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Íntima intemperie

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El casco antiguo de la ciudad de Zaragoza está nítidamente delimitado en el plano. Las calles “Coso”,”Echegaray y Caballero” y “César Augusto” ( por donde discurría la muralla romana -de la que aún hoy se evidencian vestigios-) hacen el efecto de isla originaria o de placa continental que se moviese paralelamente al curso del río Ebro, al que está pegada, pareciendo a él enganchada ( el río como sirga ), deviniendo a una velocidad infinitamente menor a la de la corriente del agua pero con la misma fatalidad; velocidad imperceptible pero intuida en las particularidades morfológicas mostradas en el plano. En dirección al mar ( al este ), el casco viejo parece ejercer la presión de su aquí supuesto movimiento al barrio de “La Magdalena” y al inmediatamente contiguo parque “Bruil”. Al mismo tiempo, en el oeste, el susodicho desplazamiento sugiere una estela o rastro que forma el barrio de San Pablo    ( popularmente llamado “ El Gancho “, ejerciendo de tal con el barrio de “ La Almozara “ _ barrio céntrico y periférico a la vez _ del que tira ). Es significativo, en este aspecto, que la ciudad no se haya extendido sino muy poco en torno a su eje fluvial ( oeste-este ), comparativamente a su gran extensión norte-sur, y como rehuyendo la fatalidad, aun de forma ilusoria pues, siguiendo lo dicho, toda la ciudad acabará arrastrada a su destrucción acompañando al río hacia el mar como en amor trágico. La entropía se ve apremiada aquí por la acción intempestiva del cierzo.
 
Las comisuras desgarradas de la ciudad... pienso en la risa-mueca-herida de Lautréamont transportada al urbanismo de una ciudad concreta, Zaragoza en este caso, donde el proyecto de exposición mundial ( con el tema del agua ) se asentaría en la sonrisa de un meandro del Ebro que imagino _ por la acción tirante del delta _ convertido en mueca.
 
No hay ciudad sin mar, pues aun en las del interior ( como es el caso del ejemplo aludido ) no deja este de estar presente en ciertas ubicaciones donde la sensación de contigüidad con el fin del mundo nos hace presentir el influjo del mar, y quizá la lejanía física de la costa aumente el grado de su presencia emocional en base al poder acumulativo de la distancia como resonancia, además de tenerse que salvar el mayor kilometraje estirándose el hilo de lo sensible a niveles máximos de elasticidad y tensión.
 
Redondeemos la ceja. La ciudad no existe; apenas un engranaje de latidos; tiovivo de pulsos. La ciudad bebe de sus márgenes lontananzas de olvidos renovados. Las paredes dispuestas a la resolución, a la disposición del corazón. Urbanismo nervioso: sumidero de perspectivas, arrecifes de chaflán. Callejeando los coletazos de la ciudad, aún. El flujo de la ausencia creciente con la exacta holgura de lo perdido, cuya sombra circundante enmarca la desolación. Condenarse en esta celebración de la carencia conquistada como complexión, espacio respiratorio. La carencia como una suerte de sublime posesión es adquisición, abertura hacia las posibilidades, reinventadas necesidades, deseo.
 
Ante el plano impreso de una ciudad nos vemos vaciar, verter nuestra suerte en su trama, cuya forma general a vista de pájaro ( silueta, fisonomía de conjunto ) no deja de ser una mancha informe, una monstruosidad lactante que reclama de nosotros la euforia trágica de una militante pompeyanía cotidiana, de una minuciosa artesanía de la fatalidad. Aquí la entropía nos daría la medida de nuestra presencia como paciencia, complementando al otro polo de la presencia: el de nuestra agencia integrada a la actividad utópica; pues no hay esperanza sino paciencia y agencia unísonas.
 
Concretamente, un sentimiento de íntima intemperie es lugar y momento donde y cuando el reconocimiento de lo inédito propio y común, exponiéndose la identidad, de manera sacrificial, a los acechos en el imperio de las semejanzas. En tales disposiciones ( las de la semejanza ) lo varado cede en beneficio del movimiento. Somos el movimiento, más que estar en él. Semejarse al pensamiento es el conocimiento. Tiempo de lo poético; estancia de lo esencial. Sopla un ateísmo ontológico en el tal baldío a rebosar. Estar siendo y siendo estando. La estancia en la esencia y la esencia en la estancia. Tales esencias y estancias, más que sentidas, presentidas, es decir, manifestadas como contigüidades al infinito. La negación del establecimiento solo se puede presentir, ubicar a lo sumo como contigüidad, evidenciándose por tanto la naturaleza intrínsicamente paralela o/y simultánea del concepto de semejanza; pues no es en la nulidad y totalitarismo de la equivalencia, sino desde el reconocimiento en lo extraño que se da en la semejanza cuando las proyecciones intiman en la desolación tabicada de espejos en simétrico reflejo dialéctico, amatorio. Es el carácter de las correspondencias, el de los oscuros modos, el de las sinestésicas convergencias. Justo lo contrario a la pretendida homologación sinfónica de la vida, es la excepcionalidad de la vivencia-acontecimiento que lejos de confirmar ( y contrariamente al dicho ) niega la regla en calidad de desafinado. No afinando, sino dejándolos así estar, tales eventos como irresolubles enclaves entre los que trazar las líneas de nuestras manos, con sus diez dedos que , todavía en la madriguera de los bolsillos, piden ser chasqueados; y en todo caso, conjuntamente a la distancia como resonancia reclamada por las discretas directrices que son las negaciones afirmantes de las que hablamos, las pequeñas advenedizas arquetípicas, en fin, las radicalidades, las esencialidades que, tan remitentes de lo absoluto, solo pueden presentarse modestamente, aquí y allá, por entre el baldío o el insignificante abigarramiento existencial, condensándose pues, sin otra garantía aparente que la de lo efímero, aunque con el paso del tiempo persistan como misteriosos recuerdos (dos veces cuerdos ), como enclaves de nuestra existencia. ¿Qué significan estos fósiles?. ¿Hemos de intentar su desvelamiento?. ¿Hasta que punto es esto posible?. Son estos puntos emergentes desde donde aflora el hilo interminable de la memoria evocativa, siendo su situación en el pensamiento la de enclave estratégico de convocatoria. Pero son, más bien, las evocaciones que quedan en una, digamos, abstracción relativa, las de las íntimas intemperies, susceptibles de ser concretadas, sin por ello abolir (como es lógico) el misterio general que las mueve y que productor será de otras nuevas y viejas manifestaciones que no dejarán de atisbarse como portadoras de lo que muy especial ( y aún herméticamente ) nos concierne.
 
En la sensación que de contigüidad al infinito nos dan ciertos lugares, se nos plantea la posibilidad concreta de un conocimiento esencial sobre nosotros mismos a partir de lo que en común tienen estos emplazamientos que como nuestros hogares clandestinos y ubicaciones de ubicuidad nos vemos reconocer. Hablo de estos lugares, también, como ámbito del reconocimiento novedoso de lo ya visto nunca, topografías de la utopía etc...
 
En mi ciudad el edificio “ Kasán “ ( por lo demás una horrible colmena ) puntualmente se llega a resolver para mí (y no sé por qué tipo de geometría emocional ), tras un leve vistazo y con la impresión de la exactitud, en el rostro amado_ como la verdad es úlcera en la voraz simetría abismal grito sin fondo de tu rostro ininterrumpido_. A su vez ( y siguiendo la misma y persistente evocación ) el rostro amado se sitúa en las mismas coordenadas que un agujero de pipa, y luego de un saxofón que recuerdo perteneciente a un payaso de escayola en cuya trompa introducía yo el dedo índice, en mi primera infancia, pensando así activar cierta magia, que se concretaba en un baile frenético en brazos de mi padre, quién me volteaba, ( pipa y saxofón vistos desde arriba, como pozos sin fondo ). También en mi infancia, después de bañarme, salía a merendar a la terraza del piso en que vivía entonces y solía fijar la vista en las puertas correderas ( donde acababan las vías ) de un depósito-cementerio de máquinas y vagones de trenes en desuso; el dibujo de estas puertas debía ser de señalización ferroviaria ( como un zigzag negro sobre fondo amarillo ) el cual veía yo coincidir con el formado en las yemas de mis dedos ( arrugadas tras el baño ), las cuales aplicaba yo, en la distancia, con el dibujo de las puertas, evocando una apertura producida por la coincidencia digital.
 
Fermentaciones y destilaciones, licores de las biografías desplazadas, desencajadas ( de otra manera resultarían abstemia de esencias ) que vienen, no a horadar sino a enmarcar el corazón, a zumbar como enjambre en torno. Los ciudadanos instalando sus corazones como señales de circulación. En el rodeo de todo, pues, la vivencia en el contorno, recortándose en el desprendimiento del entorno abismado, ya sin apoyos: la silueta del silencio que se engulle a sí mismo ( el silencio en toda su gama ); la explosión agarrotada por la que pasear; en el hombro el loro de lo posible copilota la soledad ( soledad: edad del sol ) de estas rampas desguazadas, de estos arrabales del latido, de estas escuelas de la desaparición. Trazando la vida al vuelo, clavada a sus itinerarios en el barroquismo de la sangre alzada sobre el plano de la memoria. Las pestañas erizadas, los ojos disueltos en melancolor. Enjambrando el cine desbordado de los espejos ( derretido el marco, así desparramado sobre la ausencia, superponiéndose _ momentánea aunque infinitamente _ sobre el reflejo de la desolación ).
 
Todo aquel paraje del cementerio de trenes ha sido desbaratado por la irrupción del tren de alta velocidad, la nueva estación y demás infraestructuras que desvencijaron el lugar de par en par, despojándolo de todo límite, de todo contorno, planificando así, ejemplarmente, la colonización y destierro de la íntima intemperie por el asentamiento de la intempestiva intimidación.
 
Quisiera entender el tipo de experiencias de las que hablaba ( de las que todos podríamos evocar algunas semejantes ) no en el sentido escapista respecto a una realidad ( la imperante ) que frustra sus expectativas, sino como piedra de toque frente a lo que las imposibilita, evidenciándose así, la sistemática inoportunidad organizada sobre nuestras vidas que echa tierra sobre la profundidad del instante, al cual teme ( por desnivel abierto que es ) como insospechada e inédita vindicación, inusual justicia sin fondo siempre a punto de rebosar. Reivindico aquí cierto estado de ánimo que ello tiene por efecto y sus persistencia como práctica vital.
 
Ciertamente no adolece esto de desarraigo, de falta de tradición, pues desde los recovecos de la novela gótica, los grabados de Piranesi, el enigma Chirico, la experimentación surrealista, deriva situacionista, etc..., se viene reflexionando sobre el lugar del instante ( cronotopía ) y sus relaciones coyunturales, que son en nuestra época las del enfrentamiento con los tiempos de la actualidad y sus totalizantes espacios que actúan dentro del plan general por el establecimiento del puro tránsito sin etapas: solo el cronometraje de un progresivo distanciamiento, de una consecutiva y seriada abdicación; relleno para el vaciado de la presencia; entretenimiento aplicado; sonrisa por inyección; fabricación y conserva de ausentes al vacío, mantenimiento en la expectación; “permanezcan a la espera” se dice, y así encallados en lo ilusorio de toda esperanza. Por contrapartida, una energía desilusionante, desesperada y metódica, que desde la semejanza emocional en la intimidad de todas las cosas toma conciencia en la experiencia instantáneo-horizontal ( vértigo rasante ) de la certeza en su principio activo: la verdad en su principio de disolución, resuelta así, irresolublemente en cada conjunción de fuerzas simétrico-perceptivas, como concreciones puntuales dentro de la dinámica desiderativo-reflectante; como cristalizaciones frontales en rastro de añicos       ( los de nuestro encontronazo ).
 
Así un ateísmo ontológico deviene del sentimiento poético de la realidad como infinito politeísmo. Aquí la ponderación de la presencia y ausencia ( puntuales y concretas ) como eje vital; proyectado el compás de luz y sombra; simetría ejecutada en sus bisagras dialécticas. Entre el colmo y la carencia... la posibilidad: nuestra soberanía, nuestra precariedad.
 
Publicado originalmente en la revista Salamandra 15-16

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