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1982. Septiembre. Fortaleza de Belixe. Algarve. Portugal.
 
Merodeo al pie del acantilado coronado por esta construcción antiguamente militar. Junto al agua, me entretengo mirando alrededor, hasta fijar la vista en un grupo de gaviotas entregadas a la pesca de su presa. Me siento fascinado por el ejercicio de precisión de estas aves, que consiste en lanzarse en picado sobre la superficie del agua en busca de su comida. Perfecto movimiento de verticalidad.
 
Deseo conservar el recuerdo fotográfico de ese instante y me dedico a tomar unas diapositivas.
 
Quince días después, aproximadamente. Madrid.
 
Organizo para algunos amigos una proyección de diapositivas con las estampas de la ruta recorrida durante el viaje. Al llegar a las que debían mostrarme a las gaviotas, experimento cierto desconcierto -y también desilusión- al comprobar que no hay ninguna que haya recogido a las aves en el momento en que se precipitaban sobre el océano. Sin duda, mi deficiente conocimiento de la técnica fotográfica fue la causa. Sin embargo, una de las personas allí reunidas, una gran amiga mía, me hace notar, labrada sobre la pared del acantilado situado frente a mí, y justamente detrás de donde volaban los pájaros, la presencia de una letra, la letra H.
 
1982. Diciembre. Madrid.
 
Paseo por la calle Mayor en compañía de unos amigos. Cruzo por delante de una tienda de juguetes y veo, a través de su escaparate, un castillo azul construido en lo que parece papel cartón. Me gusta y me apresuro a entrar en el establecimiento para saber su precio, pero la puerta está cerrada. Llamo repetidas veces para que alguien la abra y me atienda. Un dependiente de mediana edad se acerca, aunque sólo para advertirme de que ya está cerrado. No deja de extrañarme: sobre el cristal, el típico cartel con la doble leyenda Abierto-Cerrado indica, sin margen de error, Abierto.Abandono el lugar y me incorporo al grupo de amigos.
 
1983. 5 de Enero. Almería.
 
Junto a mi compañera de viaje, Conchi Benito, (1) camino por una de las principales avenidas de esta ciudad, en la que se han instalado, sobre una de sus aceras, toda una serie de esos puestos ambulantes que contribuyen a formar un mercadillo. En uno de ellos advierto una pequeña caja rectangular, hecha en papel-cartulina, una de cuyas caras está completamente ocupada por un dibujo que informa de su contenido: la carroza de Cenicienta. Me cautiva y la adquiero.
 
1983. Enero. Madrid.
 
Unos días después de regresar del viaje a Almería. Desde hace un tiempo persiste en mí el deseo de adquirir una rana de juguete. He visitado establecimientos en los que creía poder encontrar una pero no me ha sido posible, bien porque no tenían o porque las que tenían no eran de mi gusto. Una tarde, hacia las siete y media, me acuerdo de la tienda en donde había visto el castillo y me dirijo allí rápidamente. Pero al llegar, quedo vivamente aturdido. El establecimiento que yo había conocido sólo unas semanas antes como una tienda de juguetes había "desaparecido". Quiero decir, que era ahora una tienda corchos: se había transformado.
 
1983. Enero. Madrid.
 
Me dirijo desde mi casa hacia el centro de la ciudad en autobús. La imagen de la H grabada en el acantilado incide hondamente en mi memoria y en mi imaginación. En algún momento levanto la cabeza y miro a través de la ventana del transporte. Advierto en la fachada de un edificio, a unos cinco metros más o menos, un rótulo con la inscripción CALZADOS H.
 
1983. 4 de marzo. Isla de la Gomera.
 
Dos horas más tarde de mi llegada a la capital de esta isla, San Sebastián, me dispongo a coger, junto a mi compañera de viaje, el coche de línea con dirección a Hermigua que nos dejará en el cruce de carreteras desde el que acceder al Bosque del Cedro, nuestro destino.
Una vez que hemos ocupado nuestros asientos y el vehículo se dispone a iniciar su recorrido, ése no arranca. El conductor pide a algunos de los pasajeros que bajen y lo ayuden a empujar para ponerlo en marcha. Varios de ellos acceden y le echan una mano. Empujan y el autocar arranca con el resto de los viajeros que nos habíamos quedado en su interior. La maniobra del conductor consistía en dar la vuelta a la rotonda en la que estaba la cabecera de trayecto y recoger a las personas que lo habían ayudado y que se quedaron abajo. Inicia el giro, pero en lugar de cerrar el círculo continúa en línea recta y se olvida de ellas. Los que le acompañamos pensamos que girará en alguna de las calles perpendiculares a la calle por la que avanza e iniciará el movimiento de regreso y las recogerá. Sin embargo, mantiene su dirección, ahora ya interrumpida por las exclamaciones, incrédulas, de los acompañantes de los pasajeros olvidados. La respuesta del conductor a las mismas no pudo ser más insospechada y conmovedora: ¡Andá, que despiste más fuerte!.
Reiniciado el viaje, la "guagua" avanzaba como podía por una carretera que, a medida que ascendía, abría barrancos cada vez más abismales, tanto por su profundidad como por su verticalidad; carretera atravesada, ocasionalmente, por bancos de niebla, a pleno sol.
Así discurría el trayecto hasta que alcanzamos el cruce antes referido. En él debíamos descender y optar por una de las dos posibles vías de acceso al bosque, según fuimos informados por el conductor y otros viajeros nativos de la isla. Una de ellas consistía en tomar la carretera que salía a nuestra izquierda y, bordeando la montaña, llegar a nuestro destino después de unas tres horas de caminata. La otra, en atravesar un túnel que mediría en torno a setecientos metros y horadaba por su base la montaña, y que, conforme a la información facilitada, una vez más, por el conductor, desembocaba en el bosque. Elegimos cruzar el túnel sin vacilación y hacia su boca de entrada nos dirigimos, introduciéndonos con cautela e inquietud. Este último sentimiento aumentó cuando, habiendo progresado bastante en su interior, nos quedamos por completo a ciegas debido a que el tramo por el que avanzábamos en ese instante estaba en curva y cegaba la visión de la entrada, sin que, por otro lado, tampoco tuviéramos señal alguna de la boca de salida. Además, lo que pisábamos era agua. Pero todo fue circunstancial. Inmediatamente vislumbramos, en la distancia, la luz que indicaba su desembocadura. Aliviados, hacia ella nos encaminamos. Al alcanzarla y salir de nuevo al exterior, nos encontramos con un caserío situado en la parte alta, y al mismo tiempo llana, de un valle que se extendía a la derecha y terminaba en el mar, exactamente donde se alzaba el pueblo de Hermigua.
Este caserío era El Cedro, asentamiento humano con el que el tiempo mantenía todavía lazos de amistad y la Naturaleza lo acogía como a un vástago que necesitara protección y supervivencia. No haré en este relato que pretendo sea lo más “objetivo” y "clínico" posible (para así preservar la realidad de los acontecimientos tal y como sucedieron y/o se me aparecieron) ninguna concesión ni a la fantasía ni a la literatura, ni siquiera a la poetización, pero no me resisto a afirmar que nunca antes -y no tengo conciencia de haberlo hecho después- había tenido la experiencia física (todo lo tópica que se quiera, pero aun más real y cierta) de acercarme a una dimensión legendaria del tiempo y del espacio, más acá del ensueño y de la nostalgia. Después de todo, me encontraba en presencia de una vegetación que se remontaba a la Era del Terciario, cuyos brezos, por referir un ejemplo muy definitorio, no eran el arbusto de más o menos dos metros de altura hoy conocido, sino un árbol que alcanzaba los ocho y diez metros de altura y los treinta centímetros de diámetro su tronco; o que los miembros de la comunidad que constituía la población de El Cedro practicaban todavía la "lengua de los pájaros" (2); o que al atardecer, en fin, bajara la niebla para inseminar con su rocío crepuscular este vestigio mítico, esta precipitación por las laderas de la Historia.
 
Después del tiempo transcurrido, este lugar conserva intacto en mi memoria, en mi espíritu y en mi corazón el prestigio de lo que, en su propia pobreza es abundante y se ofrece. Lugar sobrecogedor y generoso por esta sinrazón, solamente se le puede reconocer tras haberlo explorado. Quiero decir, que la imaginación no alcanza, no basta, sino que es preciso penetrarlo, abandonarse físicamente a su abrigo primigenio aun a costa de perderse. En él late lo que precede a los sentidos y en él se encuentra lo que solamente había sido pre-visto. Este pequeño y profuso vergel contenía toda la desmesura de lo desconocido. Así que la imaginación no tenía que hacer ningún esfuerzo para avenirse con sus dominios y extenderse cardinalmente por todas las superficies posibles de este istmo prodigioso, encarnación lujuriosa del accidente que lo dio a nacer, materia consagrada de su precedencia cuyo humus es la sustancia que se inhala y arrastra a la profunda noche del mito.
 
1983. 7 de marzo. Bosque de El Cedro.
 
Dirigimos nuestros pasos hacia el interior del bosque. Tomamos la senda, muy difusa a causa de la profusión de maleza (y porque, según nos informaron en el caserío, hacía mucho tiempo que no se aventuraban por allí personas que, con sus pisadas, la mantuvieran aún abierta), que debería llevarnos hasta el Alto de Garajonay, cima que corona la isla. Cruzamos espesura tras espesura y sorteamos árboles caídos sobre la vereda que nos guiaba, restos visibles de la tormenta que azotó con violencia el lugar quince días antes. Después de que hubiera transcurrido un tiempo que no sabría calcular, lo de menos era ya alcanzar ningún destino. Yo estaba hechizado y ello constituía el principio y el final de todo anhelo y de toda meta, llegando en algún momento a un claro del bosque donde encontré otra cima: una piedra partida por la mitad, en forma de media luna, sobre la que había sido pintada, en rojo, una letra, la letra H.
     
 
 
1983. Julio. Madrid.
 
Medianoche. Se desata una tormenta muy vehemente acompañada de muy violento aparato eléctrico, lluvia torrencial y granizo. Yo estoy en mi dormitorio leyendo el libro de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra, exactamente el capítulo que narra el periplo de sus héroes cuando se echan al "mar interior" en una balsa improvisada con maderas fosilizadas y sortean, sucesivamente, todo tipo de peligros y maravillas, entre las que se cuenta una potente tempestad que tendrá una influencia decisiva en la orientación y en la (no) prolongación del viaje para el grupo de aventureros. Transcribo literalmente fragmentos de algunos sucesos del relato que llamaron particularmente mi atención: 
  
            (...) No ha tenido tiempo su cabeza de volver a levantarse, cuando un disco de fuego aparece al borde de la balsa (...) La bola, medio blanca, medio azulada (...) se pasea lentamente girando con velocidad sorprendente bajo el impulso del huracán (...)
 
            (...) mi tío tomó la brújulala colocó horizontalmente y observó la aguja, que, tras oscilar, se paro en una posición fija bajo la influencia magnética.
Mi tío miró, se frotó los ojos y volvió a mirar. Por fin se volvió hacia mi estupefacto.
                
 -¿Qué sucede?- pregunté.
           
Me indicó que examinara el instrumento. Se me escapó una exclamación de sorpresa. ¡La aguja señalaba el norte donde nosotros suponíamos el mediodía! ¡Se volvía hacia la playa en vez de señalar al mar! Sacudí la brújula, la examiné; estaba en perfecto estado (...) Así pues, ya no cabía duda, durante la tormenta se había producido una variación en el viento de la que no nos habíamos percatado, y había llevado la balsa hacia las orillas que mi tío creía haber dejado tras él.
 
Hago hincapié sobre lo significativo del hecho de que la turbulencia meteorológica "interrumpiera" el itinerario inicialmente previsto por el profesor Lidenbrock y que el retorno involuntario a la misma orilla norte de la costa de partida, con la subsiguiente desviación respecto del lugar exacto de la misma tuviera por efecto encontrar, en la misma latitud, algo más tarde, el cementerio prehistórico y, poco después, el río subterráneo que les conduciría hasta la chimenea del volcán Stromboli, por cuyo conducto serían devueltos a la superficie de la Tierra.
 
1983. 20 de agosto. Sábado. Madrid.
 
Hacia las once y media de la mañana. He salido de mi trabajo (una agencia de viajes) para tomar café. Me dispongo a regresar cuando veo en el escaparate de la Librería Atlántica, situada en la plaza Santa María Soledad, el libro de Julio Verne tituladoRobur el Conquistador, cuya existencia hasta ese momento desconocía.
 
Entre las doce y doce y media. Estoy de nuevo en mi lugar de trabajo. Dirijo la vista hacia el escaparate de cristal y veo pasar a un hombre de aspecto demacrado y apariencia de vagabundo (3). Se detiene unos metros más adelante y, volviendo sobre sus pasos, entra en la agencia de viajes, preguntándome si tengo libros de Julio Verne. Sorprendido y admirado le digo que no y se va.
 
Más tarde, hacia las cuatro y medía. En la casa familiar de Conchi Benito. Durante la sobremesa se me informa de que ha telefoneado un conocido común para que me ponga en contacto con él. Le devuelvo la llamada. Me responde que tiene que presentarme a una mujer italiana que porta noticias para mí de mi compañera, en esos días en Roma. Quedamos en hablar de nuevo en las próximas horas para encontrarnos. Sin embargo, todo un cúmulo de inconvenientes me impiden localizarlo durante el resto del día. Esta circunstancia me irrita, porque, según me había hecho saber, el domingo no me sería posible citarme con esa mujer, y lo que era peor, que ésta dejaría el lunes Madrid.
 
21 de agosto. Domingo.
 
 Al no haber podido localizar el día anterior a mi conocido, decido aventurarme en El Rastro (a mis amigos italianos les gusta, cuando vienen a Madrid, acercarse a este mercadillo) con el propósito de que la casualidad me presente a esa mujer. Decisión peregrina y absurda, desde luego, puesto que nunca en la vida la he visto. No obstante, deambulo toda la mañana por este lugar. Nada me da indicios suyos.
 
22 de agosto. Lunes.
 
Alrededor de las diez y media de la mañana. Una mujer y un hombre entran en la agencia de viajes. Ella me enseña un papel en el que aparece escrito mi nombre y la dirección de mi trabajo con la caligrafía de mi compañera. Es la mujer que desde Roma me trae sus recuerdos y a la que no pude localizar en los días precedentes y que había decidido permanecer en Madrid por más tiempo. Conversamos brevemente y convenimos en vernos en mi casa por la tarde. Hacia las ocho nos encontramos, y, después de un tiempo de charla, ya en confianza, me dice ser echadora de cartas y se ofrece a leérmelas si yo quiero. Accedo, no sin un agudo sentimiento de inquietud. Como "consultante", puedo pedir consejo sobre lo que quiera y así lo hago. Mi petición consiste en que se me informe, de modo general, sobre el viaje que realizaré el próximo mes de septiembre a la isla de Menorca. Me dice:
 
            -Habrá algo imprevisto. Sucederá algo extraordinario. Se expresa serenamente y atribuye al contenido de estas “visiones” una significación superior, de acuerdo con una de las cartas descubiertas, la que corresponde con la figura de El Loco.
 
            -Ocurrirá algo que impedirá que continúe el viaje. Éste se interrumpirá (no recuerdo cuales fueron las cartas o la carta que le llevaron a hacer este pronóstico).
 
5 de septiembre.
 
Al final de una travesía de ocho o nueve horas iniciada en Barcelona, el barco que nos lleva a la isla de Menorca penetra en el brazo de mar que conduce al puerto de Mahón. Desde la baranda del puente derecho del ferry miro con entusiasmo la llegada a la isla. A lo lejos, en tierra firme, advierto algo que se parece a los cimientos de una edificación derruida, dispuestos de manera desperdigada y desordenada, o al menos esa es mi impresión desde mi ángulo de visión. El barco avanza y, al formar perspectiva frontal con los restos, éstos se superponen hasta conformar, perfectamente nítida, una letra, la letra H.
 
8 de septiembre. Playa de Binigaus.
 
Hemos llegado al atardecer y nos disponemos a levantar la tienda de campaña en este arenal. Pero cambiamos de lugar al rato, pues hemos encontrado una ubicación más adecuada entre los pinos que bordean la playa. Esa misma noche se levanta una intensa tormenta.
 
9 de septiembre.
 
Emprendemos nuestro caminar hacia cala Escorxada, adonde habíamos elegido ir con antelación y allí permanecer varios días. Calculamos que desde nuestro punto de partida hasta ese lugar debe haber una distancia que puede oscilar entre los cuatro y seis kilómetros. Tomamos el sendero que bordea la costa y serpentea por entre la pineta. Han transcurrido cuarenta y cinco minutos, más o menos, y empezamos a sospechar que nos hemos desviado de nuestra ruta, porque nada nos indica la proximidad de la cala. Continuamos, no obstante, en nuestro empeño, considerando que el trayecto hasta la misma es corto. Pero tras la nueva caminata seguimos sin recibir ninguna señal que nos informe de nuestro destino. Al contrario, según observa mi compañera, hemos llegado a la rambla que desemboca en la playa de Binigaus, es decir, salvando la diferencia de latitud pertinente, al mismo lugar del que habíamos partido. Naturalmente, este hecho confirmaba nuestro extravío, lo que nos sumió por unos instantes en la extrañeza. Superada ésta, reanudamos la marcha y retornamos sobre nuestros pasos. Atravesamos un barranco. Nos topamos con un camino que conducía a una finca. En sus proximidades advertimos la presencia de un campesino al que nos dirigimos para preguntarle cómo llegar a la cala. A duras penas logramos comprender lo que nos decía, puesto que su acento (suponemos que "menorquín", pero en su variante rural y particularmente cerrado), nos lo impedía. Aún así, conseguimos sacar en claro que debíamos alcanzar la senda que originalmente habíamos tomado y así encontrar, en alguno de sus tramos (lo que no había ocurrido anteriormente), un pino caído que, tras superarlo, nos permitiría hallar el sendero que nos guiaría hasta el mar y, en consecuencia, a la cala.
 
Hemos recorrido un largo trecho y efectivamente nos encontramos en presencia de un pino vencido que atravesaba el camino y que supusimos que podía ser el que nos había referido el isleño. Había también un desvío que, no sin poca ingenuidad e igual felicidad, pensamos que podía tratarse del que nos conduciría hasta el final de nuestro itinerario. En vano. Veinte o treinta minutos más tarde nos dimos cuenta de que por segunda vez nos habíamos extraviado, en esta ocasión de manera definitiva: dirigíamos nuestros pasos hacia el interior de la isla, alejándonos de la costa. Pude comprobarlo subiéndome a una valla de piedras desde la que se distinguía, a lo lejos, el mar confundiéndose con el primer brote de la bruma crepuscular.
Con la noche aproximándose, decidimos volver a la playa de Binigaus.
 
10 de septiembre. Playa de Binigaus.
 
Por la mañana. Persiste en nosotros la voluntad de retomar el trayecto insatisfecho el día anterior, pero antes preferimos desayunar en un chiringuito construido con maderas y cañas por un hombre y una mujer de origen italiano. Esta construcción era, por otra parte, la única edificación humana en esta playa. Mientras tomamos café de puchero, contamos a estas personas nuestra experiencia de la víspera. A medida que se alargaba la narración, daban muestras de participar, no sin cierta simpatía, de la misma. Cuando concluimos nuestro relato, y acaso arrastrados por la inercia del clima creado, nos informaron de dos hechos que me parecieron particularmente estimulantes: el primero de ellos se refería a la existencia de una cueva de grandes dimensiones que, según nos dijeron, había constituido el hábitat de todo un poblado troglodita (4); el segundo nos informaba de que hasta la playa misma en la que estábamos, las corrientes subterráneas marítimas transportaban unas pequeñas bolas de material volcánico procedentes del volcán Stromboli (su aseveración estaba fundada en la información que les había proporcionado un amigo suyo volcanólogo). Para comprobarlo, nos invitan a patear la arena que pisábamos. Y, en efecto, a cada nuevo golpe de pie, éstas salían a la superficie y quedaban al descubierto.
 
15 ó 16 de septiembre. Ciudadela.
 
Hemos llegado a esta población con la intención de permanecer dos o tres días y partir después hacia el norte de la isla, donde completaríamos los siete días que nos restaban aún de viaje. Mi compañera hace una llamada telefónica a Madrid. Es informada de que su hermano tenía que ser operado de forma inminente. Al día siguiente retornábamos a Madrid. El viaje se interrumpía.
 
 
Publicado originalmente en la revista Salamandra 11-12. 
 
 
Notas:
 
1. Cada vez que refiero la expresión “compañera de viaje”, aludo siempre a la misma mujer, Conchi Benito.

2. Consecuencia de la abrupta orografía de la isla de La Gomera, sus habitantes tuvieron que inventar un medio de expresión que, venciendo los profundos precipicios que les separaban impidiéndoles el contacto, les permitiera comunicarse. Ese fue “el silbo”, que como su propio nombre indica consiste en emitir un sonido agudo al hacer pasar con fuerza el aire por los labios apretados, o bien colocando adecuadamente los dedos en los mismos o sobre algunas partes de la boca. De él hicieron los isleños una lengua dotada evidentemente de algún tipo de “sintaxis”, a juzgar por los fraseos que nos hizo escuchar uno de los ancianos de este caserío, que se lamentaba de la quizá irreparable pérdida de este canto.

3.Al final de la versión cinematográfica española del libro Viaje al centro de la Tierra(que yo conocí mucho antes que la versión estadounidense), un misterioso vagabundo se asoma a la ventana de una casa en la que los protagonistas de la aventura celebran su éxito. Confieso que esta secuencia, por completo arbitraria -inexistente en el libro- causó en mí una viva impresión.

4. Visitaríamos inmediatamente después este espacio sobrecogedor tanto por su tamaño como por su recóndita ubicación, dotado de tal reverberación que a cada nuevo grito que proferíamos el eco convocaba su leyenda: allí acudía, merced a nuestro juego y conjurado por la imaginación, el espíritu de sus antepasados.

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