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Doble refracción

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El juego exige un total abandono al mismo. Se juega como se ama. Pasionalmente. A las órdenes de una llamada de la que, sin pretender descubrir su rostro ni la voz que la pronuncia, se sabe, sin embargo, de su facultad para hacernos caer en trance. Se juega y durante el tiempo que perdura, la memoria deserta. No es exagerado afirmar, al respecto, que en el juego, temporalmente, cierta pérdida de identidad adquirida se diluye junto a sus mecanismos alienantes ante el hecho flagrante de que durante ese intervalo de tiempo, la floración espontánea de otra nueva otorga, cuanto menos, el beneficio de rendirnos al estado de inocencia. Aquí no valen los equívocos: cuando se juega, se juega, y una conciencia total de su práctica y de su significado bastaría para poner en fuga cualquier disposición artificial de aproximación al juego.
 
El juego no es un hecho experimental aislado. Ni mucho menos un maquillaje de salón. Es ante todo una exploración incalculable, injustificable, «irresponsable»   del espíritu. En la medida que permite la recuperación de una conducta que sólo responde al principio de gratuidad más absoluta marca, a su vez, las pautas de un comportamiento cuya más inmediata respuesta manifiesta la única consideración de lo subversivo. Ninguna consideración, del tipo que sea (lógica) hurtará al juego tal condición: su mecánica instiga un incipiente principio de destrucción de lo que determina en el individuo (exteriormente, socialmente) una actividad funcional que le conduce a esta forma maquinal y desapasionada de relación (con los demás seres y las cosas, con la naturaleza toda –y la suya propia–). Ante el juego, lo funcional huye abatido con la cara roja de vergüenza.
 
Se juega y durante toda actividad desarrollada bajo sus «efectos» opobe, por su propia instalación espontánea, a toda necesidad de producción, la majestad de la necesidad de placer y, por qué no decirlo, la necesidad de embellecimiento del espíritu, de rejuvenecimiento del mismo, ante las cuales todo resquicio del sentimiento de lo útil queda deshecho. Ostenta, en este sentido,   poderes liberadores y, asimismo, libertadores: hace posible, en su mecánica de «desvarío» –pero también por incorporar un principio de desmesura– la desintoxicación de aquella necesidad impuesta (artificial y alienada) cortada con el rasero de lo cuantificable. Hace posible también –por extensión– la desintoxicación de una psicología y moral carcelarias al actuar sobre el espíritu de un modo por el cual todo egocentrismo y razón esclavizados se diluyen en un ejercicio de transgresión hacia lo maravilloso.
 
El juego declara, en todo caso –y lo hace manifiesto– la obtención de una realidad tal y como la misma se solicita en el funcionamiento real del espíritu, torna la formulación teórica de este concepto en una realidad tangible y concreta.
 
Por lo demás, del juego del escondite al juego de construir castillos en la arena, en las plazas públicas como en el juego de la oca, nada indica que para jugar se deba estar en posesión de ningún talento, de ninguna sensibilidad «especial», pero sí podría decirse que su práctica determinaría, paulatinamente, cuando ésta se sistematiza, una modificación (elevación) de aquella que, en su más inmediata respuesta, descompondría –volviéndolos más reales – los mecanismos mentales y afectivos de relación.
 
Sea como sea, a los que con él establecen una relación como la que se produce entre el águila y el viento al dejarse llevar por las corrientes del aire, el juego provoca que por cada nuevo aletazo, por cada nueva bocanada de aire respirado, se inhale un nuevo soplo de vida.
 
Nosotros, surrealistas, jugamos. Por encima de lo que a posteriori la experimentación de tal o cual juego determine una reflexión que declare, tanto en el dominio de la imagen como de la palabra, una reflexión poética, a nosotros nos guía, en el juego, una determinación, digámoslo así, egoísta: queremos ser, sobre todo, generosos con nosotros mismos, dejarnos arrebatar en una sensación de   «irresponsabilidad» que precipitando un reencuentro con los mecanismos sensibles del niño, conduzca a la recuperación de una forma de conducta que en sus relaciones con el espectro de nuestros propios mecanismos sensibles, responda a esas barreras a medio demoler que aún persisten en asignar límites entre el principio de placer y el principio de realidad.
 
Jugamos e implícitamente experimentamos. Celebramos la generación espontánea de la imaginación. Pero, asimismo, festejamos una ceremonia de la no función, un ritual de la no parcelación. Instalamos el juego y el mecanismo mental que convoca en los dominios de lo cotidiano, esto es, más allá de constituirse para nosotros en una actividad experimental aislada, elevamos el juego y su práctica a la condición de «hábito» ordinario. Asumimos la actividad lúdica como una expresión particular en el engranaje del pensamiento poético. Desde esta consideración fundamental, el juego y su práctica no podrían dejar de corresponderse, en nuestro caso, con una forma concreta de actuación que definiría, como tal, una pauta de comportamiento indefectiblemente vinculada a una forma de vida, o si se prefiere, a un modelo de vida surrealista. Fundamentalmente, el juego actúa sobre nuestro espíritu como un método espontáneo y cotidiano de exploración de esas regiones del alma a las que se accede entonando el estribillo de la canción (juego) infantil «¿dónde está la llave, matarile, rile, rile?…, en el fondo del ‘juego' matarile, rile, ron…» La obtención de esta llave, no lo dudamos, otorgará, a aquellos que se hagan merecedores de la misma, la clave para abrir una de las puertas con las que cada hombre y mujer ha sellado la construcción de su castillo estrellado.
 
Finalmente, diremos que con el juego que aquí presentamos, nosotros persistimos deliberadamente en la continuación de la tradición surrealista del juego. No nos complacemos en ello. Al contrario, obedecemos a una forma de relación con ella condicionados por un solo principio de suficiencia pasional, y asumimos, a la vez, el efecto de choque de su presencia en nosotros, como una fuerza motriz que en su terreno específico ha elevado a ciertos seres, otorgándoles la misma identidad, a la condición de jugadores empedernidos de la vida interior y de la vida exterior.
 
LA DOBLE REFRACCIÓN.
(JUEGO SURREALISTA).
Un jugador presenta una frase de su elección cuya procedencia será, siempre, exterior   a él, esto es, ajena a su inspiración personal. Por ejemplo, la elegida para iniciar el juego «Diamantes que surgen del aire caliente», fue extraída de la sección de Ciencia y Tecnología de un periódico de prensa. La elección de la misma se hizo automáticamente, omitiéndose la lectura del artículo que la misma encabezaba. Considerando sus posibilidades latentes, así como el campo ilimitado de evocaciones que las mismas sugieren, cada jugador construirá un objeto que, en el terreno de la imagen, las complemente (represente). No dudamos que estas frases, separadas de su contexto original, liberadas de la función para las que fueron creadas, recuperan un campo inaudito de condensaciones afectivas y son susceptibles de provocar las más insospechadas correspondencias.
 
Hay que decir, por lo demás, que si la construcción del objeto es individual, sobre todo debe considerarse que lo que verdaderamente constituye el juego es la interpretación colectiva de la frase. Este es el verdadero conductor del mismo. En ella se concentra su sentido esencial. El objeto es, por así decirlo, la materialización particular de un fantasma común: la frase. La una y el otro, en tanto que resultado final, sólo pueden comprenderse en el ámbito de una relación de unidad entre la palabra y la imagen.
 
También hay que señalar ­por extensión– que la elección del objeto como técnica de expresión que en el universo de la imagen representase las coordenadas afectivas procuradas por la frase, obedeció, exclusivamente, al principio de la atracción pasional.
 
Publicado en «Salamandra» nº 4, Madrid, 1991.
 
Notas:
(1) Cristalografía, óptica: propiedad que tienen ciertos cristales de duplicar la imagen de los objetos. Ángulo de refracción: el que forma un rayo refractado con la normal en el punto de incidencia a la superficie de separación de los dos medios transparentes.

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