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La revista Salamandra cumple con esta nueva entrega los veinte números, desde que el primero saliera a la luz en 1987. En todo este tiempo transcurrido no sólo ha cambiado el formato y el grosor de la revista (recordemos que aquella primera Salamandra no pasaba de las dieciocho páginas), sino que también han aumentado, creemos, sus ambiciones y preocupaciones, su capacidad de interrogación e intervención en la realidad y en los debates y acciones que pretenden criticarla y combatirla. Pero lo que no ha sufrido ningún cambio es su razón de ser: la plasmación de una actividad colectiva que se sostiene en la crítica de la dominación y en la experimentación de lo maravilloso, en la lucha contra la alienación social y mental, en la voluntad de transformar el mundo y en el deseo de cambiar la vida; en definitiva: en la revuelta y en la poesía abrazadas para llevar a cabo, a partir del surrealismo, que no de su ideología o de su dogma, un proyecto político de vida poética que hiciera posible una emancipación en todos los planos de la existencia.

Que en un proyecto como este no sólo participen personas que se identifican como surrealistas, sean del grupo de Madrid o de otros lugares, sino también amigos y colaboradores con una sensibilidad afín o con planteamientos que consideramos especialmente estimulantes aunque no siempre coincidan con los nuestros, es precisamente uno de los mayores logros de la evolución de la revista. La consecuencia lógica de este hecho es que todas estas inquietudes personales confluyen hacia determinados focos de interés que terminan conformando varios núcleos o temas que dan sentido a cada número. En el caso de la presente entrega de la revista, este proceso casi natural ha dado lugar a dos grandes bloques o ejes principales: por un lado el problema de la utopía, y por el otro el Juego de la Casa en Sombras, bloques que por otra parte responden por igual a una misma proyección, teórica y práctica, de la voluntad utopista que caracteriza al surrealismo.

En cuanto al primero de estos dos grandes bloques, somos conscientes de que plantear actualmente una reivindicación (o incluso una mera consideración) de la utopía no parece desde luego muy popular, en cuanto que la sensación del fin del mundo al que nos aboca el fracaso del capitalismo caníbal, y el desprestigio que la utopía ha sufrido desde muchos sectores del pensamiento revolucionario, podrían haber llegado a crear un clima en el que se la considerase como un arma impotente y hasta contraproducente en la guerra social. Pero puesto que el surrealismo ha estado siempre atravesado por la utopía, y porque creemos firmemente en el papel determinante que la conciencia utópica puede jugar aquí y ahora en la lucha por la emancipación social, son justamente estos reproches los que nos han animado a proponer una reflexión y un debate sobre la misma a partir de una encuesta y de varios textos que la abordan en sus diferentes vertientes. Así, Julio Monteverde llama la atención sobre cómo la ideología burguesa funciona como una pantalla de la realidad que obstruye “todo el espacio mental del individuo”, y sobre cómo la utopía podría al contrario reabrir el camino desestabilizando la hegemonía ideológica del capital. Aunque Anselm Jappe aporta un matiz crítico al recordar que los deseos utópicos han servido a veces para defender al orden establecido, nos recuerda también cómo la única utopía realizada ha sido justamente el capitalismo, algo que siempre fingen olvidar sus defensores. Profundizando este debate a favor y en contra de la utopía, Jose Manuel Rojo analiza el panorama actual de descomposición social y desmovilización política, resaltando empero la resistencia y las revueltas que estallan aquí y allí desafiando el consenso democrático, relacionando los límites de tales revueltas con el desfallecimiento de la utopía, y el efecto contraproducente y profundamente injusto y falsificador de muchas de las críticas que esta ha recibido. Por último, Michael Löwy ayuda a centrar el debate al estudiar las distintas interpretaciones de Ernst Bloch y Theodor Adorno a la luz del Romanticismo, mientras que Bruno Jacobs ofrece un boceto del utopista sueco (y no menos romántico) August Nordenskiöld que fundó Free-Town en 1791, y Javier Bou rememora el origen icariano del barrio de Poblenou en el viaje sentimental y airado que realiza por “el que fue gran barrio obrero de Barcelona”.

En cuanto a la encuesta, recoge preguntas tanto teóricas como prácticas, es decir, utopistas, y sólo podemos decir que más allá de su relativo éxito en el terreno de las propuestas prácticas debe entenderse como un ensayo experimental que pretende no tanto establecer una utopía definitiva, cosa que no es nuestra intención en ningún momento, sino animar a que cada uno de nosotros siga buscando ese missing-link utópico del que hablaba Max Nettlau, lo que es otra manera de aludir al oro del tiempo que todavía seguimos y seguiremos buscando.

Sea como fuere, una conclusión segura de la encuesta sobre la utopía es que esta no designa un lugar inalcanzable o inexistente, sino un lugar que espera por ser alcanzado y encontrado, y hacia el que las formas de vida del presente se despliegan porque lo presienten y hacen encarnar. Un ejemplo de ello es el Juego de la casa en sombras, que se presenta como una actividad experimental colectiva de vida cotidiana pasionalmente superior que aspira a derrotar, aquí y ahora, a la vida alienada y a la transparencia técnica propias de una época de exhibicionismo y control totalitarios, siendo al mismo tiempo una especie de invocación de lo reprimido que retorna con toda su promesa incumplida de amenaza y liberación. En efecto, a partir de la búsqueda de una “casa en sombras”, lo que se propone es generar un imaginario propio que ayude a desactivar en los sujetos que juegan los mecanismos enajenadores propios del ocio alienado, y, simultáneamente, a afirmar una forma de vida singular, no delegada, que se rearme siguiendo el dictado de sus altas intensidades asumiendo la función imaginarizante que pone en marcha el surrealismo.

Por otro lado, el bloque de textos que se centran en la crítica de la dominación se abre con la denuncia de la memoria histórica de Los epígonos del terror proletario, entendida como una farsa más urdida por la democracia parlamentaria con el objetivo último de difuminar el recuerdo de lo que verdaderamente importa y nos importa: la revolución social del 36, aplastada tanto por Franco como por el gobierno republicano. Pero si tal recuerdo nos habla de una clase obrera capaz y dispuesta a ir a por el todo, Miguel Amorós analiza las relaciones actuales entre capitalismo y tecnología, y el impacto de ésta última en la vida de los individuos y en la disolución de los trabajadores en masa uniformada y sumisa. La colusión de capitalismo y tecnología es tratada también por Jesús García Rodríguez, junto con otras estrategias actuales de la dominación como la “tolerancia cero”, la delación pública o los medios de comunicación de masas. Este último punto guarda relación con la reflexión de Luis Navarro sobre la “teoría de la conspiración”, en cuanto que una de las misiones de los mass-media es aglutinar toda “información disonante que no proceda de fuentes oficiales para preservar el prestigio y la autoridad de éstas”, desprestigiando cualquier discurso ajeno a él.

Otro de los núcleos fundamentales de Salamandra está formado por textos que abordan de diversas maneras lo que llamamos la acción poética directa. Así, la contribución de Emilio Santiago y Analía Silberman gira en torno a la etnografía reencantada puesta en práctica, con resultados fascinantes, en la ciudad chilena de Valparaíso. Noé Ortega y Vicente Gutiérrez se introducen con arrojo en la crisis del objeto, mientras Bruno Jacobs explora las posibilidades onírica de la experiencia urbana. Por último, Eugenio Castro, Vicente Gutiérrez, Bruno Jacobs y Noé Ortega abordan por medio de dos acciones la cuestión de la comunicación sin amos, del diálogo liberado: la inscripción espontánea de frases poéticas y delirantes en las paredes de un barrio de Santander; y un apunte de lo que se podría llamar “conversación surrealista”, que constituye una forma radicalmente diferente de comunicación, situada al margen del discurso racional y enfocada hacia la liberación del lenguaje.

Una preocupación tradicional de Salamandra ha sido la exaltación de la Naturaleza y de la vida salvaje, y la consiguiente crítica de sus enemigos. En este número nos interrogamos sobre qué es y cuál puede ser la fuerza revolucionaria de la exterioridad, entendida muy provisionalmente como aquello que no ha sido aún humanizado, o mejor dicho culturalizado, modificado ni tecnificado por el capital, aquello que por tanto es aún capaz de fecundar la capacidad de maravillamiento desde afuera. A partir de esta hipótesis de trabajo, Lurdes Martínez reflexiona sobre algunas implicaciones vitales y sociales de la exterioridad, para posteriormente relatar una serie de experiencias relacionadas que tuvieron lugar en el Torcal de Antequera. Por su lado, Eric Bragg relata su visión de la exterioridad en el mar Salton, un lugar de California que ha terminado por convertirse en un paraje árido y mortecino por la acción del hombre.

La sección Laboratorio de lo Imaginario, que se abrió por primera vez en el número pasado, está enfocada a dar testimonio de una actividad dirigida a la creación de un imaginario propio y emancipado del yugo espectacular y de la especialización “artística”. Así, Julián Lacalle, Julio Monteverde, Leticia Vera y Eugenio Castro ofrecen pruebas de cómo esta tensión de la imaginación puede manifestarse a plena luz y sin intermediarios. Siguiendo la corriente que marca esta sección, el texto de María Santana analiza el caso enigmático y trágico de Víctor Brauner y sus implicaciones sobre la imaginación, el azar objetivo, la magia y el deseo del ser humano; y Vicente Gutiérrez propone la reconstrucción experimental de algunos arcanos del Tarot como método de conocimiento y de acceso a la realidad.

Por último, la plasmación de todas estas tensiones, y su puesta en claro a través del lenguaje aportan una serie de trabajos poéticos que pretenden continuar esa “operación de gran envergadura sobre el lenguaje” cuyos resultados continúan latiendo bajo la piel del surrealismo.

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