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Garraf

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1.
No cesa la poesía de la tierra jamás.
Keats
 
No permitamos que nos sustraigan la parte de la naturaleza que contenemos.
No perdamos ni un estambre de ella, no cedamos ni un guijo de su agua.
René Char
 
 
Es verificable una crisis de la mirada, del órgano quizás más apto para agrandar la franja de lo verdadero y despertar a lo yacente; su banalización, que a medida que ha ido proliferando la oferta de imágenes y éstas perdieron sustancia y gravedad, ha sufrido el progresivo adelgazamiento del ángulo de lo perceptible, hasta llegar a la planitud característica de lo visible actual, cuando es escasa la relación de la pupila con el horizonte, debido a que muchas sensaciones están ya diferidas y son vividas por delegación desde el sillón de espectador que ha sido asignado a cada cual –generalmente con la aprobación entusiasta o cuando menos con la pasividad del público-, y también a las mínimas posibilidades de relacionarse con un entorno natural, sobre todo si éste no se corresponde con las postales promocionadas por las agencias de turismo, si su pobreza aparencial no le hacen apto para divulgarse como destino de vacaciones o si hay que visitarlo aprisa, durante el deleznable margen que el trabajo concede al descanso.
 
Cuando los acontecimientos, tan inclementes como brumosos, desfilan frenéticamente y debemos obligatoriamente pasarles revista, cuando las horas pertenecen a una empresa que nos exige creatividad, es normal que el agotamiento fuerce a pensar que ya no hay nada que ver, salvo el monitor.
 
Al modo de los adolescentes con su cuerpo, la relación con las imágenes es bulímica. Se devoran vorazmente, se evacuan con asco y dejan en la retina un enervante vacío.
 
Esa apatía es cara a la corriente social que acepta lo dado como lo mejor posible. No en vano, se ha implantado en la psique occidental un discurso pesimista según el cual somos epígonos, moradores de una era terminal, los ojos bien abiertos a los desastres provocados por la tecnología y una tierra vengativa, y cerrados para la contemplación amorosa de las iluminaciones que advienen a diario y que tienen un poder convulsivo. La “magia cotidiana” de la que habló Breton.
 
No obstante, si alguna de las actividades humanas mantiene todavía intacto todo su prestigio y atesora en ella el principio de la libertad, es la de deambular sin rumbo ni destino, dejado de sí el paseante, cediendo al capricho y a la esperanza que los encuentros deparan. Quien alguna vez se ha aventurado por callejones intransitados, en pos de algo fugaz; o entre la maleza y los desperdicios de un descampado, tan sólo porque invocaba de ese modo la niñez y los juegos que adquirían para su desarrollo una solemnidad trágica; quienes hollan las arenas de la playa en invierno, únicamente porque en el rompiente oyeron una llamada, contrastada en huellas que a ningún destino arribaban o se embelesaron con los racimos de moluscos similares a constelaciones, han sentido el placer de adueñarse de su propio tiempo sin preocuparse por su utilidad. A veces, han visto. Dieron con su oro. 
 
Conservamos la sustancia agreste, seguramente emanada del núcleo de las células, de la vida como transcurso y como una tonada familiar y reiterada, compartida entre lo viviente –y todo, hasta lo inanimado, respira-.
 
Una melodía lo relaciona. “Estribillos tontos, ritmos ingenuos” (Rimbaud) de las estaciones, enlazadas por secuencias nunca idénticas, variaciones sobre el mismo tema, y una indiferencia de la que participa también el dispendio de lo desatado en persecución de una coherencia por el momento perdida: las tormentas o los movimientos sísmicos.
 
“Desperdicios sembrados al azar, el más hermoso orden del mundo”, escribió Heráclito de Éfeso, juicio que adquiere hoy verosimilitud cercana a la hipótesis.
 
Teorías científicas, siempre retrasadas con respecto a las intuiciones poéticas, como la de Gaia, consideran la superficie del planeta, no como lo que posibilita la vida, sino como parte indivisa de ésta; y el manto de aire, la troposfera, como su sistema circulatorio. Según el denominado “Mundo de las margaritas” de Lovelock, modelo matemático que reproduce un astro simple poblado por margaritas blancas y negras que crecen según distintas temperaturas y calentado por un astro con radiación térmica constantemente creciente, queda claro que el sistema se autorregula como consecuencia de los bucles de retroalimentación entre los organismos y el entorno. Así, se sabe ya, todo, incluido el hombre, interactúa constantemente, nada ni nadie se sustrae al perpetuo cambio que conforma el lugar al que la vida se adapta en ciclos de flujo y reflujo.
 
Pero además, el ser humano trasciende sus impulsos: imagina; presiente, una voluntad de perfección prefigura sus acciones. Siente el afuera poroso, como un proceso en el que cabe influir.
 
Senderear los roquedales, errar en las calles de villorrios deshabitados, otear el panorama desde una roca, favorece una confianza que aúna al paisaje por medio del deseo, por una afectividad a-racional de la que la personalidad, ese barniz externo que se pretende único, comúnmente se protege, creando un ambiente propicio a la irrupción de ese todavía-no-sido que con ninguna rememoración se familiariza, que está oculto aunque “en la punta de la lengua”, que arde adentro y que se sospecha al borde de la corporeidad y cuyo signo se constituye de azares y coincidencias, deslizamientos de los fenómenos que no son en absoluto tan ocasionales como puede juzgarse a primera vista, sino que es más bien la excepcionalidad con que las mentes de nuestros días se disponen a su advenimiento lo que les confiere su índole de rareza.
 
Por mi parte, puedo decir que estos instantes álgidos, y que también poseen la nostalgia de lo incomunicable, en los que las cosas parecen resplandecer y querer partir de su recinto, me son familiares, y que no los creo fruto de una inspiración particular, de una facilidad superior a la del resto de la gente para la visión y el sobresalto, sino que los sé patrimonio común a todos. Su emergencia es debida a unhambre que porta a la rebeldía y la curiosidad, por las cuales es forzoso contraponer, a una realidad achicada ante la costumbre y en gran parte absurda, siempre cruel, esa otra Realidad en la que participa también lo concebible y aún indefinido y aquello que desgobierna, pues insólitamente concuerda con nosotros, a quienes parece dirigirse en exclusividad, en una hora sin hermanas, y que desmiente la seguridad supersticiosa con que nos abocamos al destino.
 
No pretendo, sin embargo, enfatizar las posibles analogías e interpretaciones simbólicas suscitadas por tales hechos, más allá de las notorias, a las que tampoco he querido sustraerme, sin pretender con ello cerrar su significado y dinamismo, sino a lo sumo, ilustrarlo. Creo que la asepsia –y la fotografía desnuda, el uso de la cámara como herramienta certificadora- hablarán más claramente de lo que pudiera hacer yo mismo. 
 
 “Si aún tengo gusto por algo/ es por la tierra y las piedras”, se lee en el poema de Rimbaud “Fiestas del hambre”. El recado de estos versos del poeta vidente por excelencia, que como pocos intuyó el desarraigo de lo puro y simple del hombre-animal sometido a la proletarización masiva y la ubicuidad de la economía de mercado, que entonces alboreaba y ahora es paroxística, grita hoy su urgencia.
 
En efecto, ya es imperativo: frente a lo virtual e insulso, hay que palpar lo directo y sensual, asegurarse de que “esto existe”, agarrarse a alguna certeza no uniformada aún. Retomar, aunque parezca modesto, el cauce de lo elemental que los procedimientos sofisticados obvian, tal vez para amagar su insipidez, o su maldad.
           
La comarca catalana de Garraf no posee atributos peculiares que la hagan sobresalir con respecto a ninguna otra que goce de la presencia del litoral y de algunas colinas, de talla y vegetación adusta.
 
El mar delimita la zona, que a sus espaldas ve elevarse los acantilados del macizo calcáreo, que la acorralan, alzados hasta la estepa desnuda y duramente erosionada; un paisaje mísero y blanco cuyo perímetro define el horizonte, contrapunteado por algunos pinos retorcidos, plantas aromáticas de aroma juvenil, pitas, lentiscos y palmitos, aferrados a las grietas de un pedregal surcado subterráneamente por arroyos y grutas con estalactitas y estalagmitas, invisibles para quien va por la superficie, pero que se perciben en forma de ecos, la inestabilidad del terreno, los pozos o los silbidos del aire al introducirse en los agujeros de los riscos, asiduamente azotados por vientos que les hacen susurrar mientras, verticales, miran los calveros circundantes.
           
 
Paraje habitualmente solitario, morado antaño por asentamientos humanos esporádicos, que uno adivina constituidos por aventureros, perdedores habituales y centinelas apostados en rudimentarias atalayas al acecho de los piratas que durante siglos saquearon las costas; individuos marcados por lo inhóspito de un medio al que había que enfrentarse con valentía.
 
Al carecer de historia documentada, circulan por la campiña de Garraf leyendas y dichos vagos, que incluyen hechos paranormales –a la antiguamente abandonada masía de la Pleta, de la que una vez nos expulsó un enjambre de abejas que no atacaba más que en la casa, aunque no estaba ahí su panal, acudían aficionados que juraban haber obtenido en sus salas psicofonías-.
 
Se cuentan matanzas pasionales y a veces, se da el descubrimiento macabro de cadáveres, arrojados a los barrancos con la creencia de que nunca iban a ser hallados.
 
Ese humus mítico contribuye a que el explorador presienta el escalofrío de lo enigmático. He comprobado la atracción sentida por quien por allí circula. Los cuentos, al parecer, lo saturan.
 
Lo cierto es que es fácil sufrir inclinación hacia ese territorio –hablo de sufrimiento porque tal fulgor tiene algo de fatal, de obligatorio-, manifestada, en ocasiones, por vía del apremio a visitarlo que paulatinamente va apoderándose de mí.
 
Me he acostumbrado al Garraf desde mi ventana. Atender, no solo a las cicatrices producidas por las canteras que lo explotan y la especulación inmobiliaria, sino también a la sinuosidad de sus lomas, moteadas por coníferas; a las manadas de gaviotas que hacia él vuelan decididas, guiadas de una resolución instintiva; a las nubes tormentosas cernidas en las cumbres y las estrellas fugaces, que en las noches de verano caen desde el firmamento a su centro; prodigios que se yerguen acometiendo la calma, que imantan porque parecen conducir a alguna revelación, no estática ni extática, sino activa hacia lo no trillado.
 
Se asciende por una carretera abrupta. Enseguida se dejan atrás los últimos chalets y domésticos jardines. Mientras, los ojos se enredan en la masa marina, cuya óptica se amplia soberbiamente, de manera que desde esa elevación es perceptible una grandiosidad que la vista a ras de orilla escamotea. El mediterráneo es un gran cuerpo durmiente que simula, en la playa, ser amistoso, pero desde el escarpado se aparece como el llamado perenne a la peripecia.
 
Las simas atravesadas por la estrecha senda tienen algo de iniciático, unos peligros que hay que sortear para arribar a la meseta, inaugurada por una pequeña arboleda, a cuyo pie es grato detenerse.
 
Sin embargo, en contraste con la pastueña belleza de ese coto, los ladridos de centenares de perros asustan hasta paralizar. Hay, en las inmediaciones, un centro de acogida de animales abandonados. Y su cementerio. A medida que me adentro, la estridencia aumenta hasta un grado insoportable, en el que el miedo se impone a la ambición y, pese a ver el vallado tupido, y las fauces impotentes mostrando su ferocidad tras él, huyo de allá aprisa. Desasosegado, doblo a la izquierda, hacia el centro del pinar, caminando entre los matorrales, de los que se escapan zumbidos.
 
En un claro, controlando la cornisa marítima, alguien ha colocado una rama parecida a una cornamenta cabruna, clavada en un cúmulo de piedras. Alrededor, hay una botella de licor y cervezas.
 
¿Qué ceremonia se ha celebrado? 
 
Pienso en un aquelarre.
 
El diablo, según Cirlot; “integra a los cuatro elementos: sus piernas negras corresponden a la tierra y a los espíritus de las cavidades; las escamas esmeralda de sus flancos aluden al agua, a las ondinas, a la disolución; sus alas azules, a los murciélagos, por su forma membranosa; la cabeza roja se relaciona con el fuego y la salamandra”. La única vía de acceso al parque ataja por la urbanización “Rat penat” (murciélago), el resto de relaciones acuáticas y anfibias resultarán evidentes al lector.       
 
Los tonos de la flora abundan más en pardos y marrones que en verdes. Son características las defensas de espinas, motivadas por una sequedad que aumenta los sonidos de ramaje tronchado y del arrastrarse de alguna bestia que al escuchar pasos huye precipitadamente. Tal vez ello contribuya a la agudización del sentimiento: de repente, cesa la tibieza, impera la cara y la ceca, el porvenir parece presto a dirimirse en un segundo afortunado o aciago.
 
Una larga serpiente cruza a mi lado vertiginosamente. Imposible fotografiarla. El céfiro, al soplar en mis hombros, susurra sílabas, arrulla, injuria. Parece, más que humano, alguien sobrehumano divertido con el desconcierto. Las pitas suelen estar heridas, picoteadas por los gorriones o las pequeñas rapaces, quizás mordisqueadas por animales. Algunas improntas guardan curiosas semejanzas con insectos posados en sus hojas: su negativo, tatuaje, detención.
 
Los cúmulos y los morados cirros indican el punto más alto, la cima del Rascler. Los helechos invaden los márgenes de la ruta, en una constatación de su supremacía y perdurabilidad; se amontonan en un lírico abigarramiento, perfectamente involuntario.
 
A mediodía, es visible la luna llena.
 
El espacio es desacostumbradamente amplio. Abre mundo.
 
A la derecha, descubro una vereda pedregosa y polvorienta, en la que nunca antes reparé. Se interna en el zarzal y cesa.
 
Veo, a alguna distancia, los restos de una muralla redonda, frente a pleamar. Es resaltable el sentido altamente estético del sitio y la torre: lo grácil de los tabiques, construidos con una técnica intuitiva, que aprovecha para su equilibrio las aristas de los irregulares ladrillos, que no estaban unidos por argamasa alguna. Se aguantan unos a otros por su peso, relajadamente. Y su ubicación no es, seguramente, el mejor punto estratégico, ni ofrece gran perspectiva, pero sí un recodo tibio, resguardado de la brisa, y, por tanto, silencioso, donde debían pasar ratos perezosos, morosamente gastados en la languidez y la duermevela; en ensoñaciones diurnas, castillos en el aire; en frugales comidas, confidencias y chanzas interrumpidas, alguna vez, por la horrible sorpresa de un velamen enemigo y la angustia de saber que de la correcta emisión e interpretación de unas señales ante causas perturbadoras, puede depender el futuro.
 
 
2.                                                                                       
                                                                                               ¡Ha sido recobrada!
                                                                                             ¿Qué? La eternidad.
                                                                                                      Es el mar unido
                                                                                                                      al sol.
                                                                                                                Rimbaud.
                                                                                
 
                                                                                LOS CABOS, tiesos de agua salada:
                                                                                                                                el gran
                                                                                                      nudo blanco – esta vez
                                                                                                                     no se desata.
                                                                                                                        Paul Celan.
 
Pobreza y sencillez son privilegios de lo auténtico. Ahí, en la inclemencia de lo despojado, gusta a lo misterioso asomarse; o tal vez se atisbe mejor porque en lo descarnado nos sea más fácil perseguirlo que zigzagueando con los sentidos distraídos, aturdidos por neones y pantallas.
 
 La soledad y ciertas energías sensibles en el eco de las pisadas, los gatos que se van al acercarnos, el tintineo de los mástiles de las embarcaciones de recreo cobijadas en el puerto, la acumulación sideral de conchas, el destartalado edificio del apeadero, de exagerado lujo para una estación testimonial, donde apenas se detiene algún tren de cercanías, avisan, en ciertos lapsos sugerentes, de la hora crucial en que lo que circunda parece crecer, lo mudo balbucea y los objetos dejan de resistirse.
 
 Parece inútil conservarse, y es preferible adoptar el ánimo de la esposa del “Cántico espiritual” de Juan de la Cruz: “diréis que me he perdido; / que, andando enamorada, / me hice perdidiza, y fui ganada.”
 
Se está, entonces entregado al ámbito intersticial, a las múltiples quebraduras, a vestigios en general desapercibidos y a encuentros, de los que no se diría que son casuales. Se aguarda algo esperable, diferente, una promesa de mejoría. Lo ocurrido desde ese momento es trascendente, aunque su mensaje sea inaudito, pero la conjetura acerca de su valor redobla adentro, hasta alcanzar certidumbre: es la vida, en su inmediatez y su lúdica alegría: la verdadera vida ausente.
 
Donde la pared del acantilado cortada a pico ruge contra el oleaje se configuraron pequeñas calas de rotundos nombres, como la cala Morisca, o la Del home mort (Del hombre muerto); o como el área comprendida entre el Pas de la mala dona (Paso de la mala mujer) y la Punta dels Corrals (Punta de los Corrales) en la que se ubica la aldea blanca de Garraf.
 
La pequeñez del pueblo y el relativo desconocimiento por parte de los turistas –hay un único hotel, de dudosa comodidad y cerrado durante el invierno- hacen de este núcleo un lugar de veraneo para las familias que, por herencia, disfrutan de las “botigas” de madera, pintadas de blanco y verde, que dan a la playa en forma de hoz.
 
Fuera de temporada, son pocos quienes, pese al encanto, se atreven a residir. Disuade la precariedad del transporte público, la falta de comercio, la humedad gélida y los constantes vendavales que causan frecuentes cortes de electricidad. Las distracciones sociales, por lo demás, no abundan.
 
Tan sólo hay un bar y casa de comidas, decrepito y entrañable, y un restaurante con pretensión gastronómica. La altura de las casas no supera los tres pisos. Gran parte de ellas dan al mediterráneo, que se comporta con alguna violencia, en combate contra el farallón.
 
Por estas descripciones, se deduce que deambular por Garraf en otoño, mientras hiberna, desde las alturas de su plaza consistorial a las dunas, faculte para prestar atención a los presentimientos que la lentitud alumbra; “intercambios misteriosos entre lo material y lo mental” (Breton) a los que la gradación luminosa, tan variable en la costa, y los espejeos del sol al rozar las crestas de las olas, no pueden ser ajenos.
 
Desde aquel día de agosto, tranquilo y fresco, cuando redescubriera ese sitio en una excursión junto a Conchi Benito, Eugenio Castro, Carola y la pequeña Sol, he sentido inclinación por el lugar. Una última visita con Eugenio, tan hechizante que anduvimos mudos, terminó de convencerme de la necesidad de involucrarme a ese enclave.
 
Para entrar a Garraf por carretera hay que salvar el túnel del ferrocarril, dejada atrás una alucinada mansión modernista, erigida por Gaudí junto a los cascotes de una torre defensiva. De nuevo el recelo al otro, que navega para el infortunio, la muerte venida desde el océano nocturno; así como lo inédito de una fuerza que trae la alteridad que disocia, ante la que se levanta un decorado en el fondo ineficaz, porque esas defensas se explican mejor por la curiosidad ante lo extraño que por su pretendida función de bastión inexpugnable.
 
Franquear el paso trae la reminiscencia de superación de alguna prueba concebida para la alteración de la conciencia, que se dispone a lo novedoso. Es reseñable la transición desde una obra de ingeniería –asfalto, hormigón, semáforo- a lo salvaje. Desde el lado sombrío, al afuera lumínico de la cal y el cielo expandido. Ya no es la traslación física, sino el movimiento hacia la apetecida intensidad: aurora.
 
El paseo se inicia en el punto más alto, donde el dominio del monte es total. Asoma por encima de los tejados y aprisiona las casas. 
 
Está, además, la vía de tren acotando el paso. La claustrofobia obliga en una única dirección, que rodea los edificios por detrás. Es un descenso paulatino hasta las aguas, lustrales y rítmicas, que se ven auxiliadas por el aporte de las fuentes subterráneas que desembocan allí, como la de La Falconera, cuyo arco negro se hunde en la roca, que vierte 500 litros de agua dulce por segundo y cuyo cauce está aún inexplorado.
De la presencia humana y sus construcciones, a su ausencia, como una caída a los lagos del inconsciente. En efecto, a medida que se camina, la fascinación apoya la fuga de la razón acotada, para la cual todo es suma y resta; y una lógica opaca se encarga de conectar lo encontrado con cadencia onírica. Por necesidad y goce.
 
Es gustoso dejarse ir. Presenciar, participando de él, el abatimiento de la realidad ante un mundo recreado. Se comprende, emotivamente, que aún tenemos mucho por delante, que el asalto de unos fenómenos, antes ordinarios y ahora importantes correas de transmisión, nos transforman. Es el momento germinal en que la existencia se sacude su triste pátina.
 
Deambulo por las dársenas y los amarres, deteniéndome ante algunas flores y cactos, zambulléndome con el corazón en la marea. Transito el rompeolas, y mis pies deben adaptarse a las moles dispuestas para detener los embates, recuperando una función ancestral y casi atrofiada. El Ponent, el Garbí, algún viento frío, que no cesa de soplar, me revuelve el pelo, roza los oídos, hace lagrimear.

El espíritu se predispone a lo mágico, le da carta blanca. Sobre el techo de una construcción del puerto, visible desde la calle, veo un cabo tirado descuidadamente por alguien. Me sorprende su similitud con el perfil de una salamandra, parecido que llega a incluso a la imitación de la postura del animal en la portada de esta revista.
 
Raras exigencias me impulsan a subir. Luego, a la playa. El pulso, los latidos, irradian cada vivencia. Decido rápido. Las cosas fulguran y no quiero perderme nada. En el asfalto hay dibujada una flecha de dirección. Me obligo a seguirla. Debo bajar por unas retorcidas escaleras de caracol. Veo una pared desconchada, el gris cemento que ha hecho saltar el yeso me hace evocar un submundo, lo que se amaga tras la apariencia. En el tabique se pintó una cruz roja. Alarma.

Un pequeño recinto circular, incongruente, de unos tres palmos de altura, que debía haber tenido alguna función en algún chiringuito hoy en desuso, está emparejado a la casamata que fotografié poco tiempo atrás. Junto a la abertura encuentro una prenda íntima femenina encarnada y una puerta herrumbrosa, que conserva una estela pintada con los colores del arcoiris y la inscripción incompleta: “ito”. Cerca, unos adhesivos de una marca de helados en un puesto cerrado de los que quedan legibles las sílabas “igo” y “go”.
 
La mirada es alimento. Los datos son simbólicos, poesía que se manifiesta en los bordes de lo visible.

Un perro viene a saludarme. Se interesa por mi labor fotográfica. Me acuclillo hasta su estatura. Curiosea mi mano tendida. Se establece una simpatía entre ambos. Da una vuelta por los porches de las casas. Me olisquea. Se va.

 A unos cien metros, en medio de la playa, un perro de plástico, que alguien ha colocado en un pequeño pedestal.
           
Algunas estructuras pétreas persisten en su postura inverosímil, sin que la erosión del salitre haya podido vencer su deseo extravagante de unicidad. Como todo lo inmemorial, posee tensión para aportar restos de tinieblas, pretéritos estados preconscientes, un balbuceo previo al lenguaje.
 
Hacia el oriente, el hotel y el bar cerrados sugieren ruinas de civilizaciones enterradas, monumentos decadentes. Hay pintadas groseras, intraducibles, turbios garabatos, latas, cenizas de hogueras, papeles, malas hierbas, la frase borrosa que nombra al improvisado vertedero: “Bahía de cochinos”.

Del otro lado, busco el rayo verde en el velo argentino de la tarde, que refulge en los metales. Haces de luz dorada y azulina resbalan sobre los guijarros, que al asimilarla se metamorfosean en joyas y en las conchas vueltas monedas; haces que iluminan a la pareja de ballenas, que dibujadas en la pared con cierta gracia, aproximan sus labios. Una de ellas pregunta, la otra responde: “Sí”.

Publicado originalmente en la revista Salamandra 15-16

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