Noé Ortega: MAGMA
MAGMA
Lugares poéticos, subconsciente y vulcanismo en la ciudad-mercancía
La ciudad necesita ser vivida para evitar su muerte.
Maniatada por la economía, la urbe convertida en mercancía va camino de convertirse en el más inhabitable de los entornos. El espacio se configura siguiendo los designios de la dictadura de la economía, y el urbanismo en todos sus aspectos no hace sino fijar en el terreno estos designios, subyugando la ciudad a sus fines bajo la máscara de la funcionalidad. Este proceso pasa necesariamente por la anulación de la autenticidad de cada lugar, por la negación de su memoria. Negación que se lleva a cabo no mediante la erradicación de esta memoria —que es imposible— ni mediante una negación explícita —que sería inefectiva porque haría visible su afirmación— sino mediante el enterramiento de la memoria propia del lugar bajo capas artificiales que la sepultan. Una vez conseguido, se convierte en un emplazamiento sometido. La desvitalización de los lugares controlados va pareja a la palidez de la vida en ellos. El ritmo de la vida en las ciudades está impuesto por el tiempo espectacular, y el silencio no parece existir más que como otro de los bienes tasables de la industria del confort.
Sin embargo, existen lugares donde el silencio no se ha desnudado todavía, espacios en los que posible encontrar un punto íntimo de fusión con el exterior y hundirse así en la lentitud del relámpago fundido.
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La ciudad de Santander es especialmente fecunda en lo que podría denominarse como “zonas defectuosas”. Se trata de recodos que se benefician de la propia configuración geográfica de la ciudad para mantenerse completamente al margen del flujo usual de la vida cotidiana. Así, suponen escollos incómodos para el urbanismo oficial, que no ha podido “resolverlos” por el momento. De esta forma quedan apartados en la oscuridad hasta nueva orden, ocultos en muchas ocasiones en medio del tejido urbano, invisibles en el margen mismo de zonas transitadas.
La causa de esta abundancia no es otra que el difícil terreno sobre el que se encuentra establecida la ciudad, con varias y acusadas elevaciones que la recorren longitudinalmente. El resultado de estas elevaciones es el aislamiento de las zonas elevadas e inclinadas por las que resulta difícil transitar, a la vez que favorecen la caída hacia la zona céntrica longitudinal que recorre toda la ciudad desde un extremo a otro, bordeando la península y llegando hasta la última de las playas. Es el eje de la ciudad, a lo largo del cual se disponen todos los edificios gubernamentales, bancos, centros culturales y comercios. La escasez de zonas abiertas a los lados del eje atrapa a los habitantes en esta gran tubería de desagüe, y les precipita en una huída hacia delante, con pocas posibilidades para detenerse a vivir la ciudad con detenimiento.
Una de las zonas en pendiente más interesantes se encuentra en la zona que desciende desde la calle General Dávila hasta la calle Santa Lucía. Los edificios se encaraman a la ladera de forma apretada, y por doquier se pueden encontrar viejas escaleras estrechas y largas que unen las calles y forman un entrelazado de atajos para evitar los largos rodeos que supone bajar por las vías asfaltadas. Además, en determinadas zonas se encuentran casas de aspecto ruinoso, desde pequeñas construcciones hasta las mansiones abandonadas que están siendo paulatinamente reconstruidas en la bajada de Menéndez Pelayo. Precisamente en esta zona se encuentran las que para mí son las escaleras más enigmáticas de la toda ciudad. No son tan estrechas y sinuosas como otras de la zona, y tienen incluso setos a los lados por estar situadas al lado de unos edificios residenciales relativamente nuevos. Tardé mucho tiempo en fijarme en ellas, a pesar de que se encuentran al lado de una calle por la que paso con bastante frecuencia. Descienden en zigzag. La presencia de varios árboles en las zonas de tierra que franquean las escaleras dificulta la visión. Las escaleras terminan en una pequeña zona verde rodeada por dos muros, un seto, hortensias y numerosos avellanos. El camino continúa ligeramente curvado hacia delante, rodeando los árboles. El silencio allí es total. Todo parece estar imbuido en una atemporalidad que resulta sumamente inquietante. La primera vez que llegué a este lugar, me topé con un grupo de diez o quince gatos negros, la mayoría muy pequeños, que se encontraban allí descansando y jugando entre las hortensias. La visión fue deslumbrante, y el lugar me causó un fuerte sentimiento de extrañeza, a la vez de una impresión muy fuerte de estar sumergido en un mundo totalmente ajeno a la ciudad que se extiende alrededor. Recientemente volví a visitar este lugar. Al principio no encontré ningún gato, aunque el ambiente continuaba fuertemente imantado. Permanecí allí. Me fijé en que a la derecha, detrás de los avellanos, había un fuerte desnivel sostenido por un muro vertical. Debajo estaba siendo reconstruida una de las antiguas mansiones. En un lateral, entre los árboles, adiviné un recoveco escondido entre la espesura. Me interné por él, y una vez allí me encontré con unos pequeños peldaños que permitían el acceso a una reducida zona justo antes del desnivel, oculta por zarzas, hiedra y demás vegetación. Había un camino minúsculo, y a los lados varias cajas ordenadas cubiertas con plásticos, además de algún plato con restos de comida. Miré el interior de las cajas: estaban vacías, pero tenían el aspecto de estar habitadas regularmente por algún tipo de animal. De pronto me di cuenta de que frente a mí, al final del camino y escondido entre las ortigas, había un gato. Tomé varias fotografías de este indescifrable lugar en el que alguien había dedicado sus esfuerzos a construir un hogar oculto para los gatos. Continué el camino y tomé también alguna fotografía de un arco y un murete que flanquean la entrada a las escaleras desde la parte inferior. Al llegar a casa y ver las fotos de nuevo, me fijé en que sobre las piedras del arco hay numerosos graffitis. Entonces vi lo que terminó de rubricar el tatuaje del misterio: en la parte superior derecha del arco, con pintura roja, alguien ha escrito “Noe”, y en la parte inferior, con la misma pintura, “Los gatos”.
La presencia de animales en libertad en estos parajes arrinconados no es ni mucho menos circunstancial. Hay otras escaleras especialmente inquietantes que van a dar a la calle Macías Picavea, al lado de las cuales hay un gran árbol que con frecuencia da cobijo a varios gatos negros debajo de él. Si el urbanismo ejecutado por la economía es un enemigo de la vida en la ciudad, lo es para todos los tipos de vida. Incluso se podría afirmar que es un enemigo especialmente para la vida animal, ya que, a diferencia de las personas, los animales no son útiles por no ser susceptibles de entrar en la cadena del consumo como agentes activos —de nuevo, sólo tienen cabida como otro de los bienes tasables de la industria del confort. Así, el instinto de supervivencia de los animales no domesticados los conduce en muchas ocasiones a estos lugares privilegiados mucho antes de que puedan ser descubiertos por cualquiera de nosotros.
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Existen lugares plenamente visibles en el centro de la ciudad que resultan brillantes para el espíritu de una forma particular. Están dotados de una fuerte gravedad que nos atrae hacia ellos y es capaz de atraparnos en su órbita transparente. La mayoría de las veces esta atracción resulta imposible de explicar en términos racionales. A veces se trata de un influjo espontáneo entre la materialidad del lugar y el subconsciente. En otras ocasiones, la atracción puede ser fruto de una serie de hallazgos de diversa intensidad que se hayan producido en determinada zona. Es importante mencionar que esta zona, si bien tiene una coherencia geográfica, subconscientemente ocupa coordenadas que no tienen por qué guardar una relación estrecha con las coordenadas materiales. Es decir: lugares separados físicamente en la ciudad pueden atraer nuestro deseo con una fuerza que surge de un centro de gravedad común, que ocupa para ambos lugares las mismas coordenadas en el plano subconsciente. Por ello, la complejidad para determinar la causa por la que ciertos lugares producen un sentimiento de fascinación tan acusado puede acrecentarse mucho. Esta característica aparece en otra faceta del plano subconsciente que resulta del máximo interés. Se trata del sueño y de su papel en la vivencia de la ciudad. O más bien, cómo la ciudad produce un reencantamiento en el subconsciente, modificando la percepción subjetiva que de ella se tiene, y tocando puntos tan sensibles que puede surgir reinventada de mil formas posibles en el interior del sueño, potenciándose así aún más su posterior vivencia durante la vigilia. Hay un sueño que, hasta donde llega mi conocimiento, considero que se da con bastante frecuencia: el sueño en el que aparecen “ciudades-collage”, ciudades inventadas bajo las exigencias del deseo, conformadas a partir de elementos procedentes de diversas localizaciones. Estos elementos no son elegidos en absoluto al azar. Por el contrario, se trata precisamente de esos lugares cuyas antorchas brillan en el subconsciente urbano con una fuerza proporcional a su carga poética. Los mismos lugares que, imantados por una misma fuerza que en ocasiones puede ser común, coinciden de forma augural en la cartografía de los sueños. Sin embargo, no haré mención explícita aquí a algunos sueños con “ciudades-collage”, ya que su intensidad se adivina sin ambigüedad, sino de otros sueños y relaciones con la ciudad algo más sutiles.
Un día, hace algunos meses, encontré un dibujo hecho con tiza en el pavimento de una zona sumamente céntrica. Parecía un juego de niños. Había siete casillas, y en cada una de ellas había escrito, de arriba abajo y de izquierda a derecha, lo siguiente: piano / muda ropa / lugar / animal / apellido / nombre / s. Lo primero que vi fue “muda ropa”, y de inmediato me llamó poderosamente la atención. Días después soñé que, mientras caminaba por la ciudad, me encontraba con un edificio en llamas. Había muchos bomberos tratando urgentemente de apagarlo. No lo consiguieron, y el fuego se extendió al edificio colindante. Después el fuego se propagó a lo largo de toda la calle. Era de noche, y la visión de los edificios ardiendo era sobrecogedora. Un hombre que pasaba por allí se detuvo y me dijo que era mejor que todos aquellos edificios ardieran, porque de esa forma se podría reconstruir la ciudad. Al despertar, caí en la cuenta de que el foco desde el que se extendió el incendio era precisamente el edificio más próximo al dibujo de tiza que encontré días antes. Así, me quedó corroborada la capacidad que tienen ciertos hallazgos de despertar el deseo de revuelta y de aniquilación de la ciudad para construir sobre las cenizas. Aquel lugar adquirió automáticamente propiedades maravillosas para mí. El principio de la luz se encuentra en las ruinas de la ciudad.
Hace tiempo soñé que un grupo heterogéneo de personas entrábamos a un bar del centro de Santander. Me llamó la atención el hecho de que estaba iluminado por completo con luces verdes, porque sabía que en realidad no es así. En un momento dado, mi compañera me dijo que necesitaba algo, de forma sumamente urgente. Se trataba de una necesidad imperiosa. Entonces salí, y al hacerlo me di cuenta de que ya no nos encontrábamos en la ciudad, sino en un pequeño y solitario bar de carretera. Entonces me vi a mí mismo a gran distancia, corriendo a toda velocidad por la carretera, entre el mar y las montañas. La vista era magnífica, un terreno salvaje completamente abierto. En un momento dado, me di cuenta de que no sabía hacia dónde iba, pero no me importó y continué corriendo. El bar en cuestión se llama “Los girasoles”, nombre que siempre me ha fascinado. Se encuentra en la esquina de una plaza mínima detrás del ayuntamiento, en un emplazamiento que no sé por qué motivo me resulta especialmente atrayente y acogedor para el espíritu. El sueño puso de manifiesto de forma explícita que este enclave supone para mi subconsciente un espacio abierto donde es posible liberar y satisfacer las pulsiones más íntimas.
Hay otra plaza que desde pequeño ha ejercido en mí una fuerte fascinación: la plaza de México. Puedo encontrar tres factores que influyen sin duda en esta fascinación, aunque a todas luces son incapaces de justificarla por completo en toda su profundidad. En primer lugar, la escultura de un águila poderosa que corona el centro de la plaza. Desde mi infancia, este ha sido invariablemente mi animal predilecto. En segundo lugar, la circunstancia de que la plaza suele estar desierta a las horas en las que la he visitado en los últimos años. Y en tercer lugar, la configuración del pavimento, que pretende imitar la estética azteca pero que en la práctica termina conformando un laberinto en el suelo de la plaza. El águila está situada sobre tres hombres, en una escena de gran tensión y violencia. Hasta hace poco tiempo siempre pensé que los tres hombres trataban de aferrarla. Sin embargo, recientemente pude leer que la escultura representa a las tres principales etnias mexicanas (indígena, blanco y mestizo) liberando al águila, lo cual supuso una verdadera sorpresa para mí. Por otra parte, otra relación más compleja entre los elementos de la plaza me trajo a la mente el laberinto de Creta y las alas construidas por su creador para volar hacia su libertad.
El hallazgo del estado real del águila constituyó un destello en mi visión del lugar, y precipitó una serie de descubrimientos acerca de la profundidad de mi relación individual con estos dos enclaves de la ciudad. Encontré que ambas plazas tienen algún punto en común que merece la pena mencionar. Están situadas respectivamente al lado de los dos mercados más importantes de la ciudad (el Mercado de
He mostrado de forma resumida los resultados que he descubierto hasta ahora a partir de un análisis de la complejidad simbólica de estos lugares, que quizá pueda arrojar algo de luz sobre su grado de atracción, aún a riesgo de que pueda resultar hermético o difícil de seguir. En todo caso, hay que resaltar que esta fuerte subjetividad es inherente a la experiencia poética en torno a muchos de los lugares imantados de la ciudad, y sin duda la intensidad de su vivencia depende fuertemente de las circunstancias individuales.
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Todos los lugares desencadenantes de estas experiencias en la ciudad tienen en común una posibilidad latente de apertura, de ensanchamiento de la realidad para dar cabida a las necesidades más profundas de liberación del espíritu y de comunión íntima con la exterioridad. En ellos, el subconsciente se encuentra a flor de piel. Son lugares donde el relato lógico oficial impuesto sobre ellos por las necesidades poder económico no ha logrado imponerse por completo a la memoria subconsciente propia. La fuerza que nos atrae hacia ellos puede ser precisamente eso que tiembla debajo del relato oficial.
En Santander, una de las zonas más enrarecidas es Puertochico, donde todos los veleros y yates se apilan en el puerto que da la impresión de ser un cementerio convertido en escaparate. Allí, en el paseo que transcurre a su lado, pueden descubrirse en el suelo numerosas manchas que forman constelaciones esparcidas a lo largo y ancho de este recorrido. Es necesario prestar atención, ya que son difícilmente visibles por un transeúnte no atento. Estas constelaciones son tatuajes maravillosos en la piel de este lugar aparentemente desvitalizado.
Londres es el paradigma de la ciudad controlada. Las cámaras de seguridad proliferan por doquier, de forma que un habitante medio es grabado al menos por ocho cámaras durante el transcurso de un solo día, según un estudio reciente. La pulcritud y la asepsia no descansan. Y sin embargo allí, en la plaza de la catedral de St. Paul, está plantada la semilla de la aurora. En uno de los laterales curvados hay cinco pilares, sobre los cuales hay una cabeza tallada en la piedra. Todas miran hacia el centro de la plaza, en actitud casi marcial. Todas salvo una cabeza ausente: una cabeza durmiente, cuyos párpados cerrados resisten los asaltos y guardan el poder incendiario del sueño para cuando llegue el momento.
Ambos son ejemplos de eso que se deja entrever, de un cierto brillo que deja traslucir una discordancia entre lo que el lugar parece y lo que en realidad es. Esto constituye precisamente lo que separa la ciudad deseada de la ciudad amordazada. Para encontrarlo, es preciso buscar el subconsciente de la ciudad, y establecer con su materialidad una relación que esté acorde con sus necesidades más internas. Muchas veces estas necesidades están sepultadas, pero existen lugares que no están perdidos todavía: puntos neurálgicos que actúan de forma análoga a las fisuras de la tierra por las que el magma emerge a la superficie, comunicando el exterior con los niveles profundos de la tierra mediante el grito mineral de los volcanes.
Noé Ortega