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El arcano del diablo

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En Julio de 1999 viajé a Buenos Aires, ciudad de Carola. Nuestra hija, Sol, había nacido seis meses atrás y se daba la casualidad de que en esas fechas estaba previsto el parto de la primera niña de mi cuñada Julieta.
 
Aunque aún no conocía personalmente a ningún miembro del Grupo surrealista de Madrid, ya me sentía casi uno de ellos. Acababa de publicarse el número 10 de la revista Salamandra, que incluía un poema mío Metempsicosis, y aproveché la estancia en Argentina para encontrarme con Silvia Guiard, que me trató muy cordialmente.
 
Suelo utilizar el tarot para ampliar el campo de mis meditaciones. No me interesa tanto la adivinación como la contemplación introspectiva obtenida por el estudio de las figuras de los naipes y las sensaciones de atracción o repulsión que provoca su visión.
 
Utilizo un método muy simple: distribuyo los veintidós arcanos mayores boca abajo en dos filas paralelas, miro los dorsos de las cartas y levantó uno, que me suele proporcionar una clave a la pregunta efectuada.
 
Han pasado algunos años desde este suceso hasta que me he decidido a escribirlo, aunque bastantes personas lo escucharon a lo largo de este tiempo. Me daba pudor por su espectacularidad.
 
Una tarde cuando estaba sólo en casa de mis familiares, decidí interrogarle acerca de mi momento poético. Estaba escribiendo nuevas poesías y quería saber sí esa aventura era conveniente para mí, si podría ahondar con mis versos en una verdad radical.
 
Salió el arcano 15: El diablo. Representa la violencia, el choque, el accidente, la experiencia sobrenatural.
 
Me pareció que la irrupción, por su carecer ominoso, no se correspondía con lo cuestionado. Así que, contraviniendo mi costumbre, barajé y repetí la tirada. De nuevo El diablo.
 
Sentí cierta alarma y desasosiego. Por tercera vez hice la prueba. El diablo fue la carta levantada, pero esta vez, coincidiendo con ella se oyó un gran estruendo acompañado de un movimiento de toda la casa. La Lámpara se balanceaba.
 
La angustia se apoderó de mí. Pensaba que el tarot me estaba advirtiendo de algo. En pocos días debíamos regresar a Barcelona, y yo enlacé las tres consultas con el vuelo en avión.
 
Resolví que no regresaríamos. Estuve largo rato pensando en cómo convencer a los míos de que algo nefasto podría pasar, que había un aviso cierto.
 
Tras mucho rato de deliberación, me di cuenta de que en ningún momento había tratado acerca del viaje, de que la carta se había ofrecido por su propia voluntad.
 
Con mucho miedo, me dije que debía afrontar una última posibilidad en la cual dirimir la conveniencia o no de volar, y que no embarcaríamos si el naipe no fuera inconfundiblemente positivo. Levanté. El sol: paz, Augurio favorable, éxito.
 
Más tranquilo, juzgué que lo sucedido debía de haber tenido que ver con el terremoto anterior, y que a nosotros nada nos ocurriría.
 
Curiosamente, cuando los demás volvieron, no habían notado movimiento alguno. Por lo que pude ver, las noticias no recogieron el suceso.
 
Olvidé aquello. Entonces trabajaba mucho. Las preocupaciones y la rutina sepultaron la experiencia.
 
Un mes después, exactamente el 31 de agosto de 1999, vimos en televisión que un avión de la compañía Lapa había rebasado la pista del aeroparque Jorge Newbery, cruzando a gran velocidad una avenida y estrellándose en un campo de golf, en el que es, hasta la fecha, el peor accidente de la historia de la aviación argentina. Hubo 78 muertos y muchos heridos.
 
El aeropuerto es uno de los pocos del mundo situado en un casco urbano. En el barrio bonaerense de Belgrano, el mismo donde se ubica el departamento de los padres de Carola en el que vivimos el mes de julio anterior a la catástrofe.
 
Originalmente publicado en la revista Salamandra 15-16.

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