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Vigilia de uno. Una ciudad onírica

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1. Llegué a esa cal e y un ave de cristal abrió sus alas de vidrio roto...
2. Alguien iba dejando pistas, como unas iniciales al lado de una mariquita pintada en una
pared desconchada...

 




3... Y una pluma ensimismada contemplando su propia sombra…
4. Por primera vez me fue revelada la ciudad a la que había l egado: la de los paraguas rotos...

 




5... En un paso de cebra...
6... En la hierba...

 




7... Restos ya de la propia vida dignos de su piel...
8... Flores urbanas que abren los hombres para atraer la l uvia y cuyo esqueleto rompe el viento…

 




9. ¿Qué eran, las vestimentas de un ángel pobre puestas a secar?...

10. De pronto se extendió ese ingenio melancólico que no conoce suicidas, frecuentado por sombras complacientes, un poco huesudas, cargado de electricidad, inocente de la última solución humana…

 




11. Al í permanecía, más de un año después, el esqueleto del dolor, una arruinada máquina de coser sobre un tejado de uralita, rodeada de montículos embalsamados de hierba…

12. Te adoro, habían escrito en una torre asimétricamente ubicada al otro lado de la inútil máquina de coser. Y hubo uno que en otro tiempo hubiera invocado: ¡clávame la piedra en punta de tus almenas y lame mi herida!...

 




13. Y el ingenio humano sometía bajo sus hierros a los desheredados de la ciudad onírica...
14... Y abría con sus raíles las tripas de la pobreza. ¡Sísifo de vidrio y mecánico, acarreando a diario a hombres exhaustos! Su sonrisa sube y baja, y en ocasiones se detiene…

 




15. Más arriba, en dirección al Santo Reposo, los árboles se entregaban a una masa cenicienta y se rompían una rama al paso de los amantes. Éstos les ofrecían su saliva y sus navajas…
16. Y vi a una mujer el primer día, y al día siguiente también, y dos días después, y cada nuevo día encaramada a la barandil a de un balcón, invariablemente desnuda, soberbia, inseminándose con los elementos. Y detrás, las ventanas cerradas a perpetuidad...

 

 





17. Debió ser la noche anterior cuando Bonaventura colgó sus faroles de los árboles…
18... ¡Bonaventura en Oporto, dos siglos después!...

 




19. Kilómetros más al á de donde desemboca el río, la arena se había sembrado de pájaros vivos, y de entre el os se alzaban las osamentas del juego. El océano bramaba detrás suyo…
20... Oscurecía los ojos y sus aguas se ennegrecían, y destel aba su ansia...

 





21... El esqueleto de un árbol ahogado, donación de sus triunfos…
22. Cerca, un hombre hincaba pilares de granito en la hierba...
23. Nadie supo nunca por qué lo hacía...

 





24... Y tiraba hojas escritas a los charcos de agua sucia...
25... Al levantarse dejó en la pared la marca de su espalda, siempre húmeda…

 

 




26. Hizo el regreso por la desembocadura del río, donde se había decretado la prohibición de caminar por las aguas del océano…
27. De nuevo en la ciudad, subió al puente de hierro y escupió de alegría. La altura le donó su perspectiva y su inclinación, caminando desde entonces de lado, cuando quiere…

 




28. Y pintó un diamante negro en la cal...
29... Y diamantes blancos y su espectro...

 



30. Al lado de una puerta recia, sobre una pared granítica, dibujó su silueta un hombre ultradelgado, con los brazos larguísimos, con las piernas larguísimas, de negro insecto-palo…

Un comentario final:

Hasta el día de hoy no recuerdo haber soñado con ciudades. Achaco este hecho a otro muy desconcertante, quizá muy limitador para mí: no suelo recordar mis sueños. El siguiente documento, que nace de una estancia de una semana en la ciudad de Oporto, debería testimoniar una de esas experiencias oníricas tenidas durante la vigilia, algunas de cuyas características principales son: perturbación visual (percepción semi-alucinada del entorno, de las cosas, de algunos hechos: una especie de acusada irritación óptica relacionada con la mental), sensación de extravío (como en el sueño, sucede que uno vuelve al mismo lugar sin haberlo pretendido, reconociéndolo solamente pasados unos segundos, o unos minutos…). Con todo, el solo documento que aporto debería bastarse por sí mismo, si, como pienso, más que describir la asociación poética entre palabra e imagen revela una experiencia onírica manifiesta. Como no sueño con ciudades (o no tengo conciencia de haberlo hecho), no puedo establecer una relación entre una ciudad soñada y una ciudad en la vigilia. Pero en el caso de que tenga interés, puedo decir, por una parte, que la ciudad me induce sueños despiertos (suscita en mí ensoñaciones oníricas), y por otra, que mi propia imaginación onírica me lleva a destinar sobre la ciudad un onirismo que ya estaba en mí. Lo que se desprende de esta “dialéctica” (sueño despierto-visión poética, visión poética-sueño despierto) como ya he dicho en otro lugar al referirme al callejeo (o en otros términos “deriva”), lleva a cabo una organización de la realidad por iluminación onírica.

Eugenio Castro