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Carta sobre las malas previsiones del tiempo: Por un discurso del deseo ante el advenimiento del colapso industrial

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Todos los que aspiramos a organizar la sociedad  de una forma que permita una vida más plena tenemos pendiente una discusión y un reto estratégico que podríamos perfilar de la siguiente forma:

a) Nos encontramos en el umbral histórico de un cambio en las condiciones materiales tan enorme que inutilizará todo utillaje teórico cuya renovación no sea capaz de operar en el nuevo escenario.

b) Existe un vacío peligrosísimo en los intentos de dar una respuesta emancipatoria a este escenario, pues desde nuestras coordenadas, que podríamos llamar, simplificando, del deseo como motivación revolucionaria[i],  se ha descuidado mucho el tema, mientras que el monopolio de las respuestas viene ejerciéndose desde  las posiciones de la neosupervivencia (específicamente desde corrientes antiindustriales, aunque no sólo ellos). Y siendo honestos, como nosotros consideramos las coordenadas de la revolución del deseo, al menos en nuestro contexto, las únicas auténticamente emancipatorias, no podemos dejar que los antiindustriales se lleven el gato del imaginario revolucionario futuro y su experimentación al agua. En otras palabras, dejar pasar esta reflexión supone dar por correcta la tesis de Jean-Marc Mandosio cuando afirma que el ciclo revolucionario, tal y como lo entendemos, está históricamente clausurado de forma irreversible.

c) Relacionado lo anterior, en tanto que la teoría crítica  y la emancipación no son un pasatiempo intelectual sino un juego muy serio,  nos va la vida en ello (quizá, y esto es lo terrible, puede que no sólo alegóricamente).

Estamos entonces ante el desafío de medir, nada menos, que  nuestra viabilidad histórica. A continuación se exponen algunas líneas de reflexión a profundizar colectivamente:

Rediagnóstico del capitalismo (tendencias del proceso)

Los proyectos políticos y sus corrientes teóricas/prácticas no flotan autosuficientes, vienen configurados por las condiciones materiales de posibilidad de cada época. El proyecto político manejado por el surrealismo o la IS (la subversión total, la revolución de la vida) fue posible como un todavía-no blochiano en un contexto en el que las condiciones materiales permitían pensar factible y universalizable tanto la abundancia (prerrequisito para superar la supervivencia mercantil en el comunismo) como el acceso a la vía histórica (prerrequisito para superar el Estado en la hiperpolítica de los consejos obreros). El cambio en las condiciones materiales transforma de manera pareja las condiciones de posibilidad de cada momento histórico. Lo primero que debemos percibir es que, a pesar de que bajo el espectáculo casi nadie podamos saber nada de ninguna cosa, aún poseemos un uso de la  inteligencia suficiente  para sospechar que  se está gestando una enorme mutación en las condiciones materiales implícitas en el capitalismo actual. Este cambio está señalado desde muchos frentes: el tan cacareado calentamiento global, preñado de un sinnúmero de supuestos desastres naturales (supuestos pues todos los desastres naturales poseen una causalidad social  innegable); el desarrollo de las tecnologías informáticas, que sirve de plataforma para procesos tan dispares como la también muy manida economía casino o, según las tesis de moda (profundamente discutibles) de  Negri y Hardt, para crear las bases del comunismo y la democracia directa a través de las prácticas laborales altamente cooperativas implicadas en la explotación del trabajo inmaterial; los fenómenos de la nocividad estudiados por la Encyclopédie des Nuisances como el retorno en forma de polución de una realidad acumulativa ajena a lo útil, el ecocidio y la destrucción/manipulación peligrosa de la biodiversidad, visible no sólo en los ecosistemas sino también en la degradación de  nuestra propia reserva genética (infertilidad progresiva)… son múltiples las señales de cambio, interpretadas con alarma o con optimismo según distintas perspectivas.

Prestemos atención, por ejemplo, a una sola variable de este cambio en las condiciones materiales: la cuestión energética (cenit del petróleo) y, específicamente, una de sus implicaciones (la producción industrial de alimentos) pues  la cuestión energética abarca muchos campos (descenso de la capacidad de abastecimiento eléctrico, carestía de materia prima para plásticos, hundimiento del sistema internacional de transportes, tensiones sociales consecuentes, tanto a nivel interno de cada Estado como geopolíticamente[ii]). Lo importante de la cuestión energética es que trastoca lo que podría denominarse plazos del diagnostico: superficialmente es una idea casi popular que el capitalismo se autodestruirá a largo plazo, pero profundizar en lo que está pasando significa descubrir que los largos plazos se vuelven fechas concretas a la vuelta de la esquina. Aunque puede sonar a milenarismo barato o a algo increíble (en la acepción más sencilla de la palabra: no creer), el sistema industrial (más allá de la polémica sobre su nocividad intrínseca o neutralidad de la máquina) se encuentra en un callejón sin salida que le hace tener los días contados. Cuando decimos los días contados nos referimos a un arco temporal del tipo cualquier persona viva con menos de 50 años va a participar, al menos, en las fases iníciales del colapso. Y un colapso no revolucionario sino producido por lo incontrolado de sus propias dinámicas traerá irremediablemente un escenario de naufragio social terrible, aunque algunos grupos logren construir alguna balsa comunitaria de supervivencia. Subyacente a este mal augurio encontramos el cenit de producción de petróleo, que es una de las claves de nuestro tiempo. El desconocimiento y el silencio que existe a su alrededor prueban dos cosas: por un lado su tremenda importancia. Se trata del tema  central  que se maneja las agencias de inteligencia de los principales estados del mundo y la transparencia al respecto podría ser políticamente peligrosa. Por otro lado la impotencia del capitalismo para pensarse a si mismo, provocada por la creciente especialización y fragmentación del trabajo.

Hasta un punto que no llegamos a comprender, todas las posibilidades de la vida social moderna-industrial (incluidos sus intentos de liberación) son dependientes de una alta disponibilidad energética, históricamente posibilitada por la burbuja de combustibles fósiles de nuestro planeta. El modelo industrial históricamente triunfante hasta hacerse hegemónico en el conjunto del planeta es un modelo basado específicamente en el petróleo, que ha permitido una red de transportes internacional muy eficiente y, más importante, una altísima productividad agrícola, capaz de sustentar y concentrar en ciudades volúmenes de población inmensos[iii]. Ahora una perogrullada: cuando esta burbuja termine,  cuando se agote el petróleo, todo el andamiaje que ha sido posible gracias a él se desplomará a no ser que una nueva fuente de alta disponibilidad energética la sustituya. Añadir a este cuello de botella un poco obvio cuatro cosas no tan obvias: 1) la alternativa de alta disponibilidad energética al petróleo no existe[iv] 2) con un modelo capitalista que necesita estructuralmente el crecimiento, los problemas comenzarán no con el agotamiento, sino con el declive 3) el declive mundial (cenit del petróleo) está previsto, según predicciones geológicas que se han demostrado fiables localmente, para el arco temporal 2010-2026, según se escuche a las corrientes geológicas pesimistas u optimistas y 4) con ausencia de combustibles fósiles se ha calculado[v] que el equilibrio demográfico en el  mundo podría reajustarse alrededor de los 1500-2000 millones de personas. Echemos las cuentas para ver cuántos sobramos[vi]

En resumen, es muy probable que el cenit del petróleo sea el punto de implosión del capitalismo (imposibilidad física de crecimiento económico) y, si no lo impedimos a través de un aterrizaje planificado, que sólo puede darse revolucionariamente, será el punto de colapso del sistema industrial. Y esto no debería celebrarse en abstracto,  ni siquiera por los más acérrimos defensores del antiindustrialismo, en tanto que hayan llegado al antiindustrialismo por la vía de la crítica a la vida alienada. Aunque el mundo industrial sea en sí mismo alienante, el derrumbe  del mundo industrial (es decir, no revolucionario) no tiene porque suponer ninguna esperanza de desalienación; conllevará seguramente, tras un periodo de reajuste traumático y cruel, comparable a la época dorada de los terrores industriales, la reformulación de un nuevo tipo de alienación.

Aquellos que tentamos la poesía como práctica social unificada, y por ello nos reclamamos revolucionarios, no podemos mantener  diagnósticos desfasados sobre lo social ni tampoco acomodarnos en una especie de síndrome de Casandra que se contente con anunciar al mundo la inminencia del desastre regodeándose en la incomprensión que suscita. Aunque tengamos la lucidez, esta no sirve de nada si no conseguimos sacarle utilidad: evidentemente, evitar el colapso irreversiblemente traumático del mundo industrial será contra el ciclo del valor o no será. Pero no basta con percibir. La inminente reconfiguración material del mundo debe suponernos un reto vivencial, teórico y político de primera magnitud. Y quizá más a nosotros que a nadie, pues somos nosotros quienes aspiramos no sólo a “emanciparnos de las bases materiales de la verdad invertida” sino también a organizar lo social alrededor de las más altas experiencias humanas concebibles: el deseo, el juego, el sueño, el amor, la fantasía, la poesía, lo maravilloso y, quizá, las pasiones  nuevas que aún estén por experimentar. Sirviéndonos de la manida pero vigente fórmula vaneigemniana, el partido de la vida no puede entregar al partido de la supervivencia (aunque se diga revolucionario) la reflexión y la práctica  actualizada, es decir, la reflexión y la práctica a la altura de los problemas de la época, o no al menos sin presentar a combate una alternativa revolucionaria real (y sonará pretencioso, pero no nos queda más remedio que rechazar –negar su carga revolucionaria- por insuficiente o equívoco todo aquel programa político que no tenga como centro de gravedad la transformación de la vida cotidiana en algo pasionalmente superior). Por ello otra tarea urgente de la teoría crítica es confeccionar una respuesta potente a las propuestas políticas de la neosupervivencia.

Trituración crítica de la neosupervivencia

De antemano, debe reconocerse a los círculos antiindustriales aportaciones importantes a la lucha contra la alienación humana, especialmente en  tres líneas: la capacidad de mirar a los ojos a uno de los problemas objetivos de nuestra época a través de los sucesivos velos del espectáculo, la denuncia de la visión simplista e ingenua que desde la teoría crítica se ha tenido al respecto de  la tecnología (ciertamente, capaz de generar sus propias dinámicas, y el intento de poner en práctica algún tipo de solución vivencial antiindustrial, bien de forma individual ermitaña bien de manera comunitaria.

Asumiendo esas contribuciones, consideramos que algunos de los puntos por los que debemos desmontar los argumentos de la neosupervivencia son los que siguen:

1) Sin querer entrar en una olimpiada de erudición historiográfica, el revisionismo histórico medievalista manejado por los antiindustriales, por ejemplo de Los amigos de Ludd, es profundamente rebatible en muchas de sus afirmaciones. Que el campesinado tenga algo que ver con la libertad es algo que ha sido desmentido con rotundidad; del mismo modo es difícil congelar el Medievo, hacer de él un escenario estático, segregarlo de su propio proceso interno de complejización creciente: porque no podemos olvidar que los lodos industriales vienen de los polvos medievales (históricamente nunca se producen hiatos absolutos). Decir, no obstante, que esta mirada al pasado no tiene por qué ser del todo carente de valor, en tanto que mirada que busca opciones de combate y supervivencia al desastre industrial. Pero sólo una cosmovisión ideológica rancia podría reducirse a esta mirada hacia atrás en base a una oposición dicotómica y maniquea mundo industrial/preindustrial. Un proyecto social postindustrial (en un sentido emancipador) no debe buscar inspiración sólo en las supuestas antípodas del mundo industrial (su pasado) sino también, y quizá sobretodo, en sus márgenes contemporáneos, sus defectos, sus anomalías, sus excepciones, sus capas finas. Al igual que Los amigos de Ludd rescatan de la Edad Media prácticas e ideas  válidas prescindiendo del ropaje ideológico-teológico medieval y las relaciones de poder feudal que las envolvían, puede ser muy interesante aprender algunas lecciones de las experiencias técnicas y prácticas  de Cuba y Corea del Norte, más allá de nuestro desprecio por la clase burocrática que las gobierna y el modelo industrial que sigue vigente  allí en forma de espectáculo concentrado. Al fin y al cabo, a estas alturas de urbanización, el parecido de familia del escenario de crisis de la mayoría de las personas del mundo será mucho más próximo a Pyongyang que a  la Sierra del Cabo de Gata.

2) Mientras que la teoría crítica tradicional ha sido benevolente con la máquina, la crítica antiindustrial ha puesto su acento en la alienación intrínseca de la tecnología como fuerza social. Denunció por ejemplo Kaczynski, con su idea del colapso del proceso de poder, que  la progresiva mecanización de la actividad humana en la civilización tecnoindustrial está banalizando esta actividad hasta volverla psicológicamente nociva. Desde nuestra perspectiva Kaczynski apunta a un problema real, pero desde un ángulo muy escorado. Resulta  evidente que  este modo de organizar lo social degrada el movimiento de intencionalidad, la propia estructura de la vida como apertura a lo externo. La sociedad del espectáculo, como pasividad instaurada, es también una abulia social. Por ello, en una primera capa, nuestra revuelta es una revuelta por y de la intensidad, una revuelta de la vida humana, en su acepción radical y primera, contra su vegetalización. Pero frente a lo defendido por Kaczynski, esta degradación de la vida-voluntad no tiene su origen en la sustracción de competencias humanas por parte de la técnica, al menos no sólo en esta sustracción. El análisis se queda cojo sin incluir la supeditación de la vida social (incluida la tecnología) al ciclo mercantil. Así podríamos decir que en el debate entre tecnófobos y críticos de la mercancía ambos llevan razón y ambos se equivocan. Del mismo modo que los antiindustriales han señalado, con acierto, que la técnica genera sus propias dinámicas sociales incontrolables, dejando en evidencia la inocencia peligrosa que el movimiento obrero ha tenido defendiendo la neutralidad de la máquina, no deja de ser cierto que la máquina y la técnica están atravesadas por la distorsión de la acumulación capitalista incontrolada cuya génesis es la forma mercancía. Desviando la célebre tesis situacionista: los antiindustriales quieren suprimir la técnica sin realizarla mientras que el movimiento obrero clásico ha procurado realizar la técnica sin suprimirla. Ambos pueden entenderse como aspectos inseparables del proyecto revolucionario de superación de la técnica, en tanto que instrumento social producido por la sociedad capitalista y retroalimentador de la misma.

3) Que se admita que en un campo de concentración resulta difícil soñar es distinto a decir que resulta inoportuno o, peor aún, que resulta contraproducente. Tener la inteligencia para aceptar las limitaciones del mundo no implica padecer la tontería de no discutir los límites. Reconocemos la necesidad ecológica y emancipadora de frenar el descarrilamiento de la economía escindida y todo el andamiaje industrial inútil que su escisión está generando, pero no por ello estamos dispuestos a renunciar al fundamento mismo de la vida, que siempre ha sido un encaminamiento, un deseo, un ir más allá. La principal línea de fisura que debemos combatir de los planteamientos antiindustriales es su formulación valorativa, paradójicamente no tan distinta a las primeras ideologías industriales: la humanización por el trabajo, el rechazo a lo sobreabundante, al exceso, a lo  placentero, al lujo (todo esto entendido no en su escuálida forma espectacular, sino como experiencias quizá más humildes –jugar con un niño es un lujo- pero mucho más hondas). Ellos no sólo reconocen y revalúan la nueva alienación necesaria (hasta este punto podemos llegar a un acuerdo); ellos la celebran (aquí nuestro antagonismo más irreducible)[vii]: Frente a este tipo de planteamientos afirmamos tajantemente que el amor, el deseo, el juego, la poesía… es aquello por lo que merece la pena subsistir en este mundo. Ello debe encaminarnos a una práctica social que, sin poner el mundo que le sirve de soporte en peligro, no evite tampoco su ejercicio (ni bajo la alienación técnica del espectáculo ni bajo la alienación del ascetismo antiindustrial). 

Limpiando nuestro armario

Nuestra propuesta de mantener una valoración del deseo frente a una coyuntura histórica que impondrá crecientemente la necesidad como clima social parece la típica abstracción bienintencionada pero irresoluble. Esta contradicción puede comenzar a resolverse desprendiéndonos nosotros, los portadores del  discurso del deseo, de algunos de nuestros delirios, que, si bien ha podido y pueden jugar un papel estimulante esencial, implicarían en su supuesta realización práctica, innegablemente, el mantenimiento y el refuerzo de la alienación. Sería inteligente abrir un proceso de limpieza de estas ideas en tanto que proyectos a realizar históricamente (no en tanto que juegos imaginarios que tienen todo el valor por si mismos). Nos referimos, por ejemplo, a una idea demasiado sofisticada de la superación del arte. La construcción de situaciones en el sentido que es planteada en los primeros números-años de la I.S, con su complejísima cobertura técnica y su derroche material implícito[viii], debe entrar a formar parte de un catálogo histórico de lo utópico maravilloso, como la alquimia, la  Nova Atlantis de Bacon o los falansterios. Quizá la superación del arte posible, en un futuro, esté más próxima al juego popular que a las concepciones situacionistas.  Seguramente muchas de nuestras proyecciones sobre lo que ha de ser una sociedad liberada tienen que pasar un filtro parecido, una cierta desintoxicación de omnipotencia maquinal-industrial, una lección de humildad.  Con esto queremos decir que el deseo, la vida, el juego y sus ambiciones no son categorías esenciales, son relacionales: están supeditadas a las posibilidades de cada época. Desviando a Eliade, todo acto humano es susceptible de convertirse en maravilloso. Por tanto, en cuanto que el modo de producción industrial contiene verdaderas potencialidades para nuestro proyecto, una vez liberado de la distorsión mercantil, esta liberación de la economía debe seguir siendo el punto de enfoque de nuestra lucha, pero manteniendo una mirada cauta, sospechando que quizá ya se han “podrido los frutos de la economía política”. En el caso de que  así sea, nuestra tarea debe ir encaminada al  desmantelaje reencantado del mundo  industrial.

Notas para una reformulación colectiva del proyecto revolucionario

La reformulación  del proyecto revolucionario tiene, además de las mencionadas, otras muchas tareas pendientes. A continuación dos de ellas, relacionadas en parte con la problemática expuesta:

a) En parte sorprende, en parte no (pues es el pan de cada día del espectáculo), la ignorancia generalizada en nuestros ambientes sobre algunos asuntos, como, y es un ejemplo, el cenit de producción de petróleo. Aterra pensar que otras cuestiones importantes  seguramente se nos escapen de las manos. Consideramos ante esto que nuestra liberación pasa, entre otras prácticas pero irremediablemente, por arrebatar a los especialistas este tipo de conocimientos sobre el estado de las cosas del mundo que, sin nuestra síntesis revolucionaria, en caso de que logren solventar la infracomunicación en el que son producidos, sólo sirven a la gestión de desastres del poder (y por tanto al endurecimiento de la alienación). Creemos por tanto que la teoría crítica debe encargarse, además de sus  cometidos habituales (desenmascaramiento de alienaciones invisibles, ejercicio histórico, debates organizativos etc.), de una especie de trabajo sucio que parece sencillo pero que el espectáculo ha vuelto complicadísimo: la percepción actualizada del mundo, capaz de calibrar las cuestiones urgentes y los verdaderos desafíos. Necesitamos una plataforma de aprendizaje mutuo que nos permita salir de las celdas de nuestros encasillamientos profesionales y también subversivos (situacionistas, surrealistas, anarquistas etc.), una plataforma capaz de poner al servicio de la práctica revolucionaria no sólo ya ideas o deseos de libertad, sino también los datos técnicos que una intervención certera  en la realidad tiene que tener en cuenta.

b) Compartimos con los antiindustriales un error teórico/práctico nefasto: una fetichización del concepto de fetichismo, tan omnipresente en nuestros razonamientos. Aquellos que nos consideramos en la línea de Marx que merece la pena (la que centra su análisis en el fetichismo de la mercancía y el problema de la alienación) siempre hemos pecado de cierta incomprensión respecto a este concepto, que ha generado lo que podríamos llamar una noción de fetichismo dura, extrema, falsa. A saber, la reificación está cerrada, la alienación, como algo establecido, se reproduce a sí misma. De ahí se deriva que sólo algún tipo de externo a la alienación pueda romper el fetichismo (el Partido en el caso de Lukács, que es el más paradigmático). Esta visión debe entenderse como la última vuelta de tuerca que anula la lección más importante del fetichismo: que es un proceso en disputa constante, en renacimiento continuo, una tensión, que no existen categorías ni de pensamiento ni sociales objetivas sino luchas por objetivarlas, que no existe ninguna certeza ni pesimista ni optimista, solo la incertidumbre y un horizonte de combates múltiple en distintas escalas. La enorme capacidad del espectáculo para construir un  real y mostrarlo como lo real provoca que, quien más quien menos, todos poseamos una vivencia espectacular del espectáculo, más opresiva y asfixiante de lo que realmente es. Le damos terreno al enemigo. Esto late debajo de todos esos análisis tan catastrofistas respecto a la acción política que circulan por los ambientes revolucionarios. Uno de los desafíos más importantes que se nos presentan es concebir una teoría y una práctica capaz de dar cuenta que la lucha contra el capital por una vida más apasionante es permanente, constante pero discontinua, contradictoria, inclausurable por definición. Y en este sentido, profundizar en la cuestión de las fuerzas potencialmente resistentes a la alienación, ahondar en el trabajo teórico de las reservas atávicas. Porque de hecho nos rebelamos, fortalecer esta rebeldía que atraviesa la vida cotidiana pasa por responder a la pregunta ¿por qué podemos rebelarnos?

c) Dado el contexto que se avecina, quizá esta vez si resulte acertado distinguir dos ámbitos de acción no necesariamente complementarios: uno revolucionario (en las prácticas y los debates en los que nos hemos manejado habitualmente) y otro comunitario (que afronte con una estrategia la posibilidad de una supervivencia base en los distintos escenarios posibles).

En definitiva, nuestro discurso está ante el desafío de adaptarse. Esta adaptación ha de desarrollarse bajo el signo de lo positivo, de lo afirmativo,  en lo concreto, aunque ello ocurra en los niveles más pequeños de la potencialidad operatoria (no se trata de denunciar el fetichismo sino de desmontarlo vivencialmente; rebautizar cosas o estar atento por la calle para encontrar objetos, ahí es donde tenemos la mayor de nuestras fuerzas). Adaptarse o adoptar un inmovilismo poco inteligente, bien bajo la postura de  aquellos que deciden abandonarse al presente para disfrutar los pocos privilegios de placer que el capitalismo aún es capaz de ofrecer o bien la de aquellos que desertan del partido revolucionario de la vida para unirse al partido de la neosupervivencia. Estos últimos nos llevan años de ventaja y cerrarse a la relación crítico-dialéctica con ellos implicará posiblemente perder el hilo de nuestro tiempo, un tiempo que se avecina amargo. Redes de ayuda mutua, aprendizajes útiles,  prácticas de autoabastecimiento… Hay mucha gente en pequeños grupos ensayando soluciones prácticas a los problemas que vendrán. No es tontería abrir los ojos y aprender un poco, para estar preparados y cuando llegue el momento no limitarnos a mantenernos con vida, sino volver a intentar empujar  la vida hacia al borde de lo posible.

 

[i] Podemos distinguir fundamentalmente tres motivaciones revolucionarias que generan tres posicionamientos subversivos distintos: el problema de la supervivencia, el problema de la vida y el problema de los valores. El problema de la supervivencia  fue planteado por el primer movimiento obrero, que entendía la revolución social como la herramienta para garantizar su reproducción como fuerza de trabajo en una época en la que las relaciones de explotación capitalistas no la garantizaban en absoluto (pan, trabajo, salud, educación…). El problema de la vida, como cuestionamiento de las condiciones completas de existencia ligadas la civilización burguesa mercantil, es distinguible de forma pionera ya  en el romanticismo. Los hijos del romanticismo y las “vanguardias clásicas” (Rimbaud, Dada, el surrealismo histórico) lo heredaron y lo reformularon con un alcance progresivamente más hondo. Finalmente, se hizo práctica de masas en los círculos más indomables del movimiento obrero de los treinta gloriosos, cuando el problema de la supervivencia quedó localmente subsanado en Europa por el welfare, reapareciendo por ello el absurdo y la nocividad de la vida moderna supeditada a la tumoración económica capitalista (liberación y realización del deseo, revolución de la vida cotidiana, superación del arte…). El problema de los valores, como rechazo ético a la desigualdad (valor justicia) y como apelación a la autonomía (valor libertad), puede rastrearse ya en la base de las denominadas religiones incruentas, trasplantándose al mundo moderno tras un proceso de secularización e incorporándose a sus distintas tradiciones. El movimiento obrero la hace suya ya desde los llamados socialistas utópicos, resulta sustento de todo anarquismo y, a pesar de sus pretensiones de cientificidad, articula buena parte de la weltanchauung marxista. Las tres posturas persisten actualmente, con diferentes combinaciones entre sí.

[ii] Sólo una mirada superficial al entramado geopolítico de nuestros días podría servir para un necesario e interesante análisis de cómo las “falsas luchas espectaculares entre formas rivales de poder separado son al mismo tiempo reales en cuanto expresan el desarrollo desigual y conflictivo del sistema” y es, a través de estas luchas intestinas, como la lógica de la mercancía va a desgarrarse a sí misma. Desde los años 70 debe leerse el devenir político internacional en clave de recursos energéticos: el boicot del año 1973, guerras en el Golfo Pérsico (la primera y la segunda), revolución en Irán, Al Qaeda y el proyecto salafista, tensiones en Venezuela, el problema chechenio… comprendiendo la inminencia del cenit de petróleo todo empieza a casar como un puzzle. Por eso la invasión de Irak y las crecientes tensiones con Irán. Estados Unidos no está desangrándose en Bagdad por un exceso de codicia imperialista o una cuestión arbitraria. Con una producción de petróleo propio que a día de hoy está a niveles de los años cuarenta y bajando, Estados Unidos se juega en Oriente Medio su supervivencia como potencia y en última instancia la continuidad de un modo de vida: la sociedad de consumo.

[iii] De una forma más directa: antes de 1910 se obtenía de la agricultura más calorías de las invertidas en la producción (Harris, Antropología Cultural, pág. 122); hoy en EEUU se necesitan 10 Kcal. de energía de combustibles fósiles para producir una Kcal. de alimento (Dale Allen Pfeiffer, Comiendo combustibles fósiles, artículo publicado en From The Wilderness, 2003, traducido al español por Ricardo Jiménez y publicado en www.crisisenergetica.org).

[iv] A este nivel de consumo: las energías renovables están comenzando a alcanzar su límite físico de rendimiento –agotamiento de los campos eólicos de nivel 6 en la Península Ibérica por ejemplo-; el cenit del uranio se alcanzará sobre el año 2060; la fusión nuclear es constantemente aplazada por problemas de ingeniería probablemente irresolubles; el hidrógeno es un vector energético no una fuente de energía. Pero insistimos y es lo importante: a este nivel de consumo.

[v] Dale Allen Pfeiffer, (op. cit.)

[vi] Un último dato: este escenario madmaxiano no es meramente hipotético. Existen ya dos casos históricos de naciones industriales colapsadas por una crisis energética: Cuba y Corea del Norte, colonias del imperio soviético absolutamente dependientes de las exportaciones petrolíferas de la metrópoli. Con la caída del capitalismo de Estado en Moscú y desamparadas por los bloqueos comerciales internacionales, ambas “repúblicas democráticas” padecieron una severa restricción petrolífera en los años 90. En Cuba la crisis alimentaria se saldo con cerca de 7000 muertos por malnutrición según cifras oficiales (y ya sabemos que esto de las cifras oficiales en el espectáculo concentrado es un chiste bastante macabro). Si el caso cubano aterra, el norcoreano sobrepasa: 3.000.000 de muertos por malnutrición entre los años 93 y 95. Véase “Aprendiendo la lección de la experiencia; las crisis agrícolas en Corea del Norte y Cuba” de Dale Allen Pfeiffer, publicado en el número del 2003 de From the Wilderness y traducido por Pedro A. Prieto parawww.crisisenergetica.org

[vii] Siguiendo con Kaczynski. Él opera con una noción esencialista de ser humano que, combinado con sus coordenadas regidas por el principio de escasez, lo define como homo agricolae, ligado constitutivamente a la sentencia postedénica del “ganarás el pan con el sudor de tu frente”: la satisfacción de necesidades mediante el esfuerzo del trabajo es lo que nos hace hombres. De aquí su apología del campo de las necesidades primarias maslowianas (alimentación, seguridad, cobijo), y su desprecio a lo que llama necesidades secundarias, que resultarían deshumanizantes y socialmente desestabilizadoras. En resumen, el proyecto de Unabomber  parece no ser  más que una mezcla de calvinismo secularizado y la  tenebrosa campesinización de los Jemeres Rojos, forzada esta vez no por el partido sino por la vanguardia descentralizada.

[viii] Helicópteros y explosiones al servicio de la situación construida, laberintos, las maquetas de Constant, “el universo en un saco para los consejos obreros”.  No sólo durante la primera etapa de la I.S se alentó un proyecto político cimentado en una especie de cornucopia técnica, sino que esto fue definitorio de los situacionistas hasta las tesis de disolución, donde por primera vez consideraron la cuestión ecológica.