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H ORO

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Lo que pretendo con el presente escrito es dejar testimonio de una serie de acontecimientos en los que el azar, la relación evocadora con ciertos objetos, el sueño y la naturaleza jugaron un papel decisivo. La idea de compilar estas vivencias nació precisamente de la necesidad de ensalzar esos vínculos que me relacionan con las posibilidades/contradicciones de la realidad. Quisiera dejar claro que no pretendo dar importancia al hecho de haber tomado nota de las mismas sino al hecho de haber tenido la suerte de vivirlas.
 
Empezaré asegurando que los acontecimientos aquí descritos son absolutamente ciertos y que este proyecto pertenece a un proyecto personal más ambicioso. No me gustaría, por lo tanto, enmarcar estas actividades en ningún tipo de proyecto puntual sino integrarlas en mi vida cotidiana como parte fundamental de la misma. En este caso, he tratado de narrar estas revelaciones de la manera más aséptica posible, quizá con la esperanza de que las propias anécdotas cobren protagonismo por sí solas. Añadiré que esta tarea continúa desarrollándose hoy en día con ímpetu y esfuerzo.
 
También diré que el motor principal que impulsa esta pretensión es el pensamiento poético; una de las facultades más preciosas del ser humano: ese adentrarse en uno mismo para reconquistar el espacio y el tiempo que nos pertenece pero que nos es arrebatado por la sociedad del espectáculo. Estoy hablando por lo tanto de avivar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de maravillarnos, de (en palabras del propio Eugenio Castro) aprehender las corrientes portadoras del viento de lo maravilloso.
 
No me gustan las recetas pero la liberación del hombre empieza por ahí…
 
*
 
17 de diciembre, 2001. Madrid.
Acudo a Madrid para, entre otros motivos, asistir a la presentación de la revista surrealista Salamandra. Intervención Surrealista. Imaginación insurgente. Crítica de la vida cotidiana. Después me voy a casa de mi amigo fotógrafo Oscar Gómez de Vallejo. Una vez allí me dispongo con tranquilidad a leer parte del contenido de la publicación. Abro la revista al azar y el primer texto con el que me encuentro es el titulado H de Eugenio Castro (1). 
 
20 de diciembre, 2001. Santander.
Regreso a Santander en coche junto con mi amigo Oscar y otros amigos. No tardo en quedarme dormido. Cuando despierto ya es de noche. Me dicen que nos encontramos en territorio cántabro, concretamente en la bajada de Pozazal hacia Cervatos. Miro a través de la ventanilla. Nos rodea una oscuridad absoluta. Sin embargo, a unos cincuenta metros de distancia del coche no tardo en distinguir un enorme neón azul que consiste en una H de hospedaje resaltando entre la oscuridad (2).
 
23 de diciembre, 2001. Santander.
Oscar y otros amigos decidimos ir a Bilbao a pasar el día. Cogemos el coche, Oscar conduce. Al llegar a Orejo Oscar decide desviarse inesperadamente, no recuerdo el motivo, y tomar la desviación que lleva a Villaverde de Pontones por unas carreteras secundarias. A unos quinientos metros de nosotros, vemos una nave industrial con unas haches enormes en fila pintadas sobre la fachada. Nos detenemos unos instantes y continuamos nuestro camino.
 
17 de febrero, 2002. Mortera.
Mi compañera Vesna y yo nos hemos desplazado a Mortera, a una reunión organizada en casa de nuestro amigo el pintor Mariano Gómez de Vallejo (3). Mariano nos invita a ver unas diapositivas que tomó durante un viaje a Argelia, realizado hace ya muchos años. La mayoría de las imágenes están obtenidas en el desierto. Una de ellas llama mucho mi atención especialmente. Está realizada frente a un puesto fronterizo y se ve un furgón militar cuyos focos delanteros son de distinto color. Junto al vehículo un soldado mira hacia la cámara con cara de sentirse molesto.
 
19 de febrero, 2002. Santander.
Tras una mañana agotadora entro en el Centro de Calculo de mi facultad para leer mi correo electrónico. La habitación está llena de ordenadores. Curiosamente todos menos uno se encuentran ocupados. Me siento en el único que está libre y reparo en que alguien, tal vez el administrador, ha colocado un pequeño letrero tapando la ranura de la disquetera. En él se puede leer en letras mayúsculas:
 
¡NO APAGAR NUNCA!
 
Impresionado por este hallazgo tan excepcional, decido llevarme el letrero.
 
De regreso a mi casa me encuentro con un perro, posiblemente mezcla de Huskie con Pastor Alemán. El perro tiene un ojo de cada color. Se queda mirándome fijamente durante unos instantes y desaparece correteando.
 
22 de febrero, 2002. Santander.
Es viernes. Me llama por teléfono Luis Malo, un amigo poeta al que le tengo informado de mis últimas experiencias con lo maravilloso, en particular de las apariciones de las haches. Me dice que está con Paco y Ana, dos amigos comunes. Me anima a que quede con ellos. Estoy muy cansado y en un primer momento digo que no pero Luis insiste tanto que termino por aceptar.
 
Nos citamos en una cafetería céntrica. Cuando llego al lugar les encuentro a los tres de pie junto a la barra. Me acerco a ellos, se giran y descubro que Ana lleva puesto un jersey de lana rojo en el que hay una enorme H negra en la parte delantera. Luis me asegura que aquello no estaba preparado y que el fue el primer sorprendido.
 
Horas después decidimos ir a casa de Paco, que vive al lado de la estación de tren, en la Calle Madrid. Poco antes de llegar a su portal pasamos cerca de una tienda que se llama Marachi. La hache del neón es de color blanca y tiene dibujada una llama encima. El resto de las letras son azules. En casa de Paco seguimos bebiendo y charlando y decidimos quedarnos a dormir allí (4).
 
5 de julio, 2002. Belgrado.
Me encuentro viajando por Europa del Este junto con mi compañera Vesna. Llegamos por la noche a Belgrado procedentes de Hungría. Vamos a casa de Gvero, un amigo de Vesna que vive con su novia, una chica de la República Moldava. Charlamos con ellos largo rato sobre el conflicto de Trasnistria. Ella es de esa zona y está bastante documentada al respecto pero estamos tan cansados que no tardamos en echarnos a dormir.
 
Al día siguiente madrugamos y salimos a dar un paseo. Gvero vive en la calle Gandijeva, una de las barriadas obreras de las afueras de la ciudad. La avenida la forman decenas de bloques de hormigón, idénticos entre sí y dispuestos en varias hileras. Estos edificios causan en mí una profunda emoción. Es muy llamativa su peculiar forma escalonada. Me entretengo fotografiándolos durante varias horas5.
 
 Al mediodía Gvero nos invita a ir junto con otra amiga a Novi Sad. Uno de los muchos trabajos de esta amiga consiste en comprar ropa barata en Serbia y venderla más cara en Rumanía. Así que ella quiere informarse sobre cómo están los precios de la ropa por allí. En Serbia, a los que se dedican a eso les llaman svert. Aceptamos la invitación. Una vez allí visitamos algunas tiendas situadas en el centro de la ciudad. La amiga de Gvero observa con detalle todos los escaparates y de vez en cuando penetra en las tiendas para consultar los precios, anotándolo todo en un pequeño cuaderno.
 
En la calle Zmaj Jovina miro en las puertas de una tienda de ropa. Los pomos, desde cierta distancia, configuran una H3. Me dicen que el nombre de esa calle corresponde a un célebre poeta para niños. Después nos vamos a comer a un restaurante situado a orillas del Danubio, en las afueras de Novi Sad. El restaurante es rústico, pequeño y acogedor. Las mesas están colocadas en una terraza de madera, construida sobre el agua. El paisaje es fabuloso y el buen tiempo nos acompaña. Pero el momento más maravilloso llega cuando descubro a escasos metros de la mesa en la que comemos un árbol sexuado. Al acercarme a él reconozco en su corteza una gran vagina con sus labios menores, mayores y su clítoris perfectamente distinguibles6 .
 
Por la tarde nos dirigimos hacia el este, hacia el pueblo natal de Vesna.
 
6 julio, 2002. Zajecar.
Vesna y yo hemos dormido en su casa. Por la mañana, al despertarnos, hacemos el amor con efusividad. Después permanecemos abrazados y yo siento como el amor se extiende dentro de mí y se mezcla con el excesivo calor del verano hasta desbordarse, provocándome un desmayo majestuoso. Cuando empezamos a quedarnos dormidos la madre de Vesna la llama desde algún lugar del piso inferior de la casa. Vesna se levanta, se viste y acude a su llamada. Yo me quedo tumbado en la cama, adormilado y con el preservativo puesto todavía. En el momento en que sale de la habitación tengo una ensoñación sorprendente en la que ella me quita el preservativo y se va corriendo con él, sosteniéndolo entre sus dedos. Mientras se aleja se va convirtiendo gradualmente en una niña que busca a su madre para mostrarle el preservativo, a modo de trofeo. No dejo de repetirme esta ensoñación una y otra vez hasta que el sueño me invade por completo y me duermo.
 
Por la tarde emprendemos viaje hacia el sur de Serbia. No tardamos en llegar a Kalna, un pequeño pueblo cercano a la frontera con Bulgaria. Es ya de noche. Nos dirigimos a casa de unos familiares de Vesna. Atravesamos la calle principal del pueblo. A ambos lados vemos diversos edificios habilitados a modo de vivienda para refugiados serbios procedentes de distintos puntos de la exyugoslavia. No tardamos en encontrar situado en el borde de la carretera el siguiente objeto: dos viejas mesas de madera permanecen atadas entre sí por una cuerda y una de estas mesas, a su vez, está atada al parabrisas de un coche (7).
 
1 agosto, 2002. Timisoara.
Me encuentro paseando por Timisoara (Rumanía), la ciudad de los parques y los jardines. Las numerosas zonas verdes, los imponentes bloques de las barriadas obreras, la gran diversidad de catedrales, iglesias e industrias, así como su abandonada decadencia convierten a esta ciudad en un lugar excepcional para dejar volar la imaginación.
 
Tras recorrer los alrededores del norte de la ciudad llego a la Catedral Ortodoxa, situada en el Parque Catedralei. En una pared próxima encuentro la siguiente pintada callejera:jos iliescu (Abajo Iliescu) a la que un bromista ha pintado una S encima de la J, de manera que ahora se lee sos iliescu (Socorro Iliescu) Y enfrente de la Catedral, sobre las cornisas de un bloque de viviendas situado en el comienzo de la Avenida Victorei, se ve un grandísimo cartel que lleva el nombre de uno de esos bancos esporádicos que aparecen y desaparecen en la Rumanía actual. El nombre del banco es RoBank
 
8 agosto, 2002. Timisoara.
Análisis subjetivo: me cito por la mañana con una amiga en la Plaza de la Opera. Llego cinco minutos antes de la hora acordada. Ella todavía no ha venido. Como tengo muchas ganas de orinar decido entrar a un MacDonalds cercano. El servicio está ocupado. Mientras espero descubro que aquel MacDonalds huele igual que los MacDonalds de Santander y que también huele igual que los MacDonalds de Budapest y que los MacDonalds de Belgrado.
 
26 agosto, 2002. Zajecar.
He estado casi todo el día deambulando solo por la ciudad, sin ningún rumbo prefijado. Cuando ha comenzado a atardecer he decidido sentarme en uno de los bancos de lo que debe de ser la plaza principal de la ciudad. Frente a mí hay un hombre que alquila cochecitos eléctricos para niños. Mientras estos se entretienen conduciendo alrededor del parque, sus madres descansan en los bancos cercanos y otras, las madres de los niños más pequeños, caminan junto al vehículo con un brazo al volante, para corregir su trayectoria.
 
Dos mujeres desconocidas entre si, una con un niño y otra con una niña han solicitado el alquiler del único cochecito que queda libre. Como no saben ponerse de acuerdo en quien llegó primero, deciden montar en el coche al niño y a la niña juntos.
 
14 septiembre, 2002. Engelburg.
Mi compañera Vesna y yo nos encontramos en la zona de Suiza Oriental, en Engelburg. La región se eleva lentamente desde la cadena montañosa de Churfirsten, cerca de la ciudad de St Gallen, hacia la parte austriaco-suiza de los Alpes. Hemos ido a visitar una región montañosa llamada Wamderberg. Comenzamos a caminar por una carretera flanqueada por árboles grandísimos. Es un día soleado y caluroso. Siento que nuestra presencia en aquel lugar adquiere cierto carácter de indagación. Al llegar a una curva muy pronunciada, vemos en uno de los bordes una gran pila de troncos talados. Algunos de ellos tienen en la base números pintados en amarillo, tal vez con el propósito de clasificarlos. Al aproximarnos compruebo que dos de los troncos tienen cada uno una H amarilla escrita en sus bases.
 
4 de diciembre, 2002. Santander.
Tras una mañana perdida en agotadores trámites burocráticos salgo de mi facultad, más ensimismado que nunca, en dirección a mi casa. Cruzo la carretera de la avenida de los Castros y cuando estoy en el otro lado descubro que alguien ha colocado un viejo felpudo al pie de la acera contraria, cerca del bordillo (8). Lo contemplo largo rato desde la otra acera, sintiendo una profunda inquietud.
 
marzo 2003, Madrid.
Acudo a Madrid para participar en la presentación de una antología de poetas cántabros en la que estoy incluido. Me quedo a dormir en casa de Micro, un amigo de Torrelavega que vive con su novia en Aluche. Ambos tienen un misterioso gato negro que llama mi atención y al que parezco caerle bien. Desde el balcón de su piso, un doceavo, las vistas son espectaculares; desde allí pueden verse la cárcel de Carabanchel y la Subestación Eléctrica. Este hecho provoca en mí una perturbación sublime y una agitación peculiar, producida por la energía, que imagino, irradiarían por un lado las líneas de alta tensión de la subestación y por otro lado las ansias y los deseos de tantos presos que se fueron acumulando en aquella cárcel durante décadas. También experimento una expansión y un aumento en la intensidad de mi ánimo.
 
Esa misma noche tengo el siguiente sueño, como suele ser habitual no recuerdo todo sino fragmentos: al ir a orinar descubro que la cabeza de mi pene es la cabeza de un gato negro que parece abrir la boca para bostezar. A pesar de eso, alguien me advierte que el gato está muerto. Miro de nuevo y veo que la cabeza de gato está llena de una especie de pulgas que se mueven de un lado para otro. Guardo mi pene con su cabeza de gato bajo mi ropa interior y subo la cremallera y en ese momento experimento una extraña incomodidad. En la siguiente escena me veo arrojando al gato por la ventana desde gran altura. Mientras el gato cae al vacío me arrepiento de haberlo lanzado y en ese momento las extremidades del gato se transforman y el gato toma la apariencia de una ardilla voladora que empieza a planear y desaparece girando alrededor del edificio. Después oigo cómo araña la pared mientras trepa por la fachada.
 
8 marzo 2003, Santander.
Entro en la cocina de mi casa. Miro el marco de la puerta. Hacía muchos años que no me fijaba en él. A cierta altura del marco hay una veintena de pegatinas que puse allí cuando era niño. Entonces me vienen a la memoria algunos de los recuerdos más entrañables de mi infancia. Las pegatinas están colocadas verticalmente, una encima de la otra. Son ese tipo de pegatinas circulares que llevan pegadas las naranjas para indicar la marca.
 
En una de ellas, curiosamente la que está colocada más arriba, está escrito en amarillo sobre fondo verde lo siguiente: h oro.
 
 
Vicente Gutiérrez Escudero. Publicado originalmente en la revista Salamandra 13-14.
 
Notas:
 
1. Es muy significativo el hecho de que el primer texto que comenzase a leer fuese precisamente ese, un texto basado en las coincidencias y el azar. Además, aquella lectura supuso el inicio de una serie de acontecimientos maravillosos que se fueron desencadenando en los meses sucesivos. Digamos que fue un detonante. Aunque tal vez estas apariciones y coincidencias hubieran pasado de largo de no haber existido una potenciación e intensificación de mi sensibilidad tras esa lectura. En cualquier caso, de haber sido así, en ningún momento fui consciente de ello.
 
2. Creo que interpreté aquella primera hache como una doble bienvenida. Por un lado, como una bienvenida a mi tierra y por otro lado como una bienvenida a lo misterioso.
3. La casa de Mariano es un lugar al que yo considero magnético. Uno de los motivos es que está repleta de pinturas y publicaciones que guardan estrecha relación con el surrealismo. Otro motivo es por el tipo de amigos con los que suelo coincidir allí
 
4. Recuerdo que estaba tan aturdido e inundado de estupefacción que no pude dormir por la noche. Fue tan grande aquel aturdimiento que me resultó imposible redactar lo ocurrido. Además, aquel estado se mezcló con una extraña sensación de miedo; miedo a lo misterioso, miedo a la sobreabundancia dialéctica de sentido-sinsentido. Ese miedo a lo inexplicable no se separó de mí en ningún momento y me llenó de un agradable desconcierto durante los meses sucesivos.
Para defender mi reivindicación del miedo me gustaría soportarme en el artículo de Agustín Rivas aparecido en el número 2 de la revista Engranajes titulado: Magia y alteridad en eclosión: El horizonte de la seducción y la escenificación saturad (Claves para una arqueología de la sociedad "pornográfica"). Donde el miedo es redefinido como suspensión experiencial, como experiencia de lo posible.
 
5. Tengo que reconocer que este tipo de construcciones, de cierta arquitectura estalinista, despiertan en mí una gran impresión. He encontrado construcciones semejantes en ciudades rumanas como Resita o Bucarest donde las grandes avenidas, flanqueadas por inmensos bloques de edificios (algunos de ellos abandonados a medio edificar) invitan al visitante al más sugerente y evocador de los ensueños.
 
6. La fascinación y euforia que este árbol sexuado me provocó se vieron intensificadas por la presencia del Danubio. Este río siempre ha generado en mí una fascinación especial, sobre todo cuando he tenido la suerte de atravesarlo. Un detalle curioso es que la vagina que encontré tallada en la corteza de aquel árbol estaba invertida.
 
7. Soy incapaz de describir el placer estético que la presencia de aquel objeto provocó en mí. En cualquier caso aquel encuentro no hizo más que reafirmarme en la convicción de que los verdaderos museos se encuentran en la calle, en la propia realidad, y no encerrados en determinados recintos, donde, en definitiva la realidad es representada y degradada.
 
8. Aquel felpudo situado al pie de la acera provocó en mí un estado de estupefacción extremo. Puedo asegurar que me sentí invitado a regresar a la otra acera. Incluso llegué a pensar que si acudía a la llamada de aquel objeto sería recompensado de algún modo.

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