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Finis Linguæ

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La palabra en libertad instaura la imagen de la amplitud y se acompaña de una promesa de confín. Allí, es decir, en plena extranjería, la palabra es: asombrada e inquieta, entregándose a los efectos de lo inmensurable. En esa lejanía, y por esa lejanía, se renueva sucesivamente en su inalterable permanencia, que es constante mudabilidad. Y en sus márgenes y en sus límites, cristaliza como expresión de una vida que todavía no se resigna a perder la memoria de la singularidad que la afirma ni de lo común en que se reafirma.
 
Al mismo tiempo, la palabra, allí habitada por la intimidad profunda del lugar, habita el espacio más íntimo del ser y se expone al encuentro, a su reconciliación por lo desconocido con el mundo.
 
La palabra poética viene de lejos y debe ir y llevar siempre lejos. Procede de un abajo que no se mide sino en lo que aún no se ha separado, una red tramada en las relaciones de correspondencia. Se encamina adonde todo tiene que recordar a antes, al origen (ese retroceder que es avance al estado inactual del lenguaje), adonde todo es arrojado al ser por vez primera y nada significa aún nada. ¿Por qué el agua es alondra, y la alondra música, en el poema? Porque todo está siendo recreado en ese momento y el universo entero renace de la explosión de la palabra. En este punto, la palabra es memoria mítica, es fabulación mítica del comienzo.
No obra así, la palabra poética, en respuesta a ninguna condición u obligación. Desobediente de los códigos de comunicación y ajena a la cultura de lo instrumental; indiferente a las leyes de la reproducción y de la representación, abre un espacio de intransitividad gozosa en el que apunta lo decible, que no es siquiera lo comprensible y sí lo contrario del entendimiento: una fractura severa por la que se declara inepta la razón,y por la que, simultáneamente, la palabra poética rearma su relación consigo misma y con quien la pronuncia.
 
Así desprendida, se expande y obliga al lenguaje a extremarse y a tocar su propio límite, su principio de verdad. En este sentido, el poema debería ser siempre el inicio de ninguna obra, una verbal desprotección en la que la finitud de la palabra es su propio centro e inmensidad. Y hasta se deba, tal vez, obligar al poema a no explicar ni aclarar nada, para así preservar nuestra relación con lo inconsumible, para palpar lo incomunicable, nada que ancle la palabra en libertad en el légamo de la positivización. A esto obedece el que la palabra poética no deba o no pueda nunca ser dialéctica, porque no es la síntesis de ningún discurso que trate de justificar o consumar su ideología, reduciéndola y deslomándola en la trilla de la laboriosidad, en la cadena de la instrumentalidad. Y es por esto que acaso no pueda pedirse a la palabra poética que transforme la realidad, puesto que ella misma es la realidad, su acontecimiento insospechado, su desciframiento y su oscurecimiento, el rastro tangible de su advenimiento, lo que informa de lo que de desconocido tiene y su misma transmutación (1).
 
Sombra sustanciada, que indistintamente refresca o sofoca, en su hondura alcanzamos a ver nuestra imagen más allá de nosotros mismos, esto es, en la plena vida. Porque la palabra llega siempre demasiado lejos: justo a lo que tenemos delante, es decir, a una lejanía que encarna en la cercanía, ya que la palabra es presencia del todo que se hace visible en lo común. Así procura una experiencia cierta de la alteridad y, en consecuencia, de nuestro propio alejamiento, de nuestro deslizamiento por la pendiente de lo quieto, cuya violencia sorda agrieta el muro tenebroso de esta civilización y consigue perturbar a su “agente capital”.
 
Ahí rezuma esta palabra, que no es herramienta ni medio sino fin en sí misma, un acabamiento, la forma leve y graciosa de la gravedad, en perpetua atracción con la tierra y su profundidad mortal (2).
 
Y ahí irrumpe, en lo que señala a la intemperie y que ella misma nombra, en fraternal animalidad: perezosa y acechante, hermanada con la negritud que irradia en la claridad que fulge en la negritud. Afianzada en este límite, la palabra se desnuda –y por ello se oscurece– y resurge .
 
Finis Linguæ.
 
Publicado en «Salamandra», nº 11-12.
 
Notas:
(1) Añadiríamos aquí, de todos modos, que el lenguaje que no se ve acompañado de la acción que lo realiza, de la experiencia que lo hace encarnar en el ritmo de las cosas se separa de la vida, cae en el vacío y se convierte en ilusión, corre el riedgo de tornarse ideología. La sola transformación del lenguaje deviene, tarde o temprano, mero estilo literario. Pero como realidad y parte de la realidad que es, la transformación del lenguaje no puede limitarse a sí misma, permaneciendo milagrosamente aislada   de todo lo que la rodea. Por fuerza ha de contagiar las otras realidades, transmitiendo su urgencia genésica y su deseo de impugnar el orden. Esta es, al menos, la esperanza de los surrealistas: que si la palabra se libera, que no se libere en vano , que prepare y se haga acompañar de una libertad mayor, una transformación total en todos los campos del hacer y del pensar humanos, única posibilidad de verificar la palabra, de unirla a las cosas que designa, de darle por vez primera una “verdadera vida”.
Pero sería no obstante ingenuo, o tal vez injusto, buscar una correspondencia inmediata y directa entre el lenguaje subvertido por la palabra poética y el lenguaje poético de la subversión. Tienen tiempos de evolución diferentes. A veces el lenguaje se adelanta. Otras es la experiencia revolucionaria la que no encuentra las palabras para significar el cambio radical que está alentando.
No siempre las pesonas que se atreven a acometer el derribo de las estructuras sociales, económicas y políticas, se aventuran también a forjar los sentidos insospechados de las palabras y las relaciones insólitas entre las mismas que les permitirían no tanto explicarse su acción (hay en toda ruptura social un diálogo libre y una comunicación sin dueños que garantiza esta necesidad), como, después de pasada la primera tormenta, impedir que el lenguaje de los amos quede intacto y pueda reconstruir así el viejo mundo que se creía abolido (los dadá berlineses, durante la revolución espartaquista, exigieron, y no precisamente por nada , la práctica sistemática y dadaísta del lenguaje, junto al fin de la propiedad privada o la abolición de la moral cristiana).
Nos preguntamos, pues, si la posesión y el ejercicio de un lenguaje en metamorfosis por el que la palabra inicia su liberación de la cadena del significado obligado y se oscurece en una luz inaprensible; si la familiaridad con esta materia mental que permite “decirlo todo” no hostigaría una transformación exigible de las estructuras mentales, los métodos de conocimiento y la propia concepción del mundo y de la realidad, haciendo imaginable a los hombres y mujeres que “todo es aún posible para el universo y para el hombre” (Paul Nougé). Si es verdad que “no hay pensamiento fuera de las palabras”, tal sería el efecto imprevisible de una palabra que a nada pertenece, que al desprenderse invita a todo desprendimiento.
(2) No ignoramos, en cualquier caso, que la palabra no es inocente. En el mundo de la mercancía y del lenguaje mixtificado, ¿dónde podría ocultarse la palabra para salvaguardar su hipotética pureza? ¿Y cómo podrían servirse de ella sin corromperla aquellos que no dejan de participar de los mecanismos de un poder corruptor? La palabra ha quedado contaminada no sólo por el uso instrumental que la economía le ha destinado, sino también por los dobles sentidos inducidos y las analogías simuladas que proporcionan el dominio del espectáculo y las etimologías de la publicidad. Nada se puede esperar de la escritura poemática y de la propia palabra si no refuerza el éxtasis de su libertad con el rigor de la crítica. Ta no hay ningún torrente espontáneo de lenguaje en estado salvaje que justifique el supuesto estado de inocencia de las palabras, porque la descomposición ha llegado a todas partes, también al inconsciente. Y sería quizá ocioso intentar distinguir si ciertos significados son productos del inconsciente o reflejos de la colonización subliminal del poder. Después de Gherasim Luca, no podemos ignorar que también el inconsciente merece nuestra desconfianza; que no toda la sombra que proyecta es sinónimo de libertad: quedan gangas de viejos tabúes, de nuevas represiones de los imaginarios arcaicos de las antiguas clases dominantes y formas de dominación.
Además, hay una ley secreta del lenguaje que debe acentuar nuestra precaución hacia el mismo: “las palabras tienden a agruparse de acuerdo con afinidades particulares que tienen generalmente por efecto recrear el mundo a cada instante según su antiguo modelo” (André Breton), y no solamente las claves de la analogía podrán forzar al lenguaje a que salga de sí mismo. Porque algunas construcciones analógicas y otras muchas imágenes son fácilmente recuperables para el mercado y sus tendencias. Las nuevas formulaciones que aparezcan en un poema no serán deseables nada más que porque puedan quebrar las convenciones de la “normalidad” y penetren en el campo de lo inaudito y de lo desconocido, ya que las meras yuxtaposiciones de elementos heterogéneos son ahora una técnica más de la dominación. Indudablemente, hay que atreverse a “decirlo todo”, pero este todo deberá ser portador de un sentido no sólo superior al de los términos empleados en su construcción, sino incluso de un sentido que asegure, a la vez, la crítica de un elemento de la realidad vivida de una forma descarnada, sin mediaciones, y su superación por medio de la expresión urgente del deseo de otra cosa que lo exceda.
Y decimos “otra cosa” porque no es necesario –tal vez al contrario– que ese deseo se aclare , sino que permanezca enraizado en el espasmo del lenguaje que es la palabra poética. Bastará que convoque a la acción que lo realiza y que le da su materialidad, que lo vuelve tangible pero no le hace posible ser programado con antelación, pues el lenguaje es siempre un visitante desconocido que llega y habla . Esta es, en el caso de la palabra poética, la condición necesaria de su no recuperación: su rebeldía frente a cualquier utilitarismo que, en último término, la subordine a cumplir una función servil; su enfrentamiento a lo que pretenda desposeerla de su polisemia, que es su riqueza y su generosidad; su negación a ser integrada en el mecano social de cada época, sea este el orden absolutista, el partido totalitario o el mercado liberal. Como despilfarro y lujo del lenguaje que es, la palabra poética permanece todavía demasiado indolente y opaca para la funcionalidad y el funcionariado de cualquier ideología, de la que sigue siendo, como vislumbradora y generadora de nuevas realidades, su persistente y mortal enemiga.

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