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Los días en rojo: Por un proyecto político de vida poética

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Hoy parece claro que la empresa de los revolucionarios consiste en hallar nuevas formas de liberación de los hombres y mujeres del mundo. Nuevas formas que, como dice F. Rosemont, “les liberen de sus represiones y que, en vez de ocultarles el horror omnipresente, puedan reconocerlo y así cambiar el sistema social que lo perpetúa”.

Procurarnos la realidad revolucionaria deseada con métodos racionalistas no parece ser hoy lo más eficaz. Como añade el propio Rosemont, “los argumentos racionales influyen en un número limitado de personas, durante un corto espacio de tiempo (…) Tratar de convencer a alguien, por medios racionales, de que abra los ojos a algo que es verdaderamente intolerable es doblemente ingrato: primero porque nadie quiere ver la horrible realidad tal como es, y en segundo lugar, porque incluso si se consiguiese hacerles ver algo de esa realidad, si se hace de forma racional, probablemente sólo serviría para aterrorizarles y paralizarles, en vez de moverles a la acción”.

Hoy nos parece que resultaría bastante infructuoso afrontar la ambición de emancipación humana sólo desde el punto de vista histórico, desde el análisis particular de la corriente filosófica revolucionaria correspondiente si en su perspectiva no está integrada la visión que al problema aporta el pensamiento poético, al que las primeras –valga decirlo– vienen enfrentándose históricamente de manera sistemática, ensanchándose una antinomia que debe ser derribada sin contemplaciones.

Hoy parece más cierto que nunca que la emancipación humana tiene una gran deuda pendiente con el pensamiento poético, o si se prefiere, con la intuición poética. No es posible cerrar por más tiempo los ojos al depósito revolucionario inmanente a este pensamiento, una de las más altas instancias donde la liberación humana se gesta, avanzando inseparablemente del mismo, como la sombra acompaña al cuerpo que la produce: inextirpable, se convierte en el reflejo de su luz, en la afirmación de su existencia.

Hablar hoy de revolución no es sólo importante sino decisivo, porque este diálogo opera una forma de resistencia que se enfrenta al desfallecimiento humano y de la historia. Pero si es cierta la necesidad de mantener este diálogo nos parece igualmente importante tomar conciencia crítica de la ausencia de condiciones ideales con las que ejecutar su consecuencia, condición indispensable para comprender que nuestras fuerzas no pueden dispersarse sólo en la formulación teórica, sino que deben ser destinadas a la estimulación y práctica de nuevos comportamientos que anuncien el principio de una realidad en agitación . Comportamientos cuya naturaleza poética y voluntad política vayan cartografiando el paisaje de una subversión mental a gran escala que procure la posibilidad futura de una insurrección generalizada.

Es aquí donde el pensamiento poético muestra sus cartas: reanima el sueño de la revolución al desencadenar una acción mental liberadora, es decir, una acción que rompe la argolla subliminal en la que ha sido enajenado el deseo humano, permitiéndole de nuevo intervenir activamente en el desentrañamiento del mundo.

La revolución empieza siempre por dentro porque está ahí abajo . En tanto que en esencia es de naturaleza activa, es decir, una acción del espíritu, el pensamiento poético guarda en sus entrañas el primer germen de la revolución: una revolución indispensable de las estructuras mentales que radicalice el diálogo entre la vida sensible y la vida social. No es posible oponer por más tiempo al conocimiento no racional y mítico del pensamiento poético la “única” providencia del análisis racional(ista) político, cualquiera que sea su expresión. De hecho, habrá que convenir que el resultado de esta oposición no ha conducido sino a abrir una gran brecha en la ambición humana de emancipación, por la que, cabe pensar, empiezan hoy a pasar con fuerza y mayor inquietud los más retrógrados y reaccionarios comportamientos socio-políticos. Si nosotros volvemos nuestra vista hacia el pensamiento poético, no lo hacemos con ánimo mesiánico, sino por percibir en su seno una gran capacidad de reencantación del mito de la revolución, una capacidad que se manifiesta en lo que le es más propio: su naturaleza visionaria. En efecto, una de las consecuencias mayores de la acción poética es la de la anticipación, en este caso, anticipación de unas condiciones revolucionarias nuevas dotadas de una dimensión utópica que nos haga recordar el futuro: a imagen de su naturaleza, la acción poética operará una práctica del futuro en el tiempo que nos es dado vivir, en oposición radical al tiempo que nos es dado soportar. Pues el pensamiento poético no está exento de contener una condición práctica desde la que desencadenar su acción allí hasta donde le seaimposible llevarla, y de la que habrá que añadir que, con independencia de los resultados inmediatos que procure, dará siempre la medida de su intervención en el mundo: la exaltación permanente de las potencias de transformación.

La revolución, por tanto, sigue pareciéndonos estar condicionada en un grado muy alto a la irrupción plena del pensamiento poético. Y este pensamiento, que en su expresión surrealista no ha dejado nunca de ponerse al servicio de aquella, parece hoy más dispuesto que nunca a exigir su intervención en el plano de la acción directa. Así, su invocación por nuestra parte es consustancial a una necesidad de generar una corriente de la imaginación desde la que iniciar el trazado de las nuevas formas de subversión susceptibles de ser interpretadas como una acción revolucionaria real.

Las condiciones actuales de existencia y vida nos obligan a un gran despliegue imaginativo que sirva para acortar la distancia que separa las ideas abstractas que alimentan el mito de la revolución de las acciones concretas que las ejemplifiquen. En este sentido, algunas de estas acciones deben ya operar como una estrategia que tienda a resolver este distanciamiento, acciones que avancen en su doble dimensión poética y política el sentimiento de fiesta, el humor, el erotismo, la ironía y también el desconcierto, inquietud y perturbación inherentes a un acto subversivo nuevo. Acciones, al fin, que incorporen una forma de desobediencia civil que se enfrente a la imagen de la autoridad, dirigidas (inspiradas) siempre por la imaginación todopoderosa puesta al servicio de la revolución.

A priori, nada indica que ciertas formas de actuación nos sitúen en la verdadera vida. Pero sí habrá que convenir que estas actuaciones se abren precisamente a otra forma de vida no necesariamente sometida a los condicionamientos de la necesidad, sino animada por el impulso del deseo. Es esta forma de vida, a la que sería preciso conceder carácter de movilización poética, la que hoy puede levantar un hermoso puente entre ciertas representaciones mentales de la utopía y su satisfacción.

La acción poética, por tanto, vendría a resolverse en una práctica vital en la que el mundo es aprehendido, lejos de pasar ante nuestros ojos como una realidad virtual. Se conseguiría de esta forma dar un salto decisivo en la posible transformación del mundo, en la medida en que, si la acción poética lo reinterpreta en todas sus dimensiones posibles, sean estas políticas, morales, psicológicas y sociales, sobre todo avanza esa posibilidad de transmutarlo.

En 1933 los surrealistas de París iniciaban una “Búsqueda experimental acerca de ciertas posibilidades de embellecimiento de una ciudad”. Edificios, plazas, monumentos, estatuas eran sometidos a una transformación poética que aliviara a “las ciudades de lo mucho que han sufrido a causa del horror al vacío”.

En las observaciones a las transformaciones operadas durante su juego experimental se presagiaba el destino nuevo de todos esos elementos que habitarán las ciudades: “objetos corrientes irán a eternizar en las plazas y en las calles el horrible recuerdo de un tiempo en el que el hombre luchaba con desesperación para satisfacer sus necesidades más elementales”.

Por no haber satisfecho aún su destino, el alcance de aquella propuesta cobra vigencia plena: su formulación irónica puede y debe hoy llevarse a cabo, y satisfacer así aquella experiencia mental con su aplicación práctica.

El impulso que nos anima a intervenir en la vida cotidiana (por ejemplo, la acción de plasmar sobre las paredes de algunas calles de Madrid constelaciones imaginarias; la transformación de ciertas estatuas elegidas deliberadamente; la procesión de fantasmas entrando o saliendo de un edificio en estado ruinoso, cuya única huella visible son sus zapatos adheridos al suelo) quiere cumplir y ampliar, con sus propios medios, el presupuesto abierto con la experiencia anteriormente referida, y también completar el doble objetivo que estimula la puesta en marcha de tales acciones.

Por otra parte, desacreditar el monolitismo de la realidad manifiesta (tal y como nos es dado soportarla), al introducir un elemento perturbador como vehículo que altere, a raíz del impacto visual, las relaciones de percepción típicas y provocar, a partir del campo de desconcierto visual creado, otro campo de desconcierto mental que pueda desencadenar una experiencia emocional de las más elevadas. Se trata, pues, de provocar un punto de fuga en el espíritu del paseante y abrirle así una posibilidad de superación de todo su aparato afectivo.

No dudamos, al respecto, que la sistematización de acciones de este tipo supondrían una seria amenaza al dominio que ejerce el principio de realidad sobre el principio de placer, causando una severa grieta en el edificio que lo sostiene y por la que el segundo insuflaría un aire nuevo a la liberación de lo sensible.

Pero si este primer objetivo define una voluntad de modificar los hábitos mentales de penetración de la realidad sensible, también ambiciona superar un sentido de belleza en el que subyace una evidente nostalgia del pasado, “nostalgia reaccionaria ya que se representa como el anhelo de la buena, la bella y antigua época” (E. Bloch).

En efecto, la gran mayoría de los elementos hoy destinados al “embellecimiento” de las ciudades (pero que sólo cumplen una función decorativa), acaban de convertirse en el arquetipo de un conservadurismo global cuyas nocivas ondas son proyectadas sobre los ciudadanos: es una forma de belleza que termina por erigirse en una categoría-modelo en la que es encerrada la vida sensible, una categoría-modelo que termina por llevar a ésta a un estado de sedimentación, o peor aún, de fosilización (con ausencia total de carácter bizarro, peculiar, maravilloso inherente a las piedras fósiles). Es una categoría-modelo investida de una condición divinizada, y por ello mismo, paralizante: cuanto más alejada esté la gran belleza de ser incorporada a la vida cotidiana, más eficaz será la parcelación de las emociones, menos posibilidad habrá de activar los mecanismos de transformación, sedados por el falso hechizo de aquella suerte de trampa subliminal. Por ejemplo, “las estatuas, casi siempre de individuos irrisorios o nefastos, están sobre pedestales, lo que les quita toda posibilidad de intervenir en los asuntos humanos y a la inversa. Se pudren de pie”. Es, en fin, la indiferencia emocional lo que reproduce esa categoría-modelo, la indiferencia que desde afuera impregna su ponzoña en los sentidos, desdén causado por la repetición diaria del mismo panorama pasando ante nuestros ojos, mecánica horrible que acaba por alejar a hombres y mujeres de sus sueños, de su curiosidad insatisfecha, de su avidez íntima por el relámpago nunca visto.

Las actuales condiciones de vida hacen que acciones como las que presentamos se lleven a cabo de forma grupal, es decir, por unos cuantos individuos y no por la mayoría, como sería deseable, pues su mismo origen profundo las dota de un sentido de participación general colectiva, sentido siempre ampliable y modificable por su misma naturaleza. Al nacer de un impulso de la imaginación creadora, estas acciones son también una reivindicación y una apelación a una forma de diversión inventada y libre que se opone, por su propio peso específico, a toda forma de deleite alienado/alienante. Forma de diversión que, hay que decirlo, encubre también una gran audacia: contagiar el ánimo de aquellos que no permiten sobre sí el horrible lastre del sopor cotidiano.

Por otra parte, no estamos dispuestos a permitir la confusión interesada ni el oscurantismo despreciable por parte de aquellos que quieran separar la condición de festival emocional de estos actos poéticos del carácter agitador y subversivo (al menos en su dimensión vocacional) de una acción política nueva. Al contrario, somos nosotros los que queremos confundir tales actos, de tal manera que desalienten a unos de ver en ellos un mero juego estético rápidamente asimilable y reducible, y a otros de considerarlos la consecuencia de un comportamiento vandálico punible y censurable. Este Gran Juego está destinado a la exaltación y catarsis de la vida emocional, sea esta individual o colectiva, Juego que sólo a los ciudadanos corresponde decidir sobre la forma de llevar a cabo, con entera libertad.

De esta forma, con la soberbia confesada que ello supone, ponemos la primera piedra en el desencadenamiento de un futuro más esplendoroso de las celebraciones colectivas: las fiestas nuevas, las fiestas futuras, habrán saltado de los calendarios laborales y se producirán espontáneamente bajo el impulso libre de la intervención ciudadana. Cada nuevo día será una fecha en rojo que muestre en estaciones de tren, estaciones de metro, plazas y calles la evidencia maravillosa de un deseo imperante, de un sueño audaz.

Por el Grupo Surrealista de Madrid:

Conchi Benito, Eugenio Castro, Javier Gálvez, Paco García Barcos, Lurdes Martínez, José Manuel Rojo.

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