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Preferimos no hacerlo. Contra el Gran Hermano, por una educación libre para la liberación.

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¿Qué es lo más importante de nuestra profesión? ¿Qué define y caracteriza la docencia, y es su esencia verdadera? El sueldo y las vacaciones, dirán algunos, confundiendo el valor de su profesión (¿vocación?) con el precio de sus condiciones laborales. Fuera de bromas: ¿Qué es lo que consideramos prioritario e innegociable? ¿Los ejercicios y los exámenes? ¿Las notas, los aprobados y suspensos? ¿Los partes de disciplina y las Menciones de Honor? ¿Las programaciones y los claustros? ¿Las actividades extraescolares? No. Y todos lo sabemos.

Como se sabe también que no todo es trigo limpio ni ideal ilustrado en eso que se llama Educación Pública: horma disciplinaria de cuerpos y mentes según el modelo autoritario, clasista, patriarcal y racista dominante, masaje rutinario de un saber abstracto que no admite preguntas ni dudas, prostitución instrumental de sus contenidos y entrenamiento despiadado a la competitividad que exige el mercado...pero también comunicación, difusión, recreación casi, de una cultura y un conocimiento que se justifican por sí mismos, irreductibles a cualquier uso económico o manipulación ideológica, y fomento del pensamiento crítico que está en la base de cualquier persona y sociedad mínimamente autónomos y democráticos, y experiencia colectiva entre diferentes que aprenden así a forjarse como comunidad, aunque sea en la forma forzosamente efímera de una comunidad educativa por la que se escurren los años y las edades.

Esto ha sido así al menos desde las viejas polis griegas, donde no por casualidad se alumbró también una de las primeras formas de la democracia directa y la asamblea: la transmisión de conocimiento se da entre alguien al que se considera, con mucho o poco mérito, digno de ser escuchado, y aquellas personas, generalmente más jóvenes, que aceptan ser sus alumnos, o no les queda más remedio porque la educación es obligatoria. Una transmisión de conocimiento, y también de discusión y revisión, que se formula casi como una ceremonia iniciática en la clase presencial donde todo tiene cabida para bien y para mal, y todos lo hemos disfrutado y sufrido: desde el cabreo y el conflicto más desagradable y tenso al momento de humor y empatía más festivo y gratificante, desde la clase más aburrida y monótona a la iluminación mágica que a veces se consigue cuando todos, profesores y alumnos, se interesan, intervienen y participan.

Pero para que tal ceremonia tenga lugar son necesarios algunos requisitos. Desde luego y en primer lugar, la presencialidad física, material, de carne y hueso, de los cuerpos, las conciencias y las subjetividades, sin más mediación que lo que disponga la vida imprevisible. Imprevisible: la espontaneidad tanto del que da la clase como el que la sigue apasionado o indiferente, participando o molestando todo lo que puede, parece y es un factor fundamental sin el que no hay experiencia docente digna de ese nombre, sino simulacro, representación, retraimiento, desinterés. Y autocensura. Porque esa ceremonia necesita implícita y explícitamente la garantía, cual seguro de vida, del secreto profesional: la intimidad, la discreción, la confidencialidad, que aun siendo evidentemente relativas pueden generar una mínima confianza entre profesor y alumnado, y entre los alumnos entre sí, por la que lo que pasa en la clase se queda en la clase. No nos referimos, claro está, a abusos de poder de cualquier tipo o incidentes de gravedad indiscutible, sino a toda la interacción de afectos, rechazos, simpatías, antipatías, complicidades y enfrentamientos que en efecto son el pan nuestro de cada día, y que vistos desde fuera, sacados de su contexto inextricablemente unido al mismo devenir de la vida y el tiempo que pasa, son o pueden ser muy difíciles de entender, juzgar y valorar.

Presencia, espontaneidad, confianza. Esto es justamente lo que vamos a perder, quien sabe si para siempre. Porque ya está más que claro de lo que hablamos: la irrupción de las videoclases que se nos quiere imponer con la excusa real de la pandemia, y el argumento falso de que es la única forma de seguir garantizando el derecho a la educación de nuestros alumnos. ¡Nos vuelven a engañar, nos siguen escupiendo a la cara! La única forma de garantizar esa educación, y de salvaguardar en la medida de lo posible la salud de toda la comunidad educativa, es contratar más profesores, desdoblar las clases, generar nuevos espacios. También todos lo sabemos. Y todo lo que no pase por ahí es una ESTAFA. Pero proporcionar recursos humanos y materiales a cualquier cosa que recuerde lo público, lo común, es un anatema, un sacrilegio para unas Administraciones y gobiernos, todos ellos, que solo se preocupan por los intereses de los mercados y de las empresas privadas a los que finalmente se deben y obedecen, del capitalismo en suma que aun agonizante sigue chupando la sangre de todo lo que le rodea. Pero lo que está en juego es mucho más grave que una mera cuestión reivindicativa: se trata de la destrucción consciente y programada de la educación tal y como ha existido y solo puede seguir existiendo, pues la mediación de la tecnología podría ser una ayuda en tiempos difíciles, una muleta, pero nunca jamás una alternativa.

Y no puede serlo porque vulnera de una manera irreversible las condiciones de presencialidad, espontaneidad y confianza que hacen de la educación una de las últimas experiencias dignas de ser vividas. Pero vayamos a los detalles más concretos: ¿De verdad que nos vamos a someter a la hipotética vigilancia y fiscalización ideológica, moral o simplemente arbitraria y caprichosa, de lo que decimos y hacemos en tiempo real, por no se sabe muy bien quien desde el anonimato de su pantalla? ¿De verdad que no nos inquieta el uso y abuso de ciertas imágenes y audios en manos equivocadas o maliciosas, sabiendo como sabemos que en una clase puede pasar de todo y es hasta bueno y natural que así sea? ¿En qué trampa nos estamos metiendo? Ser profesor, ¿consiste ahora en convertirnos en protagonistas de un reality televisivo?

Se dirá que ya hay cámaras en todas partes, en la calle, en el centro comercial y en la oficina, y que, al fin y al cabo, todos estamos atrapados en las redes sociales donde la intimidad no existe, y la pornografía emocional es ley. Pero reconocer hasta dónde ha llegado la marea de servidumbre voluntaria y adoración beata a la máquina no legitima aceptar que siga subiendo, hasta sepultar el mundo y su realidad sensible y psicológica. Todo lo contrario: tenemos que defender con uñas y dientes la experiencia educativa en tanto una de las últimas experiencias sociales de relación directa, para después plantearnos cómo hemos llegado hasta aquí, cómo hemos permitido la colonización de nuestras vidas, y cómo podríamos descolonizarlas. Por otro lado, en el caso de la experiencia educativa se trata de una relación directa que, aun de manera parcial e imperfecta, se presenta como punto de contacto, encuentro y (tal vez) alianza y hasta unión de diferentes generaciones, clases sociales, géneros, culturas, etnias, identidades sexuales, deseos y urgencias. Y como se ve que toda experiencia directa donde puede pasar lo inesperado debe ser suprimida o adulterada para que no quede más "experiencia" que la del consumo, y toda comunidad o germen comunitario ha de ser demediado en masa atomizada de náufragos solitarios que devora la economía y la tecnología hipnotiza, la educación tal y como la conocíamos ha de ser abolida. Y dejar su espacio, significado e intensidad a la nueva vuelta de tuerca de la automatización total y la digitalización de las formas de vida. A la muerte en vida.

Por todo ello, y por todo lo que en este momento de rabia y perplejidad no hemos acertado a pensar y exponer, nos gustaría llamar a la reflexión y a la acción sin la que aquella se convierte en pensamiento podrido, palabra vacía, onanismo culturalista. ¿Acaso no decíamos que educar suponía contribuir a la formación de ciudadanos libres y críticos? ¿Traicionaremos ahora esa promesa, caeremos en la más atroz de las hipocresías? Enseñar a desobedecer y predicar con el ejemplo, ¿no será el principal objetivo y deber pedagógico cuando la opresión se desata?

Es necesario organizar la resistencia, el rechazo a acatar órdenes y leyes absurdas y nefastas, el sabotaje incluso. Para ello todas las tácticas y acciones son buenas excepto la que no se intenta.

¡Los robots no pasarán! ¡Abajo la falsificación y el control totalitario de nuestras vidas!

¡La educación no será televisada!

Los Amigos del Profesor Unrat