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Órdenes son órdenes

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Durante el fin de semana del 20 al 22 de enero de 2005 algunos amigos surrealistas nos encontramos en Madrid para discutir una serie de cuestiones que requerían definitivamente nuestra atención. El domingo a ultima hora, justo antes de que tuviera que prepararse para coger el tren de vuelta a Sevilla, Antonio Ramírez lanzó, de forma esquemática, una última propuesta de acción colectiva: una deriva programada tomando como base el tipo de instrucciones que proporcionan habitualmente el Tarot o algunos mediums. Su idea era determinar una serie de condicionantes al recorrido, que serían del mismo tipo para todos, y que funcionarían, por ejemplo, de la siguiente manera: "Si se encuentra con una niña rubia cambie el sentido de la marcha". "Si cruza un coche rojo el grupo debe separarse", etc. El estado embrionario de la idea no influyó en el gran interés que despertó en todos nosotros.
 
Paralelamente y a la misma velocidad, al oír esta descripción caí en la cuenta de que yo, en el pasado, había escrito un poema en el que se daban una serie de instrucciones del mismo tipo. Imediatamente se lo comenté a Antonio, pero este me hizo notar que él no poseía ningún ejemplar del libro en el que este poema está recogido y que, por lo tanto, no había podido leerlo. Con prisas, buscamos el libro en la biblioteca de la casa en la que nos encontrábamos pero, por una razón o por otra, no logramos dar con él (como no podía ser de otra forma, el libro apareció fácilmente una vez Antonio se hubo marchado).
 
En concreto, a lo que yo me refería, era a una parte de uno de los poemas del libro La luz de los días. Ésta concretamente:
 
Cuando salga usted de aquí, encontrará algo que le recordará un triste episodio de su infancia, siga por esa calle y entre en el primer establecimiento que exhiba algo rojo en el escaparate. Allí escuchará usted una canción. Recuérdela. Tres años más tarde volverá a escucharla. La persona que en ese momento esté a su derecha será el amor de su vida. Y usted morirá por él.
 
Al día siguiente de la reunión, lamentando todavía no haber podido enseñarle el poema a Antonio, recordé de golpe que éste fue incluido en su día en el número 13-14 de Salamandra, por lo que Antonio había podido tener contacto con él, bien de forma directa, bien en una lectura apresurada.
 
Entonces, claro, el escenario cambiaba. Más tarde se pudieron establecer algunas hipótesis sobre el particular, que señalo aquí de forma esquemática:
 
1) Que se tratase de un fenómeno de azar objetivo, una cierta sincronización del pensamiento. Por sí misma esta posibilidad merecería por nuestra parte un análisis cuidadoso.
2) Que, efectivamente, Antonio hubiera leído el poema, prestándole poca o nula atención, y que ese hecho hubiera, en cierto modo, depositado una semilla dentro de él que le llevara al planteamiento de la acción colectiva.
 
Esta última posibilidad me exalta, ya que el hecho de que un poema tenga una consecuencia real y mensurable en la vida colectiva (en la forma de la deriva planteada) para mí representa, sin ningún género de dudas, lo máximo a lo que se puede aspirar como poeta, aquello que he buscado y en lo que he confiado ciegamente desde tantos años atrás. Las implicaciones teóricas de este hecho son evidentes, y no entraré aquí a especificarlas (lo haré sin duda en el futuro, pero por ahora se trata únicamente de narrar).
 
Así que después de comentarlo con otros amigos del grupo decidí escribir un mensaje a Antonio para comunicarle mi descubrimiento y esperar sus comentarios. Esta es la parte del mensaje que yo le envié referida a los acontecimientos arriba narrados:
 
Bueno, el motivo del presente mensaje es comentaros algunas cosas que me rondan la cabeza al hilo de esa propuesta que hicisteis a última hora de ayer, aquella en la que hablábais de hacer una deriva en la que se tuvieran algunas instrucciones más o menos apriorísticas (por decir una palabra). Recordarás que yo te hablé de que tenía un poema en el que se describía algo muy parecido. Recordarás también que convenimos en que tú no lo habías leído ya que no tenías mi libro. Y el caso es que nos equivocábamos ambos, ya que el poema está en el último número de Salamandra.... (míralo cuando puedas)
(…)
A mi entender, este hecho abre las puertas para realizar un trabajo muy interesante, tanto en tu caso como en el mío.(…) Yo creo que las implicaciones teóricas de todo esto, al menos en mi caso, son muy grandes, grandísimas. Yo escribo poesía con la intención de que revierta en la vida, de que tenga consecuencias directas en la vida. Si esto encima pudiera ser llevado a cabo en el terreno colectivo sería a lo máximo que podría aspirar como poeta. Por eso espero que comprendas mi alteración y que disculpes todo aquello que puedas encontrar en este mensaje de, por decirlo claramente, pretencioso.
 
Una vez leído mi mensaje y el poema, Antonio me contestó en los siguientes términos:
 
La verdad es que no se si leí el poema o no. (…) Desde luego la imagen que planteas es muy similar al juego/deriva que propuse, sea puro azar o sea la el producto de la germinación de ese poema en mi subconsciente, la verdad es que es un hecho fulminante de intromisión de la poesía en la vida, y que de algún modo nos vincula. Dices que ese poema no es tuyo, pero lo es, tanto como el juego que he propuesto y que espero que lo veas también como propio, como todo aquello que reivindicamos de la verdadera vida. Estaría muy bien que paralelamente a mi propuesta, tú le metieras mano a una reflexión por escrito sobre este asunto, lo está pidiendo. Es evidente que tu emoción al ver una manifestación del poema que escribiste necesita ser transmitido a los demás. Poco importa si es azar o una reproducción de un nublado recuerdo por mi parte, es, sin duda, una intervención de lo maravilloso que solo ha cobrado su sentido por dos chispas, tu acción de escribirlo (y elegirlo para Salamandra) y su transfiguración en mi imaginación en forma de juego. Por cierto, el primer rasgo que pude obtener de tu persona (física, no a través del correo electrónico) fue el de Javier Gálvez, pues por unos minutos le confundí contigo. Después, no se si te acuerdas bromeé con ese hecho, y os dije que por unos momentos habíais cambiado de cuerpo mediante la perspectiva de otra persona, esto también se asemeja al comienzo del poema del que estamos tratando. ¿Te habías dado cuenta?
 
La última parte de este mensaje hace referencia a algo que ocurrió a primera hora del sábado 21 de enero. Al entrar yo en el salón de la casa en la que nos habíamos citado, se encontraban ya en él Antonio Ramírez, María Santana y Javier Gálvez. Antonio y María no nos habían visto antes, físicamente, a ninguno de los dos. Aún así, estuvimos hablando unos minutos, alrededor de diez, dando por supuesto que todos sabíamos quiénes éramos. Poco después apareció Manuel Crespo, que, algo confundido, ya que él, al venir de Barcelona, tampoco conocía físicamente a todos los que iban a acudir a la reunión, me preguntó: "¿Y Javier, no viene?" Yo, sorprendido, le hice caer en la cuenta de que Javier estaba sentado a mi lado, y de que sin duda lo había tomado por Jesús García Rodríguez, que todavía no había llegado a la casa. En ese momento Antonio, entre risas, me dijo que él también me había confundido, creyendo que yo era Javier, y que Javier era yo. Luego me comentó algo así como "¡Por unos momentos has vivido con el cuerpo de otro, al menos en mi mente!". Dado que esta idea nos pareció inquietante a ambos la comentamos un poco, nos reímos y la olvidamos rápidamente.
 
La referencia que hace Antonio en su mensaje a la primera parte del poema del que hablamos viene por el texto mismo, que dice lo siguiente (las cursivas son parte del poema):
 
Extraño. Creo que tendré que irme de mi cuerpo para que me abandones. No me refiero a acabar con mi alma, a apagar la pequeña lucecita de la conciencia que se estudia en las escuelas, sino simple y llanamente a cambiar de cuerpo. Este de ahora actúa por defecto ante ti, se conoce demasiado bien el camino:
 
El texto completo del poema, pues, es el siguiente:
 
Extraño. Creo que tendré que irme de mi cuerpo para que me abandones. No me refiero acabar con mi alma, a apagar la pequeña lucecita de la conciencia que se estudia en las escuelas, sino simple y llanamente a cambiar de cuerpo. Este de ahora actúa por defecto ante ti, se conoce demasiado bien el camino: "Cuando salga usted de aquí, encontrará algo que le recordará un triste episodio de su infancia, siga por esa calle y entre en el primer establecimiento que exhiba algo rojo en el escaparate. Allí escuchará usted una canción. Recuérdela. Tres años más tarde volverá a escucharla. La persona que en ese momento esté a su derecha será el amor de su vida. Y usted morirá por él.
 
Hay que remarcar varias cosas, aun a riesgo de intentar definir demasiado.
 
Una, que este poema parece determinar el principio y el fin de nuestro primer encuentro personal. Y dos, que nunca he sabido a ciencia cierta por qué dispuse el poema de esta forma, ya que las dos partes fueron escritas separadamente y las junté únicamente porque pensé que debían estar unidas.
 
Está de más incidir en la petrificación que experimenté al leer este segundo mensaje, ya que yo no había caído en la cuenta de este hecho en ningún momento.
 
Después de todos estos acontecimientos, las implicaciones teóricas y prácticas que han motivado estos hechos están muy lejos de haberse cerrado. Muy al contrario. Sin embargo, este texto no pretende ser más que un avance de lo que en un futuro próximo significará la explotación de este suceso y de las consecuencias prácticas en nuestra vida que se desprendan de la misma (para empezar, en forma de deriva). Por nuestra parte podemos decir que, si bien no estamos aún en condiciones de detallar pormenorizadamente estas cuestiones, esto no va a quedar aquí.
 
Publicado originalmente en la revista Salamandra 15-16.

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