Se encuentra usted aquí

Litoral: Oráculo

Versión para impresiónVersión para impresiónVersión PDFVersión PDF

La memoria de la ola:
El blanco esqueleto del pez
Junto a la barca abandonada.
Lo que trae, lo que lleva,
Lo que no llegó nunca.
Enrique Molina, Las nubes no retornan.
 
I. LITORAL
La inteligencia calculadora se ha hecho cargo del hombre pretendiendo encarnar su totalidad al reducir la experiencia –estar en el mundo, respirarlo, recibir su exhalación– a objeto clasificable sin relación alguna con el misterio y lo abierto. Se quiebra así la articulación interna del sujeto, un eje crucial que nos aunaría al acontecimiento. Sin embargo, aunque el ser humano sea ya espectador desangelado y recluso de la parte blanca de sí mismo, un rescoldo se mantiene en la hondura y en profundidades abisales de la psique palpitan trazas de pensamiento mítico, una convicción de que su origen se sitúa en un acrónico más allá, horizonte de poesía realizada que encanta la vida al dejarla derramarse como fragmento de un universo extático y formando parte del alma global. Esta irresistible energía no podrá perderse, persiste por más que la sociedad procedente de la revolución industrial y de consumo desaforado intente arrumbarla en terreno yermo, donde lo espurio se pudre alegremente al raso.
 
Albergamos un sentimiento poético de lo originario, ya que somos la acumulación de innumerables generaciones, de modo que es posible todavía sentir vivamente, abolida la realidad inmediata y liberadas las cosas de su apariencia, la inexplicable importancia de una piedra hallada, del alma del viento que planea sobre el agua ayudando a la disolución de lo “demasiado humano”, nuestra cara diurna; asustarse del extraño mensaje portado por unos rostros esquemáticos aparecidos en un atardecer. Tesoro que aflora, imagen avasalladora.
 
Parte fundamental del ser está inscrito en un pre-sentir ajeno a límite y cálculo, sin pertenencia a un espectáculo pasivo, donde el mundo se descubre y es visto como por primera vez. Ámbito que se sitúa frente a un saber científico que cercena la angustia de lo ingobernable mediante la acotación del terreno y las teorías que traban la telúrica revelación de la tierra y su modo de hacerse presente, allá donde el lenguaje pierde precisión y se arriesga la mudez. Ahí las cosas dejan de ser manipulables, no se presentan macizas para agotarse a la luz sino que, por resquicios, protegen su enigma, penumbra que agiganta hasta lo ínfimo. Se destapan y se gozan emancipadas de la adecuación convencional entre sujeto y objeto. Apuntan a una relación de mayor calado: un mutuo llamado de atención encauzado a la raíz nebulosa.
 
Pero el devenir estrenado con la revolución industrial es el del repliegue del bien tangible, herramienta elaborada a conciencia y con pretensión de duración, y la eclosión de la mercancía, ya incluso virtual y ubicua, y del marchitar de la plenitud física debido al embotamiento y saturación de los sentidos; es la narración de la victoria de un recinto unidimensional, únicamente provechoso para el desplazamiento irreflexivo, pues fuera de la pantalla nada hay de admirable. Es una civilización ectoplasmática, narcotizada, donde una masa mermada se mueve según la pauta, casi sin esfuerzo, deseosa de alcanzar una ingravidez que niegue también su cuerpo, último eslabón de una ficisidad imprescindible para implicarse en lances que reclaman plenitud receptiva para poder ser apreciados.
 
El confín recorta la figura de un hombre epigonal, temeroso de cualquier diferencia, decidido, por seguridad, a la repetición de lo igual, morador de un país carente de incidentes donde se está siempre en todas partes porque no se está en ninguna, pues se alimenta de una información que, según Baudrillard, ‘es más verdadera que la verdad porque es verdadera en tiempo real'.
 
La historia moderna es la de un estancamiento, de la imposibilidad de percibir la existencia como corriente vinculante, hontanar entre lo animado y lo inanimado y de alcanzar una dignidad heroica. El antropocentrismo nos colocó en medio, en el páramo reseco de la infructuosa búsqueda de pretextos que camuflen el auténtico nudo de la vida, que es precisamente la desmotivación y la gratuidad, su carácter de ciega donación desplegada sin por qué. Y mediante ese juego la persona se irradia y es irradiada, enriquece el panorama y recibe auxilio. El espíritu se alerta y logra una certeza no explicable con antelación, ni establecida de antemano, sino alumbrada, ofrendada y admitida, mas no sin pugna ni resistencia, sino parida con dolor, ya que la falta de guía y método obliga a des-caminar, al extravío sin brújula posible. Eso convierte a la sobrerrealidad en peligrosa, pues brota en el fragor y la desprotección, en la fricción por desentrañar la superficie, batalla eterna cuya estela es fenómeno milagroso.
 
La senda del surrealismo y de otros movimientos es, finalmente, haber orientado hacia esa riqueza, primero como melancólico malestar, en su ausencia, para después concentrar esfuerzos en su sublimación, ensayando el modo de traerla de los arrabales al centro vital y, ayudados por ella, subvertir un orden que ha vuelto el orbe caricatura, reificando al ser.
 
“Intervención surrealista”. Así llamábamos en el anterior número de la revistaSalamandra a esa ‘aventura del espíritu en conflicto con sus propios límites, como lugar de convergencia de la realidad común y la realidad personal, lugar en el que precipitarnos para una mayor aprehensión de la otredad', y en el que se aboga por una imperiosa necesidad de vinculación con lo sensible, deteriorado, es cierto, pero que irremisiblemente sustenta el potencial arraigo con el entorno superador de esta fase de indigencia; liberar espacios de vida refractarios a los colonizados por el espectáculo; zonas reconquistadas como pórtico del abismo o ruta de perdición y de ganancia.
 
Con esa inquietud escribí Claros de alteridad , sugerido por los textos psicogeográficos del grupo surrealista de Estocolmo, que trataba de obtener experiencia de lo fascinante en terrenos descampados, momentáneamente subvalorados por el dinero. Al hilo de esto puede ser útil informar de que uno de los parejes visitados, especialmente eficaz para un fecundo deambular, ha sido ya roturado, se está plantando y, seguramente en el futuro, se urbanizará. Y otro pequeño bosque de añejos plátanos, muy apto también, fue recientemente talado para construir esta vez un puente que unirá pueblo y playa. Paradójicamente, se arrasa un sitio donde estar y se levanta un paso donde es imposible detenerse. Nada que hacer, sólo circular. Testimonio de esa necesidad de acción siempre precipitada y a menudo superficial que caracteriza a la cultura occidental.
 
Las pretéritas batidas en pos de lo inesperado, llevadas a cabo en el ámbito urbano por surrealistas o situacionistas, están ya teñidas de cierta impresión de acabamiento, de nostalgia porque otra manera de vivir la ciudad hubiera sido posible; de la tétrica verificación de que, aunque las ruinas contienen granos de oro, es necesario para su extracción meditar la ciudad y abordarla de otro modo, aún por descubrir. Y no parece verosímil que una incursión en la actual metrópolis dé resultados notables, superiores a los conocidos. Son raros los barrios interesantes, siquiera donde caminar. Aunque íntimamente pueda resultar enriquecedor, aventurarse hoy en el asfalto confiando en los azares se impregna de una atmósfera de última cena, de liturgia en conmemoración de un pasado glorioso. Ello no evita que algunos, abocados al futuro, hayan optado por la rebeldía ante la incógnita.
 
En cambio, en el paisaje natural la comunicación es directa, sin que medie negociación ni separación intelectual alguna. No se puede forzar nada, pues de otro modo esa belleza latente que se completa en nosotros se ofusca y corre a la espesura. Hay que escuchar, y así se hace efectiva la re-creación de un mundo “onírico” y vibrante.
 
Vivo en Castelldefels, cerca de Barcelona, enfrente del mar. Mi vínculo con la playa es diario, y desde que se comienza a “abandonarlo todo” para aclarar el enigma irresoluble de quiénes somos, más queda el alma en vilo y seducida por la imperturbabilidad del páramo intempestivo y sonámbulo. Es la suya, acción sin designio ni propósito, como proveniente de un saber correctamente ubicado, en presente eterno, sin conciencia, la actitud que cabría imitar; y asimismo maravillan las complejas variaciones de la aparición dentro de su reiterado tema, desde la gradación incalculable de luces entre cenit y nadir o el modesto afincarse de flora y fauna, al surtido de lo arrojado a las orillas.
 
Es destacable cómo el paraje queda absorto, admirando en sí mismo la sucesión de períodos álgidos que al punto se esfuman, quedando un aura cuando en armonía concuerdan, el vuelo recortado de la gaviota, del murciélago, las nubes, el resuello de las olas en un extravío que convoca dejando al habla balbuciente.
Emplazamientos que es forzoso observar con candidez, y a los que hay que enfrentarse en descubierta, sin ofuscarse, lo que sólo sirve para impregnar con la personalidad aquello que fulmina. No situarse ante el advenimiento sino hermanarse con él, ser él, vincularse al acontecer, ya que como dijo María Zambrano: ‘estos espacios cuando se abren han de ser sentidos no como conquistados, sino como recuperados, puesto que se ha vivido con la angustia de su ausencia'. En la intemperie y atento a la melodía que susurra, pero cuya partitura nadie conoce.
 
Cuando nos adentramos en una topografía donde lo inmemorial impera y del operar humano apenas queda estigma, la manera es la humildad y la paciencia. La vida ensueña y no es necesario solidificar, dar figura a la indecible materia. Es mejor recibir y hacer sitio para que lo dado resuene. Sin hostigamiento, sin que la mano devenga medida, pues, según René Char, “quien inventa, al contrario de quien descubre, no añade a las cosas, no aporta a los seres sino máscaras, separaciones, una papilla de hierro”.
 
Y es también posible restituir dignidad a lo encontrado ayudándolo a revelarse en su particular modo, en lo que tiene de propio y de transferible allende su utilidad; una recuperación de densidad, apertura esencial y pagana comunión con el mundo. Así, cada canto rodado, cada insecto o garza, cada nube y mota de arena adquiere singularidad, una diferencia que, lejos de aislar, vincula, inaugurando una relación por la que la cosa se dice a sí misma: florece. Y ese surgir, a su vez, además de ser por sí y para sí, puede metamorfosearse, remitir a otro contorno exaltante, como si albergara la semilla de algún ente que le estaría prometido y pretendiese despuntar fecundado por los ojos más profundos. Paralelismos explorados ya desde el verano de 1954 por los surrealistas en el refugio estival de Breton en Saint-Cirq-la-Popie, cuando éste y Benjamin Péret maduraron durante un paseo el juego llamado “Lo uno en lo otro”, método en el que cualquier objeto está ya contenido, prefigurado en otro y potencialmente expuesto.
 
II. ORÁCULO
Mis andaduras por el litoral se sucedieron a lo largo de los años. No son, por tanto, datables y considero que la fecha carece de importancia. He comprobado que dichos recorridos restituyen la perplejidad y la suspensión de la intelección que queda sin asidero, en incómoda postura. Depende el ser en bloque del instante de fulguración y anonadamiento que acecha navegante haciéndole perder sujeción, su sujeto, hasta naufragar en el delirio que aúna el corazón al canto. Sin embargo, conviene aclarar que esta, podríamos llamar, eliminación de lastre, no es en absoluto una evasión, una negación de la realidad ni una experiencia mística mediante la cual clausurar el devenir, sino que por el contrario es procedimiento aumentativo de lo verdadero enmascarado por la cotidianidad. No es relajo o rendición, sino intervención desarrollada gracias a facultades comunes a toda la humanidad y que yacen, por lo común, en un desván atrancado por la miseria, macilenta emperatriz de nuestros días, y que si el lenguaje con el que traté de capturar esos lapsos se acerca al poético no es por afán literario o de mera belleza formal, sino que cabe enmarcarlo en la poiesis alumbradora, en la recepción creativa y parturienta, en una sugerencia, insensata si se quiere, de ampliar la geografía perceptiva a nuevas y ricas posibilidades en contraste con el habitual sometimiento y la actitud de engranaje dentro de una maquinaria interesada en presentarse como “natural”.
 
Así, primero subyuga la magnitud acuática y la dilatación espacial que, paradójicamente, empujan y recogen a la vez, pues parecen tender a la circularidad envolvente. De súbito, ya no es posible proyectarse sobre el exterior sino que la naturaleza rodea y se impone. Ya de nada sirve la especulación, manda lo intuitivo, que se ajusta al hermético lenguaje. El caído se yergue, cabellera en la brisa.
 
Turba la extensión, primera bocanada de aire y movimiento auroral, despertar de los puntos cardinales y por ellos ser horadado creciendo en hondura y anchura. Respiración redentora y dispersión del ser; inmediato desencadenarse en pálpito de certeza, a partir del cual ya no cabemos en límite alguno. Inspiración, inundación celeste e irrupcion de simas, gemido de algo oculto y soplo en el oído. Las criaturas susurran. Y vinculada a esa grandeza, la organización dual de las energías, que junto a la percepción circular antes citada remite a la representación mental del símbolo chino “yang-yin”, o a un mandala tibetano. Todo en este reino se halla en liza. Es combate irracional, fútil, entablado dentro de un ámbito que nada reserva para sí: se alza de una vez superando la atención, pues las imágenes son múltiples y aturdidoras, zigzagueando unas y otras como en búsqueda de alguna convicción desterrada. El antagonismo entre lo existente ocurre en perpetua mudanza, envite mediante el cual una aparición vence momentáneamente a otra, mas conteniéndola y anunciando en su desfallecimiento un nuevo renacer. Torbellino de lo substancial que inicia un movimiento destinado a su desvelo, pero cuyo despojamiento, quizás por su ilimitación, resulta inaprensible.
 
Como caída hacia la altura o ascención a lo profundo, los alrededores de la playa contagian su inconsciente atributo, inocencia salvaje y amoral, pues tanto el nacimiento y la muerte que ahora se vindican ancestralmente ocurren con desapego, por azarosa voluntad e incluso en bella lidia. Así las piruetas del ave en caza del insecto, el reiterado intento del escarabajo por remontar la duna, el aleatorio revoloteo del murciélago, la contienda del vendaval contra la marea, el rayo rasgando alta mar o la lluvia, épico derroche contra el agua y la arena. Serios malabarismos entre las fuerzas elementales percibidas no como mera organización, sino como materia prima viva y múltiple que a menudo decae antes de lograr configurarse, magma bullente y cercano al caos. Imbricado laberinto de fantasmas, reverberación de memoria alada preservada en su propia imprevisión.
 
Sumido en la extrañeza de senderear lo abierto se accede a la radical otredad. Ya sin frontera ni planificación, esta región debe por fuerza asombrar: dar sombra y matiz a lo que creemos compacto bajo el sol, pero que manifiesta ahora un lado abismal y nocturno en el que algo adherido a la oscuridad vibra queriendo decirse e invitándonos a hablar, mas en inédita jerga que dijese lo increado.
 
Los puntos de apoyo palpitan y desfallecen, y ese tránsito va dejando rastros, emparentado al mito y la superstición que constituye el útero gestador de la leyenda: la oscilación de luces y colores; la pureza de sonidos desde el agónico grito a la exclamación o a la monótona insistencia de las crías, de los grillos o las olas; del primario olor a sal traído por una brisa lancinante y el hedor del agua pútrida estancada tras la lluvia, donde boquean pececillos. La lagartija huye y estampa su aura en el éter, y la oquedad de su escondite titila al portar un magma, luz en la negrura. Vida ondulante y sigilosa donde Eros y Tánatos copulan, las estrellas son presencia cósmica y lo monstruoso domina el universo.
 
Se holla la arena y el vagabundeo es renuncia de sí. Se abandonan los fetiches racionales, se acalla al personaje parloteante, muere entre matorrales el ansia y algo íntimo y a la vez común se eleva en silencio y triunfa sobre una resistencia que tiende a atrapar y desfallecernos sin lograr la oferta oceánica y originaria que, sin embargo, brama instándonos. Un pez remonta olas y suelda cielo y tierra. Ante el portento, el interés deja a la gaviota que se sumergía, realizando en otro sentido la idéntica unión. El babeante coloso regurgita una piedra de aristas romas que rueda secándose las gotas, y quedando el salitre pegado a su lomo como lo más propio de su esencia: lo mineral. La rémora física de la arena reclama cada mota en rememoración astral. Cada huella de gaviota es constelación. La arena grita en las cosas en ella semienterradas que serán los únicos tesoros muebles que con nosotros llevaremos, el testimonio palpable de la celebración de una era primitiva, pues lo que aparece está desde siempre y resistirá.
 
Estar ahí es obtener el don de la alteridad al percibir el horizonte, en afuera que desabastece, pues que inmediatamente se sabe el hombre al margen y superfluo, aunque hermanado a ese infinito y a esa dilatación que se propaga también interiormente como apremiante invitación a acudir a su augurio de rebasar las lindes, las estrecheces a las que se ve sometido y participar de una expedición improrrogable hacia esa ciudad de neblina cuyas cúpulas desgajan el sopor de la calima, urbe legendaria recortada en el confín, porvenir al cual abocarse aunado al ir y venir de la marea y ese jadeo abandonado de la resaca.
 
En pie ante el arco distante, en territorio tanto adverso como patria nutricia, algo inefable se anuncia y transmite un eco interior, retumbando en la bóveda del alma lo siempre sustraído. Hipnotiza el centelleo sobre espumas y los claroscuros en el fulgor solar cuando las nubes se cruzan y sumen en insondable arrobo como herido morador del sueño.
 
Y al rato, cuando la serenidad se impone y el corazón se aquieta, la ecuanimidad se hace con el detalle y desde la raíz de este organismo complejo lo desembarazado suplica, y otorga mundo: singulariza cada cosa al elongar las horas, limando aristas. El misterio atemorizante se torna subyugador y podemos atesorar. Entonces, ya desnudos, contemplamos en calma lo humilde que aguardó durante el encandilamiento ante lo inmenso, y que ahora es acceso en vías de ser vadeado, camino a desbrozar cuyo fin abrupto es el eco de lo que estuvo y ya no está.
 
Parecemos residir en nuevo suelo donde perdurar. Y concha y junco se estiman en lo que tienen de orgullosa disparidad y lazo común. Y se cae en la cuenta de que lo que andábamos buscando con demasiado ardor, espectantes por conseguir una presa huidiza, estaba tan próximo, dentro nuestro. Nos pertenecía y podíamos abrazarlo, compartirlo. El espíritu se dota, como dijo Juan de la Cruz, de un ‘entender no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo' .
 
Es el momento lúdico, de pequeñas aseveraciones a la validez de la errancia. Entonces se ve a la garza, ejemplar retrasado de la manada partida jornadas atrás, esperar a treinta pasos, mirar de soslayo, y emprender vuelo en redondo para aterrizar en las proximidades, a otra treintena de metros, citándome nuevamente. Esta diversión se repitió durante muchos mediodías de invierno. Un tronco varado es formalmente un cervatillo o un borrico y su madera mellada forma venas o jeroglíficos cuidadosamente grabados. Doy con un juguete que se significa en la tierra, antiguo y erosionado, un soldado como los de la infancia. Al lado de la arena veo la máscara de los guardianes solares, dos maderos de rostro doble, uno orientado al amanecer, otro al ocaso, que vigilan antediluvianos y hieráticos. Un alto poste aparece de repente clavado como enhiesto reloj, ejemplo de labor extravagante, sin otra finalidad que su realización. El nácar enseña su calidad de piedra preciosa, y una perla se evidencia en ella. Huellas de pasos se detienen bruscamente, sin ir a ningún lado. Una mañana en la que nada parecía digno de atención, cuando me iba un tanto decepcionado, encontré juntos tres objetos: un triángulo de plástico con un agujero a modo de ojo y una mella similar a la boca, una pieza metálica que sugería un plateado lomo y una moldura de madera rizada y barroca, como las olas y su espuma. Ensamblados adoptan la silueta de un pez.
 
Y la garza solitaria persiste en acompañarme, esperando, amistosa y desconfiada, a que venga para caminar circunspecta hasta que nuestra proximidad se le hace insoportable y echa a volar dibujando, precisa contra el cielo, círculos alrededor de mi cabeza, proveyéndome de un sentimiento dulce como aseveración de una realidad aumentada, existencial, gracias a una inocencia germinal.

Publicado en «Salamandra», nº 13-142003-2004.

Categoría: