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Miserias de la rebeldía

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El pasado día 17  de Octubre en el CSO La Gotera de Leganés tuvieron lugar un conjunto de agresiones contra compañeros que trataron de impedir la censura y el robo del libro La traición de la hoz y el martillo, agresiones  por parte de un grupo de antifascistas que, a través del chantaje a la asamblea de las jornadas, ya habían conseguido anular la presentación del libro.

 Los hechos son absolutamente repudiables y carentes de cualquier tipo justificación. No hay coartada posible ni manera de amparar una actitud por un lado tan  mafiosa y autoritaria y por otro lado tan absolutamente burda e inútil en el peor sentido de la palabra. Sabemos que los residuos de los diversos estalinismos todavía merodean  por los bajos fondos de la política pretendidamente revolucionaria, pero carece de importancia conocer  si esta ha sido su penúltima maniobra de “choque y pesca” porque hace muchos años que la historia ha puesto a cada uno en su sitio. Sabemos que el antifascismo no es precisamente una coordenada política desde la que se pueda hilar muy fino, que es especialmente susceptible a la ideologización integrista y estética  más deformada y que cualquier cosa (como un libro no muy bueno sobre la caricatura anarquista del marxismo que no dice nada nuevo), en su hipersensible tosquedad,  puede sonar  a provocación a la que se responde, por una razón de hábitos, de un modo brutal y pandillesco; pero no por previsible se trata de algo trivial, sino del síntoma de un grave problema que se está convirtiendo en un verdadero tabú: la progresiva especialización en la violencia que en nuestros ambientes protagoniza (con excepciones, por supuesto) cierta gente políticamente poco fiable. 

Al tiempo que infames, los sucesos de Leganés se presentan como tristemente reveladores. Si algo podía rescatarse de ese texto intoxicado que acusaba la (probablemente insuficiente) reacción ante lo sucedido  de revuelo sensacionalista, es que no puede analizarse lo sucedido atendiendo sólo al instante de la agresión, pues esta sólo ha supuesto la punta de un iceberg de miserias que lleva años acumulando agravios. La incapacidad general de los movimientos autoproclamados revolucionarios para intervenir de manera efectiva en la realidad, nuestro desprendimiento respecto a la historia real, nuestro enclaustramiento en unos ámbitos autorreferenciales y, en definitiva,  nuestra impotencia colectiva, que lleva décadas engordando, multiplican exponencialmente las distorsiones ideológicas, los conflictos personales disfrazados de enfrentamientos políticos,  las bajezas morales y los prejuicios mutuos. El síndrome del combate contra el enemigo interno, ficticio o real, aflora como mecanismo de canalización de unas energías que no pueden ser desgastadas contra el enemigo real porque las propias fuerzas son insignificantes.   Y esto, por supuesto, no es una cuestión de bandos. Con honrosas excepciones, el mundo libertario tampoco tiene mucho de lo que presumir.

Sabemos que ni las derrotas históricas son voluntariamente reversibles ni los contextos de peligro histórico aseguran,  por sí solos, una convivencia  revolucionaria que sea, tácticamente rentable para todos y, a la vez,  honesta. Si no intentamos trazar unas bases de mínimos que organicen la cooperación entre aquellos susceptibles de cooperar, aunque sea puntualmente, arrastraremos nuestros tics en el momento en el que se abra el conflicto social, que se abrirá más pronto que tarde, malogrando las posibilidades del cambio en luchas intestinas, las cuales no serán fruto de discrepancias sobre la situación del presente que vaya a darse, sino enroques ideológicos arrastrados del pasado. Algo se podrá hacer para sentar esos mínimos. Aunque esto es tema de una reflexión y un debate más amplios.

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