar paso al ser-deseante, estricto en su búsqueda de placer y belleza, éste se abrirá camino a través del simulacro hasta los márgenes, a tierra de nadie, allí debe vivirse: la verdadera vida huye de ese espacio central ocupado por la miseria de la economía.
 
¿Es ingenuo creer que la voluptuosidad puede proporcionarnos una enseñanza, que de alguna manera, es aplicable a los restantes momentos de la vida cotidiana? Tanta energía al servicio del placer, no puede sino recordarnos una faceta, largamente reprimida en el ser humano y que la tecnocracia ha intentado eliminar por completo. En un mundo donde las relaciones entre los individuos y sus acciones más mínimas, se traducen en valor de cambio, una actividad mantenida, en todo lo posible, al margen de lo económico, se mostrará irreductible a ningún valor que no sea ella misma y sus repercusiones a un nivel vital real: una realidad ensanchada, reconquistada, comenzará a surgir entre nosotros. Quizás de una manera incierta en un comienzo, el libre principio de placer irá redefiniéndose, cada vez más, en lo que queda de vivo en nosotros. Y no hablo de escapar del mundo económico a ratos, buscando un placentero refugio, me refiero a reconocer en nosotros mismos el ser anti-económico y su esencial enfrentamiento a la ilusión espectacular, basar nuestro comportamiento y nuestra vivencia de la realidad en este reconocimiento.
 
A María.

Antonio Ramírez.
 
Publicado en «Salamandra», nº 13-14,  2003-2004 ( págs.104-110 ). Existe otra versión, ligeramente modificada, en «Engranajes», año 2 nº 3, Sevilla, invierno del 2003 (págs. 11-15).

 
NOTAS

(1) Virilio, Paul: El cibermundo: política de lo peor , Cátedra, 1997.

(2) Ejemplos de rol feminista para las masas los tenemos en muchas series de televisión, donde mujeres de una condición económica emancipada (abogadas, por ejemplo) no abandonan, sin embargo, una posición seductora y pasiva-sexual respecto al hombre (pero agresiva en un plano económico). Éstas aceptan ser el reclamo de un "príncipe azul" que las salve, utilizan el sexo como herramienta de superación.

(3) Véase El erotismo Las lágrimas de Eros, ambas publicadas en Tusquets. Si bien creo que sus análisis sobre la transgresión del erotismo han perdido sustancia a un nivel colectivo (otra cosa es aplicarla a la vida secreta de cada uno), no sucede lo mismo con los que tratan de la voluptuosidad como antítesis de lo burgués, entendiendo esto como la cultura de la acumulación y la mesura.

(4) El movimiento surrealista ha ofrecido diferentes acercamientos al erotismo, ya sea desde manifestaciones poéticas o en apasionados textos teóricos. Hans Bellmer con su obsesiva iconografía combinatoria del cuerpo femenino, a través de dibujos, fotografías o muñecas creadas por él mismo, los poemas de Joyce Mansour o los textos entre teóricos y poéticos de Gherasim Luca (ver Salamandra 11/12) sobre la sexualidad anti-edípica y los roles eróticos, son algunos ejemplos. De todas maneras urge una definición de los surrealistas actuales en cuanto a este asunto.

(5) Benayoun, Robert: Érotique du surréalisme , J.-J. Pauvert, París, 1964. Robert Benayoun es colaborador del Grupo de París del Movimiento Surrealista. La introducción de este libro, traducida al castellano, puede encontrarse en la webwww.academiadelapipa.org.ar/benayoun1.htm junto con otros textos surrealistas.

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