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En el verano de 1997

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En el verano de 1997 la curiosidad de conocer cómo era por dentro una construcción defensiva del siglo XVII, edificada sobre uno de los brazos del río Ill que bordean la ciudad de Estrasburgo, me impulsó a adentrarme en la Barrage Vauban, a la que accedí por un lateral a través de un gran vano. Muy cerca de la entrada, una vez en el interior, se hallaba, convenientemente señalizada, la escalera que conducía a la terraza de la construcción desde donde se podía disfrutar -según prometían los reclamos publicitarios- de una magnífica pano-rámica de la ciudad. Sin embargo, lo que nos llamó la atención a mi compañero y a mí, fue un largo y solitario pasillo que se extendía desde la citada puerta hacia las entrañas de la edificación y que parecía no tener fín. Según avanzábamos por el corredor, el frío, la oscuridad y un intenso olor a humedad acentuaban la sensación de desorientación, y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que a ambos lados del pasillo central se abrían, mediante grandes arcadas, una serie de amplias dependencias que contenían en su interior grandes estatuas de piedra: yacían allí amontonadas en desorden y sin ánimo museístico figuras de obispos, reyes, santos, procedentes con seguridad de las numerosas edificaciones religiosas de la ciudad, ahora olvidadas y separadas de nosotros por unas sólidas rejas de hierro. Enormes y herrumbrosas piezas de maquinaria -que intuimos pudieron ser utilizadas cuando el edificio funcionó como esclusa- ocupaban otras salas contiguas y formaban con las estatuas un conjunto extraño y desasosegante. Más adelante advertimos que el pasillo terminaba en una salida, en cuya puerta pudimos leer «Pasaje Georges Frankhauser», lo que parecía significar que el corredor fue abierto al público en el presente siglo y utilizado desde entonces para salvar el río en esta parte de la ciudad: las estatuas serían entonces maniquíes de gélidos escaparates.

Parecía evidente que en aquel lugar se mostraban signos del poder en sus diferentes manifestaciones: el de la monarquía absolutista de Luis XIV que había hecho construir la muralla para defender una ciudad conquistada- el edificio conservaba el nombre de su creador, ingeniero militar del Rey Sol-, el de la burguesía industrial decimonónica que le había conferido una utilidad diferente adaptada ahora a su rapiña economicista -la Gran Esclusa-, y finalmente las huellas del dominio espectacular que ha hallado en las posibilidades alienantes de la industria cultural un sustituto de la trascendencia de lo sagrado representada por la religión (aquí aprisionada bajo las pisadas de los turistas que profesan el culto del arte).

Sin embargo, esa realidad negativa que parecía concentrarse en aquel lugar, quedó suspendida durante el tiempo de emoción pura que duró el recorrido del pasaje -instante de reaparición de la vida exiliada- durante el cual las sensaciones encontradas de temor y sobrecogimiento, de goce teñido de humor ante la contemplación de la naturaleza de los personajes enrejados, de alivio ante el hallazgo de la salida, devinieron en vivencia maravillada a la vez que conspiratoria, vivencia particular, pero susceptible -a mi modo de ver- de propagarse combustiendo los restos de la experiencia colectiva aquietada y de contribuir a la generación de nuevos sentidos.

Publicado originalmente en la revista Salamandra 10.

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