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El pez sólo se salva en el relámpago

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"El pez sólo se salva en el relámpago" 
(César Dávila Andrade)

Todo lenguaje – y voy a referirme en exclusiva a las palabras - expresado fuera de sus límites institucionales – el libro, por ejemplo – se compone fundamentalmente de un vigoroso elemento subversivo, que implica, además, una relativa alta dosis de riesgo en su aplicación práctica – las pintadas callejeras -. Dejando al margen una taxonomía poco eficaz e innecesaria, y es claro que esta forma universal y primigenia de comunicación sirve tanto a los reaccionarios como a los revoluciona-rios ( y a toda clase de estúpidos), hay un tipo de pintadas-frases muy particular: aquél que se caracteriza no por su deseo (al menos manifiesto) de incitar a la revuelta contra, sino aquél que pretende socavar nuestra mirada, no para dejarnos ciegos, sino para dejar lustrosa nuestra retina.
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Son aquellas frases que, involuntariamente, nos sorprenden sin ánimo de lucro, a diferencia de los innumerables letreros comerciales, señuelos a veces exquisitos, otras veces incluso sorprendentes, que nos persiguen diariamente con inagotable avidez (para combatir semejante logorrea nada mejor que hacerlo a la manera en que lo propone José Manuel Rojo en su excelente artículo Tal es la poesía esta mañana, aparecido en el número 6 de la revista Salamandra).
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Poco importa que estas frases sean originales o no de la mano que las plasma, es indiferente que declaren su anonimato o lleven alguna rúbrica (por lo general, tan anónima como la falta de firma en las primeras). La comunicación, una vez superado el nivel mínimo de comprensión de las palabras, alcanza su estrato más profundo, que no es otro que el que se alcanza por medio del asombro por el asombro, aquél que nos sitúa en el límite de nosotros mismos, que nos hace dudar de nuestra propia credibilidad. Más allá de algunos muros está nada o está todo.
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Resulta conmovedor que en la era de las telecomunicaciones haya personas capaces de comunicarse - y de qué forma tan apasionada – escribiéndose, a plena luz, sobre los muros que limitan una calle cualquiera. Por ejemplo, en la calle Miguel Servet, en Madrid, fui testigo (y, seguramente, no el único) de una insólita e inédita historia de amor. Primero apareció la siguiente frase: Joel, te quiero, escrito en grandes letras rojas. A los pocos días hubo respuesta; justo al lado de la primera declaración estaba escrito: Bianca, yo te amo, también con imponentes letras rojas -como si la potencia acústica de estos ecos silenciosos estuviera en función del tamaño de la letra...-
 
Estas frases fueron borradas. Pero hace apenas dos meses, los amantes de la calle Miguel Servet reaparecieron, y con la sangre purificada; esta vez, el color de la declaración ya no era rojo, sino verde: Joel te sigo queriendo. - ¿será preciso recordar que Miguel Servet fue quemado en la hoguera por hereje; que fue él quien descubrió el papel fundamental que desempeña la circulación pulmonar en la purificación de la sangre?.
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Estas frases, en muchos casos extrañas, siempre fulgurantes, condenadas a desaparecer más tarde o más temprano de las superficies en que figuraban, sólo se salvan en su inmediatez y en su inutilidad, fundamento, éste último, básico de la poesía y de lo maravilloso. Si la palabra, de algún modo, es el principio del hombre, esta poesía por otros modos, este lenguaje, no ya desprendido de su función básica de comunicación, sino enfrentado resueltamente al lenguaje avasallador que sustenta al capitalismo, nos pone en contacto directo con el lenguaje vivo de los mitos, lenguaje éste que tiene como uno de sus principios esenciales relacionar a todos los seres y todas las cosas del mundo, no para adornarlo ni mistificarlo, sino para desentrañarlo. Este lenguaje proteico y escurridizo nos está invitando a saltar al otro lado del muro de la realidad para poder completar nuestra visión y comprensión del mundo.
 
Javier Gálvez. Publicado originalmente en la revista Salamandra 10.

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