¡más realidad!

Manuel Crespo: 200 AÑOS

Viajo a menudo a Lorca, ciudad murciana a la cual, por ser la cuna de mi familia materna, me hallo vinculado afectivamente desde la infancia. Hay en mí, cuando la visito, una disposición anímica especial, un desamparo de lo conocido y, al mismo tiempo, un arraigo telúrico, como una llamada de la tierra, que produce sensaciones especiales, más nítidas y rotundas. Los olores se acrecientan, se agudiza la mirada.
 

Julio Monteverde: ÓRDENES SON ÓRDENES

Durante el fin de semana del 20 al 22 de enero de 2005 algunos amigos surrealistas nos encontramos en Madrid para discutir una serie de cuestiones que requerían definitivamente nuestra atención. El domingo a ultima hora, justo antes de que tuviera que prepararse para coger el tren de vuelta a Sevilla, Antonio Ramírez lanzó, de forma esquemática, una última propuesta de acción colectiva: una deriva programada tomando como base el tipo de instrucciones que proporcionan habitualmente el Tarot o algunos mediums. Su idea era determinar una serie de condicionantes al recorrido, que serían del mismo tipo para todos, y que funcionarían, por ejemplo, de la siguiente manera: "Si se encuentra con una niña rubia cambie el sentido de la marcha". "Si cruza un coche rojo el grupo debe separarse", etc. El estado embrionario de la idea no influyó en el gran interés que despertó en todos nosotros.
 

Eugenio Castro: YO

Es septiembre de 1999 cuando camino junto a Oscar Delgado, un antiguo amigo mío, por la acera de la derecha de la calle Ave María en dirección a la plaza de Lavapiés. En la acera izquierda advierto la presencia de una persona por mí conocida a la que hago repetidamente señales con el brazo, sin que ella me vea. Por el contrario, un hombre al que no conozco de nada responde a mi llamada y, creyendo él conocerme, se dirige hacia donde estoy. Yo también me encamino hacia él para, extendiéndole la mano en ademán de saludo, hacerle notar que nunca nos habíamos visto.
 

Eugenio Castro: H.

1982. Septiembre. Fortaleza de Belixe. Algarve. Portugal.
 
Merodeo al pie del acantilado coronado por esta construcción antiguamente militar. Junto al agua, me entretengo mirando alrededor, hasta fijar la vista en un grupo de gaviotas entregadas a la pesca de su presa. Me siento fascinado por el ejercicio de precisión de estas aves, que consiste en lanzarse en picado sobre la superficie del agua en busca de su comida. Perfecto movimiento de verticalidad.
 
Deseo conservar el recuerdo fotográfico de ese instante y me dedico a tomar unas diapositivas.

Manuel Crespo: EL ARCANO DEL DIABLO

En Julio de 1999 viajé a Buenos Aires, ciudad de Carola. Nuestra hija, Sol, había nacido seis meses atrás y se daba la casualidad de que en esas fechas estaba previsto ee parto de la primera niña de mi cuñada Julieta.
 
Aunque aún no conocía personalmente a ningún miembro del Grupo surrealista de Madrid, ya me sentía casi uno de ellos. Acababa de publicarse el número 10 de la revista Salamandra, que incluía un poema mío Metempsicosis, y aproveché la estancia en Argentina para encontrarme con Silvia Guiard, que me trató muy cordialmente.
 

Lurdes Martínez: IMPRESO EN EL TIEMPO

En el nº 6 de la revista Salamandra, que vio la luz en el mes de noviembre de 1993, apareció un breve artículo sobre un jardín que, al borde del Océano Atlántico, en la localidad gallega de Camelle, había construído, en el transcurso del tiempo, mediante el ensamblaje de troncos de árboles secos y rocas de formas caprichosas, un hombre peculiar que respondía al nombre de Man. Unas fotografías que acompañaban al artículo ilustraban lo que nos parecía concreción poética, gratuita y no separada de la actividad humana.
 

Julio Monteverde: OTRA CASA POCO SÓLIDA

El ocho de Marzo de 2001, el edificio de los Almacenes Argüelles, situado en el bulevar Alberto Aguilera, en Madrid, se vino abajo de forma súbita. Como una sola pieza se derrumbó sobre su base. El motivo, según las investigaciones que se llevaron a cabo, parece haber sido las obras que se estaban realizando en el sótano del inmueble, y para las cuales no había licencia. Este edificio está (o estaba) en la ruta que, por aquella época, yo recorría todos los días dos veces para ir y venir del trabajo. La caída no me sorprendió allí ni cerca, aunque la posibilidad, más o menos remota, existiera.

Vicente Gutiérrez: H ORO

Lo que pretendo con el presente escrito es dejar testimonio de una serie de acontecimientos en los que el azar, la relación evocadora con ciertos objetos, el sueño y la naturaleza jugaron un papel decisivo. La idea de compilar estas vivencias nació precisamente de la necesidad de ensalzar esos vínculos que me relacionan con las posibilidades/contradicciones de la realidad. Quisiera dejar claro que no pretendo dar importancia al hecho de haber tomado nota de las mismas sino al hecho de haber tenido la suerte de vivirlas.

Lurdes Martínez: EN EL VERANO DE 1997...

En el verano de 1997 la curiosidad de conocer cómo era por dentro una construcción defensiva del siglo XVII, edificada sobre uno de los brazos del río Ill que bordean la ciudad de Estrasburgo, me impulsó a adentrarme en la Barrage Vauban, a la que accedí por un lateral a través de un gran vano. Muy cerca de la entrada, una vez en el interior, se hallaba, convenientemente señalizada, la escalera que conducía a la terraza de la construcción desde donde se podía disfrutar -según prometían los reclamos publicitarios- de una magnífica pano-rámica de la ciudad. Sin embargo, lo que nos llamó la atención a mi compañero y a mí, fue un largo y solitario pasillo que se extendía desde la citada puerta hacia las entrañas de la edificación y que parecía no tener fín. Según avanzábamos por el corredor, el frío, la oscuridad y un intenso olor a humedad acentuaban la sensación de desorientación, y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que a ambos lados del pasillo central se abrían, mediante grandes arcadas, una serie de amplias dependencias que contenían en su interior grandes estatuas de piedra: yacían allí amontonadas en desorden y sin ánimo museístico figuras de obispos, reyes, santos, procedentes con seguridad de las numerosas edificaciones religiosas de la ciudad, ahora olvidadas y separadas de nosotros por unas sólidas rejas de hierro. Enormes y herrumbrosas piezas de maquinaria -que intuimos pudieron ser utilizadas cuando el edificio funcionó como esclusa- ocupaban otras salas contiguas y formaban con las estatuas un conjunto extraño y desasosegante. Más adelante advertimos que el pasillo terminaba en una salida, en cuya puerta pudimos leer «Pasaje Georges Frankhauser», lo que parecía significar que el corredor fue abierto al público en el presente siglo y utilizado desde entonces para salvar el río en esta parte de la ciudad: las estatuas serían entonces maniquíes de gélidos escaparates.

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