Salamandra 13-14

Eugenio Castro: LUGAR COMÚN

Somos atravesados sin cesar por el horizonte. Allí donde estamos, incluso bajo el peso de una situación hostil, no dejamos de sentir esa herida. Antes y después del hombre encorvado que hoy somos, el ser profundo contiene la gracia y la gravedad de tal ensanchamiento. El centro que somos en él encarna y se expande, tensado en su tejido liberado. El horizonte, no lo olvidemos, es fuga, fijeza de una huida en la que el hombre se vuelve objeto de su propio destino, se hace destino. El horizonte siempre ha habitado en nosotros tanto como nosotros habitamos el horizonte: sentimos su imantación en la medida que somos fuerza de atracción. Se suscita en este discurrir un principio de aventura a la que se une simultáneamente una posibilidad de descubrimiento, puesto que el tránsito del horizonte se hace con las propias etapas del asombro que abre. De hecho, el horizonte es siempre un trayecto que se prolonga en su propio devenir: su imagen fijada refleja nuestro constante deambular, nuestro ir hacia él. Resulta significativa esta invariabilidad que no obstante estimula movimiento: el horizonte está siempre animado. De hecho, siempre en su lugar, el horizonte causa expectación y suscita atención. Se vuelve centro y convoca. A decir verdad, el mundo lo visita. Y como toda entidad genial, otorga su amplitud, es espacio de abandono donde acontece una experiencia inmediata -y común- de libertad. Lo que tiene de importante una experiencia tal es que no sólo se da individualmente, sino que es compartida. En efecto, si de algo podemos apercibirnos en la experiencia del horizonte es que aún encontramos espacios de vida donde persiste la esperanza del sueño colectivo: se va solo hacia el horizonte y se empieza el diálogo con los demás. Y no importa que ese diálogo se dé en voz baja. Al contrario, tal tono y una mudez son inherentes a una vivencia -común- del paisaje que lo abraza, una comunicación que excede los límites de lo comunicable: es una celebración integral del afuera que desdice y despoja. No en vano, en la vida despojada todo calla y la abundancia domina. Y ante el horizonte quedamos siempre en silencio y despojados. Desnudos o vestidos estamos siempre con la piel al aire, con el cuerpo entregado. Quizá por eso decimos -y sentimos- que estamos integrados en el paisaje, porque el cuerpo se conforma en su despojamiento. Esta simpatía física con el paisaje se torna visible en la inclinación humana a ver en ciertas formas rocosas, vegetales o gaseosas partes del cuerpo humano o el cuerpo humano en su totalidad (esto, por lo demás, resulta menos de una mirada antropocéntrica que del reconocimiento del/lo otro que siempre ha estado ahí). Y aún de forma más clarividente en el perfil de las montañas, destacándose en un cielo que es en sí mismo horizonte (pongamos por ejemplo a “La mujer muerta”, que tan nítidamente se percibe desde la ciudad de Segovia). De este modo se suscita una comunión más allá de la palabra: la experiencia del horizonte es una respuesta física de lo común (también desnudos o vestidos vertebramos la profundidad de lo abierto que el horizonte es); es comunicación concentrada en la unidad geográfica; es alteridad que nos revela y hace reconocernos.

Los mileniaristas sin Milenio: OCURRIRÁN ACCIDENTES

Bush, Blair, Aznar tienen razón. El fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Un día u otro, más pronto que tarde, estallará una bomba atómica en Nueva York, por la red de túneles del metro de Londres y sus estaciones abandonadas se deslizarán los perfumes de la Muerte química, un virus imposible se acercará a Madrid.
 

Manuel Crespo: LITORAL: ORÁCULO

La memoria de la ola:
El blanco esqueleto del pez
Junto a la barca abandonada.
Lo que trae, lo que lleva,
Lo que no llegó nunca.
Enrique Molina, Las nubes no retornan.
 
I. LITORAL
La inteligencia calculadora se ha hecho cargo del hombre pretendiendo encarnar su totalidad al reducir la experiencia –estar en el mundo, respirarlo, recibir su exhalación– a objeto clasificable sin relación alguna con el misterio y lo abierto. Se quiebra así la articulación interna del sujeto, un eje crucial que nos aunaría al acontecimiento. Sin embargo, aunque el ser humano sea ya espectador desangelado y recluso de la parte blanca de sí mismo, un rescoldo se mantiene en la hondura y en profundidades abisales de la psique palpitan trazas de pensamiento mítico, una convicción de que su origen se sitúa en un acrónico más allá, horizonte de poesía realizada que encanta la vida al dejarla derramarse como fragmento de un universo extático y formando parte del alma global. Esta irresistible energía no podrá perderse, persiste por más que la sociedad procedente de la revolución industrial y de consumo desaforado intente arrumbarla en terreno yermo, donde lo espurio se pudre alegremente al raso.

Toni Malagrida: LA BÚSQUEDA DEL TEKELI-LI

Papé Satán, aleppe.
Dante. Infierno IV.
 
Las palabras puestas en los labios de Nu-Nu, al final del remoto viaje de Arthur Gordom Pym, nos proponen otro viaje diferente y a la vez análogo al realizado por el héroe de Allan Poe. En realidad, para nuestros propósitos, es indiferente el rastreo erudito que nos lleva al verdadero –o literal, o bibliográfico- significado de Tekeli-li. Concedamos a los especialistas tan minuciosa labor mientras nosotros nos lanzamos en brazos del ensueño y del horror. Para nosotros Tekeli-li quiere decir la otra orilla del lenguaje, esto es, el fondo no-verbal, al magma ilógico sobre el que se alza la inteligencia y su memoria. Nu-Nu murmura Tekeli-li en medio de sueños delirantes, mientras la barcaza de Pym y sus compañeros avanza por aguas que van aumentando de temperatura, por aguas lechosas y repulsivas (placenta donde nada acaba de nacer ni de morir). El Tekeli-li nombrado es el Tekeli-li imposible de comunicar; su función no es la de alertar o anunciar algo. No es el menasaje de una entidad divina y vengativa. Es quizá el resto –el vestigio- de un logos inmolado, en la espera de ver surgir el canto de las aguas. Tekeli-li es todo lo que se puede comunicar de lo que no se puede comunicar. Pero no es una comunicación, sin más; es, al fin, una lengua sin hombres.

Julio Monteverde: ESTA REVOLUCIÓN NO TIENE ROSTRO

Wu Ming es el nombre del colectivo de activistas italianos que se define a sí mismo como ‘laboratorio de diseño literario que trabaja con distintos medios en distintos proyectos'. Descendientes del movimiento agrupado en torno a la personalidad abierta Luther Blissett, son autores de los conocidos libros Q (1) (editado aún bajo el citado nombre colectivo) y más recientemente 54 (2) firmado ya bajo el nombre Wu Ming.

Antonío Ramírez: REGRESO AL SUBTERRÁNEO, O EL EROTISMO RECONQUISTADO

Erotismo: fastuoso ceremonial en un subterráneo.
GRUPO SURREALISTA DE PARÍS
 
La sociedad impuesta desde el capitalismo ha ido expoliando todo impulso libre propio del ser humano. Pero a diferencia de otros regímenes anteriores no ha prohibido o reprimido simplemente lo que tiende a negarlo: a través de un proceso, propio de la dinámica mercantil, simplemente lo neutraliza llevándolo a su terreno.

José Manuel Rojo: LA GUERRA DE LAS ILUSIONES

Tengan razón o no algunos fatalistas nada exagerados que, como la Encyclopedie des Nuisances consideran que poco falta para que se cierre el ciclo revolucionario por la sencilla razón de que el capitalismo tecnoindustrial se ha entregado a una ‘empresa de desolación planificada cuyo programa explícito es la producción de un mundo inaprovechable' (Discurso preliminar, EdN nº1), lo cierto es que nuestro tiempo parece languidecer bajo el signo de la protesta en vez de la revoluci&oac

Distribuir contenido