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Manuel Crespo

200 años

Viajo a menudo a Lorca, ciudad murciana a la cual, por ser la cuna de mi familia materna, me hallo vinculado afectivamente desde la infancia. Hay en mí, cuando la visito, una disposición anímica especial, un desamparo de lo conocido y, al mismo tiempo, un arraigo telúrico, como una llamada de la tierra, que produce sensaciones especiales, más nítidas y rotundas. Los olores se acrecientan, se agudiza la mirada.
 
Domina en el paisaje árido y polvoriento el imponente perfil del castillo, uno de los más extensos que se conservan en España. Levantado por los musulmanes, cayó finalmente durante la reconquista. Pacificada la región, sus murallas languidecieron, y fueron deteriorándose, si bien la torre Alfonsina permaneció enhiesta.
 
La fortaleza se está ahora habilitando, y es posible visitarla de un modo más didáctico, con guías, filmaciones, paneles gráficos y unos actores ataviados de época, que van presentándose a lo largo del trayecto y explicando las costumbres medievales y su cotidianidad.
 
Esta semana santa, la recorrí con un grupo de familiares. Subimos a las torres de vigilancia, descendimos a los aljibes, vimos tumbas de la cultura del Algar, conocimos a un soldado, un cantero, (...) Leer más

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El arcano del diablo

En Julio de 1999 viajé a Buenos Aires, ciudad de Carola. Nuestra hija, Sol, había nacido seis meses atrás y se daba la casualidad de que en esas fechas estaba previsto el parto de la primera niña de mi cuñada Julieta.
 
Aunque aún no conocía personalmente a ningún miembro del Grupo surrealista de Madrid, ya me sentía casi uno de ellos. Acababa de publicarse el número 10 de la revista Salamandra, que incluía un poema mío Metempsicosis, y aproveché la estancia en Argentina para encontrarme con Silvia Guiard, que me trató muy cordialmente.
 
Suelo utilizar el tarot para ampliar el campo de mis meditaciones. No me interesa tanto la adivinación como la contemplación introspectiva obtenida por el estudio de las figuras de los naipes y las sensaciones de atracción o repulsión que provoca su visión.
 
Utilizo un método muy simple: distribuyo los veintidós arcanos mayores boca abajo en dos filas paralelas, miro los dorsos de las cartas y levantó uno, que me suele proporcionar una clave a la pregunta efectuada.
 
Han pasado algunos años desde este suceso hasta que me he decidido a escribirlo, aunque bastantes personas lo escucharon a (...) Leer más

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Garraf

Es verificable una crisis de la mirada, del órgano quizás más apto para agrandar la franja de lo verdadero y despertar a lo yacente; su banalización, que a medida que ha ido proliferando la oferta de imágenes y éstas perdieron sustancia y gravedad, ha sufrido el progresivo adelgazamiento del ángulo de lo perceptible, hasta llegar a la planitud característica de lo visible actual, cuando es escasa la relación de la pupila con el horizonte, debido a que muchas sensaciones están ya diferidas y son vividas por delegación desde el sillón de espectador que ha sido asignado a cada cual –generalmente con la aprobación entusiasta o cuando menos con la pasividad del público-, y también a las mínimas posibilidades de relacionarse con un entorno natural, sobre todo si éste no se corresponde con las postales promocionadas por las agencias de turismo, si su pobreza aparencial no le hacen apto para divulgarse como destino de vacaciones o si hay que visitarlo aprisa, durante el deleznable margen que el trabajo concede al descanso.

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Litoral: Oráculo

I. LITORAL La inteligencia calculadora se ha hecho cargo del hombre pretendiendo encarnar su totalidad al reducir la experiencia –estar en el mundo, respirarlo, recibir su exhalación– a objeto clasificable sin relación alguna con el misterio y lo abierto. Se quiebra así la articulación interna del sujeto, un eje crucial que nos aunaría al acontecimiento. Sin embargo, aunque el ser humano sea ya espectador desangelado y recluso de la parte blanca de sí mismo, un rescoldo se mantiene en la hondura y en profundidades abisales de la psique palpitan trazas de pensamiento mítico, una convicción de que su origen se sitúa en un acrónico más allá, horizonte de poesía realizada que encanta la vida al dejarla derramarse como fragmento de un universo extático y formando parte del alma global. Esta irresistible energía no podrá perderse, persiste por más que la sociedad procedente de la revolución industrial y de consumo desaforado intente arrumbarla en terreno yermo, donde lo espurio se pudre alegremente al raso.

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Finis Linguæ

La palabra en libertad instaura la imagen de la amplitud y se acompaña de una promesa de confín. Allí, es decir, en plena extranjería, la palabra es: asombrada e inquieta, entregándose a los efectos de lo inmensurable. En esa lejanía, y por esa lejanía, se renueva sucesivamente en su inalterable permanencia, que es constante mudabilidad. Y en sus márgenes y en sus límites, cristaliza como expresión de una vida que todavía no se resigna a perder la memoria de la singularidad que la afirma ni de lo común en que se reafirma.
 
Al mismo tiempo, la palabra, allí habitada por la intimidad profunda del lugar, habita el espacio más íntimo del ser y se expone al encuentro, a su reconciliación por lo desconocido con el mundo.
 

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