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Hermanos que encontráis bello cuanto os viene de lejos

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La otra tribu: el enemigo
 
Hemos sometido muchas más veces de las deseadas el espíritu de los otros a exámenes de pureza para exorcisar nuestros propios errores. Desde el norte hasta el sur y del este al oeste, el drama del odio no ha cesado de envolvernos, y hemos visto como se interrumpía la comunicación que estaba destinada a producirse para mayor alegría del mestizaje. Para muchos, esta interrupción ha sido realmente dichosa, y se han reconocido a ellos mismos tocados por la mano de Dios.
 
HEMOS sentido imperiosamente que los demás se convertían en una amenaza dentro de nuestra cándida y pura atmósfera; que estas gentes extranjeras habían aparecido como monstruosas creaciones del infierno para taladrar nuestra limpieza, para robar el lugar que por derecho nos pertenece en el cielo. Los extranjeros –los enemigos–, todos ellos emanaciones venenosas que nos enredarían como la hiedra para sumergirnos en su impureza.
 
INSPECTORES del espíritu, nos complacemos en desayunar con la vieja y nueva propaganda, mientras nuestros ojos conservan aún sus legañas.
 
LAS sociedades occidentales capitalistas, y los pueblos europeos en particular, se nutren hoy con la cosecha de un sistema psico-social cuya siembra lleva camino de convertir, de nuevo, el campo aún fértil de una extensa geografía de esterilidad. Se trata de una cosecha que tiene sus propios rostros, aún cuando se sirvan de un casi perfecto camuflaje instrumental. ¿Crisis económica? ¿Triunfo de la democracia? ¿Convivencia pacífica entre los pueblos? En los tres casos la respuesta que los desenmascara no se hace esperar: instrumentalización económica de la crisis por un poder que perpetúa su decadencia inmolando implacablemente el tejido social amparándose en sus delirios tecnológicos y en sus sicarios de turno, encarnados en una suerte de cohorte intelectual; decadencia, al parecer irreversible, de los ideales –limitados, pero progresistas en su momento histórico– de los demócratas radicales (de Saint Just a Garibaldi); en cuanto a la última interrogante no hace falta insistir en que se responde actualmente a sí misma: la revitalización del fenómeno racista y de la violencia neofascista no sólo pone en entredicho el proyecto de ese sistema de convivencia, sino que descalifica las estructuras sobre las que éste se sostiene.
LA llegada de los inmigrantes que huyen de la muerte institucionalizada en sus propios países, la fuga constante de hombres y mujeres que, sin demasiadas esperanzas, llegan a nuestras naciones, obedece a una serie de razones que, hundiéndose en el pasado de los procesos históricos y encarnándose en fenómenos político-económicos más actuales, deberían ser conocidos por todos. Desgraciadamente, no es así. Y esta desinformación, esta ignorancia, nos dice de antemano a quién interesa que así sea. Estos que emigran, aquéllos de los que se dice que tanto molestan, son los nietos de los esclavizados por los imperios europeos, los hijos expoliados por el Neocolonialismo, los explotados por la estructura actual de la Economía internacional –esa que tanto hay que admirar, esa que es incuestionable.
 
SECUESTRADOS de la historia, enajenados de sus propios sistemas de vida, de sus culturas, de sus modos de relacionarse con la Naturaleza, los que se sorprenden de su existencia real, resplandeciente, parece que desearan que nunca hubieran existido, y desde luego que no existan nunca más. ¿Cuáles son las reclamaciones de libertad de los miembros de las otras tribus? Sólo conocemos nuestro propio llanto: los demás habrán de servirnos de pañuelo… Como el que se queja de la sombra que proyecta su cuerpo, hay europeos que niegan enloquecidos la presencia, a su lado, de la consecuencia viva de su rapiña ininterrumpida: los emigrantes, los exiliados, los vagabundos, los parias que, por no tener ya ningún refugio, no les queda otro remedio que buscar asilo en la guarida de su enemigo.
 
UNA gran confusión se extiende entre la población europea: el emigrante es también culpable de la quiebra económica, de la miseria moral del país de turno, constituyendo un foco de infección de delincuencia que, como tal, hay que eliminar –poco importan, para muchos, los métodos a utilizar. Este tópico constituye una falacia que no por ello deja de ser extraordinariamente ofensiva, y que es repetida sucesivamente por las principales “víctimas” (esa población europea) y por los responsables de esa confusión: los ingenieros ejecutivos de la máquina de la desesperación sistemática en que se han convertido el “nuevo orden mundial” y su bastardo, la Economía internacional. Es esta canalla de manicura y corbata la que pretende, en su obscena vorágine, fragmentar y enfrentar, a continuación, a sus distintas víctimas. Ello es de esperar y, sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos qué nacerá de todo esto. ¿Asistiremos, otra vez impasibles, a que la historia se resuelva en un fragor de aniquilaciones o, por el contrario, intervendremos a tiempo para reconducir la formulación de unas bases que generen un justo reparto de cartas?
 
MÁS allá de las desigualdades económicas y explotaciones de todo tipo que envenenan las relaciones entre los individuos de las diferentes culturas, de los de aquí y de los de allí, de nosotros y ellos, y aún suponiendo que esta fractura que alimenta la desconfianza sea superada en un mañana utópico al que nos resistimos a renunciar, el problema se plantea a un nivel más profundo y de más largo alcance.
 
LA deriva de la historia nos conduce actualmente a una situación a la que habrá que encarar con una actitud para la que, creemos, no bastan las viejas válvulas de escape tradicionales. El éxodo de emigrantes está transformando, sin duda, la vida de las grandes ciudades europeas. La uniformidad/homogeneidad cultural y racial de estas ciudades, siempre relativa, es, a partir de ahora, imposible para siempre. ¿Cómo reaccionarán los presupuestos éticos y afectivos de cada individuo, de todos los individuos, de los que llegan y de los que están? De cómo se responda a esta pregunta dependerá, en gran medida, el diseño futuro de la convivencia en el viejo continente.
 
NO nos engañemos: la condena del racismo se ha convertido en un tópico inofensivo, en una prueba de buena educación, en una nueva excusa de la industria cultural que, de la mano de su primer siervo, el espectro de los mass-media, reanima y difunde sobre un amplio sector de la población una suerte de buenas intenciones en las que subyace el más despreciable sentimiento de religiosidad. Conductas invertibles en cínicos valores “democráticos” a los que es preciso sacar la rentabilidad calculada: el sórdido comercio de propuestas indefectiblemente contaminadas de intereses políticos (1), económicos e institucionales incapaces de abordar el problema que nos ocupa, si no es a condición de obtener un beneficio exclusivo de su mismo orden.
 
RETÓRICA antirracista que aún podría continuar con su paticular complacencia: satisfecha moralmente con su “aportación” en el deseable proceso de aborto del racismo violento neofascista, y habiendo cumplido con su expediente populista, mucho nos tememos que hasta aquí llega su “responsabilidad social” y, sobre todo, que aquí agota su “imaginación” crítica –se dictaminan diagnósticos sin someterse a su propia radiografía. Ciertamente, no se acabará con el racismo neofascista mientras persista un racismo cotidiano que perpetúa una violencia latente (la misma violencia intrínseca), mientras se convierta la ciudad en una colección de guetos enfrentados entre sí y se niegue al individuo su libertad de elección para relacionarse con los otros según sus afinidades electivas, su atracción pasional, y no por su pertenencia al clan de turno.
 
NO bastará, a partir de ahora, culpar solamente al sistema capitalista y a la razón de Estado de ser los únicos y principales causantes de los cíclicos estallidos xenófobos. Será preciso admitir que otro Capitalismo, tanto o más atroz que el anterior, sea el que verdaderamente lo engendra. Hablamos de un capitalismo de espíritu con el cual se monopoliza todo el espectro afectivo humano, todas sus tendencias emocionales, pasionales, imaginativas, míticas, eróticas…, que comercia y especula con todo el territorio interior humano para provocar las grandes epidemias de ira nacionalista.
 
HA sido justamente aquí donde la crítica de izquierdas ha fracasado, al despreciar los mecanismos de liberación que presenta el pensamiento poético, burlándose de una revolución que implica una total reformulación de las estructuras mentales y una descongestión del anquilosamiento en que se encuentran, abriendo hacia un plano más fecundo los hábitos y las conductas (2). Es este pensamiento de izquierdas el que cree que el problema se solucionará con expedientes económico-administrativos,   y que confunde el pensamiento real de ese pensamiento poético y de esa aspiración hacia lo maravilloso con su perversión encarnada en los mitos totalitarios, perversión que, a fin de cuentas, nace de esa represión, ignorancia o desprecio del pensamiento mítico que, como la energía, ni se crea ni se destruye, solamente se transforma; de nosotros depende el carácter positivo o negativo de esa transformación, de esaencarnación . Por ejemplo, hasta un representante de ese racionalismo santurrón, incapaz de encarar las raíces ocultas del racismo, el historiador Hugh Thomas, reflexiona ante la importancia de esos refranes, dichos, leyendas y creencias difamadoras que cada etnia tiene sobre las otras, fomentando un clima de recelo y animadversión. Refranes, leyendas…, arquetipos del inconsciente colectivo, mitos al fin y al cabo. ¿Y qué decir del instinto erótico que, una vez manipulado, se convierte en caballo de batalla del enfrentamiento entre las razas y no como un puente entre ellas –como secretamente aspira?
 
El tabú que sanciona la pureza racial y condena todo contacto con el otro imponiendo un sacrificio, la competencia y rivalidad sexual que, inconscientemente, se esconde a menudo en el rechazo a la presencia del extranjero (3), la sospecha permanente que envenena cualquier relación amorosa entre personas de diferentes comunidades (4) son muestras de esa manipulación del instinto erótico al que nos referimos.
 
LA existencia de lo que hemos consentido en llamar “capitalismo de espíritu” (no lo ovidamos, tradicionalmente administrado de forma eficaz por las religiones) (5) no impedirá en ningún caso, ni podría hacernos desistir de nuestra absoluta convicción en las posibilidades emancipatorias de un pensamiento poético en el que depositamos la más alta fórmula de generación de libertades, y cuya presencia nos conducirá hacia un plano de la conciencia que nos permitirá reconocer la existencia inefable de unos hábitos mentales de los que hoy carecemos.
 
EL anhelo de alcanzar estos hábitos cumple en sí mismo una función interrogante de primera urgencia a cuya formulación se vincula, en nuestra opinión, un paso absolutamente decisivo y un requisito capital para abordar el objetivo que hoy denunciamos. Verdaderamente, ¿dónde están las nuevas estructuras mentales a las que, si confiáramos en el desarrollo histórico del pensamiento en su relación con la presunta civilización del progreso, deberíamos haber accedido ya, y que, es obvio, todavía están ausentes? De lo que no nos cabe duda alguna es de que el racionalismo occidental ofrece pruebas insuficientes para responder a esta cuestión, mostrándose, además, incapaz –por su propia inercia, que lo lleva a intervenir sobre el aspecto inmediato del objeto– de estimular con profundidad las acciones y fórmulas precisas, no sólo para abordar, sino para eliminar del comportamiento mental humano su inclinación hacia el desastre racista. Por el contrario, estamos convencidos de que la poesía llevada hasta sus últimas consecuencias conserva una importancia tan excepcional en la explotación de esa liberación del espíritu que nos abra a la conquista de esas estructuras deseadas, como también lo hace para terminar con el detonante de la “suprema” estupidez.
ESTA afirmación confirma nuestra creencia de que es imperativo tomar conciencia de unos hábitos y comportamientos mentales nuevos cuya instalación en nosotros se vincula a nuestra solidaridad con los inmigrantes por instalar en nosotros el reconocimiento de que, a pesar nuestro, también lo desconocido se da en forma humana, y que la renuncia al temor de reconocerlo nos hará percibir la belleza que nos llega de lejos.
 
ESTA solidaridad con los inmigrantes exige también de nosotros constatar la existencia inefable de unos mecanismos mentales que, por ser distintos a los nuestros (occidentales), admiten la necesidad de conocerlos. Y no precisamente para juzgarlos, sino para celebrarlos en el ámbito de una aspiración común de emancipación (6).
 
EL pensamiento poético…, si ha existido o existe alguna fuerza que lo encarne, es el mito. Bien es cierto que en muchas ocasiones a lo largo de la Historia se han utilizado los resortes míticos para abrir la puerta a las ideas más regresivas y a las fuerzas más reaccionarias. El bastardo fascista se ha empleado exhaustivamente en esta tarea pervirtiendo el sentido esencial del mito hasta lograr hacer de él una fuente de superstición irracional aún enquistada en determinada capa social e intelectual. El racionalismo occidental (en el que nosotros sí encontramos una verdadera apropiación del pensamiento racional), asentado sobre su conservadurismo intelectual y autoritarismo conceptual, contribuye a su manera a ampliar ese objetivo, aplicando su voluntad de obturación a las otras vías de acceso al interrogante humano, y sin renunciar a ocultarlas a la memoria humana (7).
 
CIERTAMENTE, no seremos nosotros los que aportemos soluciones reduccionistas ni “claves de razón práctica” (sic) a la erradicación del fenómeno neofascista y su siniestra procesión. Muy al contrario, no cesaremos de preguntarnos sobre quéentidad podría invocarse que fuera capaz de oponer una barricada irreductible a su avance –más que hacer una introspección de su naturaleza que por apresurarse en avanzar soluciones que cumplen nuevamente una función de primeros auxilios. Si nosotros nos reclamamos del mito, es por percibir en él una inagotable capacidad para ilusionar la conciencia humana, iniciándola en la conquista de una empresa colectiva que ambiciona instalar en el presente todo futuro, recreándolo en una permanente erotización.
 
UNA vez el ser humano se abandone a aquella ilusión, se está en condiciones de afirmar que se proyecta en un tiempo que ya no es lineal, sino que se articula según las coordenadas de un deseo que, necesariamente, debería romper con el lastre histórico de explotadores y explotados, de victorias y derrotas que, en el caso mismo de las relaciones entre los diferentes pueblos, sigue hipotecando esa convivencia ideal, posible y necesaria, a pesar de todos los datos que actualmente están en contra.
 
EN este sentido, es decisiva la relación dialéctica entre el mito y nuestra reclamación de unas estructuras mentales nuevas: si la irrupción del pensamiento mítico determina una posibilidad de cambio de esas estructuras, a su vez ese cambio se muestra susceptible de satisfacer la realización del mito deseado. De esta manera se anticipa a una forma de abolir ese tiempo lineal que hoy nos paraliza.
 
NOS preguntamos, entonces, cuál podría ser ese mito susceptible de conseguir que las razas se reconozcan, y que convierta la hostilidad y la exclusión en atracción apasionada; y nos viene a la memoria, acompañado de su espléndido cortejo de prodigios y maravillas, el mito de la Ciudad de las Mil y Una Noches. Ciudad en la que cada barrio se convertirá en una de las noches irrenunciables de la historia de Scherezade. Ciudad oriental y laberíntica donde tan fácil resulta embriagarse y abandonarse a la estela esplendorosa de lo que nos espera.
 
SUSTITUYENDO el recelo, el miedo y la cólera por la curiosidad, la aventura y el deseo, los ciudadanos, los transeúntes, reconocerán en sí mismos la figura de una Scherezade que se pasea, desafiante, por las calles convertidas en las historias de sus noches.
 
EN verdad, nadie puede negarnos el sentimiento de lo fabuloso, nadie puede hurtarnos la perfecta ilusión de lo exótico (concediendo a este término todo su valor de aventura), que ya hoy se despliega por las calles y plazas de cualquier ciudad , y que late en la presencia de estas nuevas gentes (8).
 
HE aquí, pues, la ciudad como lugar geométrico conformado por multitud de confluencias, más hermosas cuanto más lejanas; he aquí la ciudad como compendio de imágenes inéditas, como tesoro/memoria de múltiples saberes y visiones del mundo; he aquí la ciudad como espacio modélico de convivencia en el que evitar para siempre la escisión, el aislamiento.
 
EN la Ciudad de las Mil y Una Noches no habrá barrios étnicos, separados; guetos hostiles que se preparan para la guerra; cada calle, cada acera, es, en sí misma, un espejo que refleja la variada confluencia de todas las razas y culturas. Celebrando sus culturas diversas, son los individuos los que se mezclan, los que generan, desde su voluntad soberana, el ritual de la diversidad y la convivencia racial: la celebración del mestizaje. Ciudad deseable que excitará entre las razas una relación, no ya justa, sino apasionada, requisito fundamental desde el que abordar el sentimiento de miedo (al/lo desconocido), y que supone un paso adelante titánico, en la medida en que levanta la más bella barricada a la tradición histórica, inmemorial, de odios y enfrentamientos. Queremos, por tanto, hablar al margen del pánico histórico, y más que en las coordenadas del tiempo, hablar sobre la dimensión espacial de una posible y necesaria reconstrucción del mundo habitable. Nosotros, que tuvimos que abandonar el territorio insuperable de la niñez, hemos tenido que sobrevivir en regiones donde aún somos extraños. Hablamos de una región cuyos límites no podemos imaginar sin vértigo. En la Ciudad de las Mil y Una Noches, ese mito que profetiza lo que ha de ser, los surrealistas depositamos nuestra más vivadesesperanza de que las relaciones humanas se concedan, de nuevo, la aspiración de reavivarse en una nueva edad de oro.
 
ESA dimensión espacial, ese territorio fantástico, ese país vertiginoso que, desde ahora, al hacerlo nuestro, lo reclamamos.
 
Grupo Surrealista de Madrid:
Conchi Benito, Enrique Carlón, Eugenio Castro, Javier Gálvez, Tony Malagrida, Lurdes Martínez, Francisco Morán, José Manuel Rojo, Carlos Valle de Lobos.
Y sus amigos: Mario Cesariny, Miguel P. Corrales, Juan J. García Piñeiro, Juan Carlos Martín, Marisa Moreno, Victoria Paniagua, Angel Pariente, Raúl Pérez, Pedro Polo, Manuel Rodríguez, Philip West, Víctor Zalbidea.   
 
Publicado en «Salamandra», nº 6, Madrid, 1993.
 
Notas
( 1) Es revelador observar cómo aquellos políticos que tanto hablan de mestizaje son, precisamente, los que sostienen las leyes que lo hacen imposible: en España, por ejemplo, la “Ley de Extranjería”.
  (2) Este desprecio se traslada al terreno mismo de la respuesta popular. Es sintomático comprobar que la protesta social suele desarrollarse bajo un mismo y triste patrón: el mero testimonio público y, sobre todo, la falta de imaginación. Porque de la misma manera que se hace incuestionable la asistencia solidaria, es preciso que la expresión de ese rechazo, para alcanzar un mayor grado de eficacia sobre la conciencia popular, se fundamente en una exigencia imaginativa. Pancarta tras pancarta, proclama tras proclama, las reivindicaciones y demandas constatan una carencia total de elementos imaginativos que operen como revulsivos para ensanchar el campo de conciencia sobre los problemas sociales. Y es que las estructuras de las movilizaciones populares se han vuelto añejas, y las estrategias contra el poder –siempre que se guíen por esos parámetros– estarán abocadas al fracaso, porque se han convertido en su más válida razón de ser.
¿Nos olvidamos que si el mayo del 68 todavía actúa sobre el imaginario colectivo de tantas conciencias es, entre otras razones, por los lemas y pintadas que, con su humor e imaginación, encarnaron mejor que cualquier programa político la subversión deseable de la Revolución?
(3) En los sucesos de Aravaca, diciembre de 1992, uno de los elementos que contribuyeron al crescendo racista fue la “queja” de las españolas de la localidad de que las dominicanas “les quitaban” a sus novios o maridos (dicho sea de paso, nos tememos que esa pérdida no hubiera sido excesiva).
(4) En la actual guerra civil de Yugoslavia, uno de los primeros métodos de los grupos fascistas de cada comunidad (sobre todo los serbios, pero también los croatas y musulmanes) para propagar el odio racial y el deseo de exterminio ha sido el sabotaje sistemático de toda unión amorosa entre personas de diferentes comunidades hasta hacerla imposible, hasta convertir el amor en aborrecimiento homicida.
En la resistencia de algunas parejas a esta agresión exterior, en la resistencia que el amor haya podido ofrecer a los enamorados (mucha o poca), podremos encontrar una de las esperanzas para la derrota final del fascismo –no el del siglo XX, sino el de la propia condición humana.
(5) No parece necesario recordar aquí la amenaza, cada vez más asfixiante y temible, de la religión, de todas las religiones. Tan sólo un apunte: resulta verdaderamente intranquilizador ver cómo, en “el caso Rushdie”, las tres “Religiones del Libro” –acostumbradas a despedazarse entre sí–, se pusieron, esta vez, de acuerdo en exigir límites a la libertad de opinión y de prensa para que rabinos, curas y mullahs no sintieran herida su “sensibilidad”: ellos, que durante milenios se han encarnizado con todo lo que hay de sensible, esperanzador y exaltador en el ser humano.
(6) Por lo tanto, celebramos aquellas culturas, tradiciones o mecanismos mentales que tiendan a la liberación integral del ser humano. Una tradición opresora, por ejemplo la que admite la ablación del clítoris, no será tolerable por el simple hecho de que su origen no es occidental; intuimos que los emigrantes son “hombres a quienes tenemos por menos pervertidos   que a nosotros mismos, aunque esto sea poco decir, quizás por ilustrados –como nosotros ya no lo somos en los verdaderos fines de la especie humana (en sabiduría, en amor y felicidad humanas)”– (“No visiten la Exposición Colonial”, manifiesto del grupo surrealista, 1931); sí, pero ¿quién duda de que también esas culturas   son una acumulación histórica de rupturas de libertad y, desgraciadamente más a menudo, de largos períodos de esclavitud?
No nos corresponde, tal vez, a nosotros (occidentales) señalar las contradicciones de dichas culturas, cuando tanto tenemos que denunciar en la nuestra. Y viendo, además, que las críticas iluminadoras son realizadas, ya, por los hombres y mujeres a sus respectivas civilizaciones. Basta recordar aquí al grupo surrealista árabe de los años 70 que reivindicaba a la revolucionaria iraquí Kuralaín (lapidada en 1858 por luchar contra la moral islámica, la esclavitud de la mujer y la opresión social), grupo que, naturalmente desde el exilio, publicó la revista “El Deseo Libertario”, que, “a causa de su carácter vehementemente revolucionario, antinacionalista y antirreligioso, fue retirada de los quioscos y librerías de todos los países árabes” (Arsenal, nº 3).
(7) “Que no se inquieten los burócratas; en el hombre, el pensamiento mítico, en constante devenir, no deja de caminar paralelamente al pensamiento racional. Negarle toda salida es volverlo nocivo y llevarlo a irrumpir en lo racional que él desintegra (culto delirante del jefe, mesianismo de pacotilla, etc.)” (André Breton, Conversaciones, 1952).
(8) Más allá de las condiciones objetivas de miseria y represión policial contra los inmigrantes, nadie puede negarnos el sentimiento de ocio que causa esa presencia, una suerte de invitación a la demora en las plazas y en las calles de las ciudades, especialmente significativa en los pasillos del metro. Es revelador comprobar el anhelo del público por recrearse en esa “pérdida de tiempo” que, a buen seguro, hará que algunos se olviden, aunque sea por un minuto, de la crueldad implícita en el reloj y de la hora de llegada al trabajo.
Este placer, esta demora son una anticipación de esa ciudad maravillosa que puede llegar a ser si se generalizan y alcanzan su máximo esplendor las actitudes que reclamamos para el futuro, y que hoy ya nos muestran una parte de su rostro subversivo.

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