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Hacia una experiencia colectiva del dormir no enajenado

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“Mis datos acerca de la vida onírica de grupos Senoi de diversas edades indican que el sueño puede llegar a ser, y sin duda es, el tipo más profundo de pensamiento creativo. Al observar las vidas de los Senoi se me ocurrió que la civilización moderna podría estar enferma porque la gente se despojó, o frustró él desarrollo, de la mitad de su capacidad de pensar. Tal vez la mitad más importante."

Kilton Stewart

 

“El poeta venidero superará la idea deprimente del divorcio irreparable del acción y del sueño.”

André Breton

 

Es innegable que la vida cotidiana se enriquecería en gran medida si se lograse integrar en ella todo lo relacionado con el sueño. El motivo principal reside en la relación existente entre los sueños y algo tan esencial para el ser humano como el deseo de libertad. Porque el sueño acapara más de la cuarta parte de nuestra vida y a veces más de la tercera, y sin embargo el tiempo que se invierte en el dormir, para la dominación actual, es y debe seguir siendo un tiempo muerto. A mi entender, esta represión del impulso onírico es una mutilación en toda regla. La cuestión del soñar pues, debe ser tomada seriamente. Claro que encontramos numerosos obstáculos a la hora de afrontar tal cuestión. A pesar de las investigaciones realizadas durante estos dos últimos siglos, la cantidad de cosas que seguimos desconociendo acerca de los sueños es inmensa. Por si esto fuera poco nos enfrentamos también a la lamentable confusión que revolotea en torno al término “soñar”. Sus connotaciones son diversas y en algunos casos antagónicas. Hay una especie de tendencia a relacionar el fenómeno onírico con el soñar ilusorio que se produce durante la vigilia. Y aquí no puede nacer más que una contaminación entre dos modos de ser: entre la imaginación desencadenada en los sueños y el pensamiento ilusorio fomentado, por ejemplo, desde los medios de comunicación. No olvidemos que una de las numerosas estrategias de la dominación ha consistido en sustituir el pensamiento imaginativo por históricas formas concretas de ilusión, supeditando pues, el uso de la imaginación al uso de la ilusión. Otro obstáculo que impide una experimentación plena ya fue señalado por André Breton y tiene que ver con la culpabilidad en el sueño. Existe la creencia de que hay algo en los sueños que debemos esconder a toda costa, lo que los confina, en la mayoría de los casos, al terreno estrictamente individual. Breton lo denominó: el muro de la vida privada. Y en este sentido no dudó en criticar el temor pudoroso del mismísimo Freud a la hora de escribir acerca de sus propios sueños, por miedo quizá a ser objeto de perversas interpretaciones. Ese muro nos impide, entre otras cosas, compartir los sueños y dar el salto a la experiencia colectiva del soñar. Los sueños pasan a formar parte de la vida íntima. Pero el gran obstáculo que frena toda posible experimentación es sin duda el principio de realidad: la existencia del trabajo asalariado, que ocupa casi toda la existencia de los individuos. 

A mi entender, no hay fenómeno más misterioso, más intenso que el del sueño. En esos agujeros olvidados de la vida vive la vida. En ellos, hay un más allá en el que puede caber el universo entero en sus estadios pasado, presente y futuro. También es evidente que en ellos generamos un modo distinto de pensar. Pero podemos ir aún más allá; Lawrence Lessing sugirió que existe un nivel más profundo de actividad onírica dentro del llamado sueño profundo en el que aflora un nuevo pensamiento, de índole más abstracta, diferente del que aparece en los periodos REM durante el sueño ligero y, por supuesto, diferente también del pensamiento llamémosle “convencional. Los psicoanalistas, por ejemplo, ven en el sueño una regresión protectora a un estado que puede dar lugar a un tipo de pensamiento poético que recupere la inocencia inicial y provoque una extrañeza aún más acusada de los sentidos. Por si esto fuera poco, en el sueño, el individuo adopta una relación distinta para con los demás; se desarrolla una relación entre individuos en la que no intervienen las formas convencionalizadas de la moral y la estética. 

Sin embargo, en nuestra civilización los sueños solamente ejercen acción en un terreno evaporadizo. El hombre ha supeditado sus sueños al descanso. Esta es la devaluación de la actividad onírica. Por desgracia, en nuestras sociedades el cuerpo ya no extrae su valor de ser portador de los sueños. Y sin sueños no hay gratificación integral en la experiencia de la vida. Es indudable que el modo de vida actual arrastra consigo una separación brutal entre el sueño y la vigilia; se ignora la sedimentación que se produce en nuestro inconsciente. Y aquellos que plantean una distribución del dormir diferente a la comúnmente aceptada son rechazados, o aceptados pero a nivel patológico. Lo verdaderamente nocivo en este proceso de devaluación no es sólo que se destruya la ancestral relación que fusionaba sueño y vigilia, sino que, paralelamente a esa disminución de las posibilidades del espíritu, degrada en nosotros lo que se consideraba como característica de lo humano: el deseo de libertad. Surrealistas como Gherasim Luca o André Breton han sido algunos de los pocos en plantearse este hecho, a mi modo de ver, crucial. Breton lo hacía en estos términos: “no podemos desinteresarnos de la manera en que reacciona el espíritu en el sueño, aunque no sea más que para deducir de ella una conciencia más completa y más precisa de su libertad” y se detiene ahí antes de insistir en la necesidad de alcanzar ”un conocimiento mayor de las aspiraciones fundamentales del que sueña al mismo tiempo que una apreciación más justa de sus necesidades inmediatas”[1] Ciertamente, el inconsciente conoce mejor que el consciente la búsqueda de valores esenciales para alcanzar la libertad. Y esta es otra de las virtudes propia de los sueños, tal vez la más poderosa, que el sistema de dominación destruye con más perversidad. 

La situación actual es lamentable; la mayoría de la gente nunca se ha planteado el problema de la desonirización de nuestras sociedades. Además, existe un desinterés generalizado para con esos sueños que son recordados al despertar. Los hombres no viven sus propios sueños; no duermen para soñar sino para descansar. Y esto ocurre porque a muchos no les queda más remedio que ajustarse a los horarios preestablecidos por el control sobre el trabajo social. Y mientras duermen no viven; descansan. Duermen enajenados. Es bien sabido que el dormir enajenado tiene unas potentes restricciones impuestas sobre la libido. El dormir enajenado es la ausencia de gratificación, de autoconocimiento, la negación más grotesca del principio del placer. De este modo el tiempo del dormir, que ocupa gran parte del tiempo de vida individual, es un tiempo vacío. El dormir es arrinconado a la noche y es desviado para que los sueños actúen de una manera socialmente inútil. Este subyugamiento, por medio de los horarios generalizados que impone la sociedad del trabajo, cubre de una manera más completa el conjunto de la sociedad. Todo lo relacionado con los impulsos más fundamentales, entre estos el de deseo de revuelta, es arrojado a ese tiempo vacío del dormir para que el inconsciente lo mastique y lo diluya hasta hacerlo desaparecer. El cuerpo y la mente son reducidos a meros instrumentos del dormir enajenado. Gracias a ese control básico del sueño el dormir es hoy en día una mera relajación pasiva y una recarga de energía para el trabajo. 

Afortunadamente no todas las formas y modos del dormir son irreconciliables con el principio de placer. La alteración de la distribución del tiempo del dormir puede potenciar considerablemente el flujo de los sueños. Incluso las relaciones humanas relacionadas con el dormir (sueños colectivos o puesta en común de los mismos, por ejemplo) pueden proveer de una considerable descarga de impulsos de componente libidinal, pasional o eróticos. Para ello he introducido la noción de un dormir no enajenado. ¿Pero en qué consiste este dormir no enajenado? Una forma de materializar ese nuevo dormir es el de la alteración de las horas del descanso. Se trata de una redistribución de las horas del dormir bien diferente, que se adapte a las exigencias corporales y psicológicas de cada individuo. Este cambio en la rutina diaria puede presentase como brusco o progresivo, discontinuo o persistente; la gran diversidad de disposiciones y de reacciones en relación con una alteración de tal embergadura dependerá mucho de las características psíquicas y fisiológicas de cada individuo. El doctor M. Eck afirma que “existe una disciplina de la duración del sueño, y es cierto que la regularidad en el número de estas horas de sueño y en los horarios para acostarse y levantarse forma parte de una educación de la voluntad (…) esta disciplina es, a menudo, más una baza forzada, que la expresión de una libertad.”[2] Lo que viene a decir que la organización represiva de los sueños se debe a factores que no son inherentes a la naturaleza de los sueños sino que son producto de las específicas condiciones históricas bajo las que se desarrollan[3]

Puesto que la historia de la civilización occidental es la historia de la industrialización total, el colofón de esta historia aberrante la hemos alcanzado ya y es ladesonirización total de los instantes vividos. Los hombres deberían volver a experimentar sus sueños -como han hecho y hacen ciertas sociedades tribales- después de haberlos arrinconado artificialmente en su inconsciente. Buen ejemplo es el de la tribu de los Senoi, en Malasia, para quienes los sueños eran el lugar privilegiado de acceso a lo real. Toda su existencia individual y comunitaria giraba en torno a la experiencia onírica, que era un aspecto prominente de la educación de los niños y  un conocimiento corriente para todos los adultos. Para ellos, la puesta en común de los sueños era un aspecto más de la educación y del trato social cotidiano. Discutian y analizaban los sueños de todos los miembros de la comunidad en consejo. Mediante esa integración del fenómeno onírico en la sociedad, los Senoi llegaron a un avanzado estado de cooperación e integración social y física en el que los sueños eran tratados como réplicas psicológicas del entorno socio-físico[4]. No dejo de imaginar las ventajas de aplicar este tipo de métodos y de relaciones interpersonales tan asombrosos en nuestra sociedad. Se trata pues de intervenir en la trama de la vida social. Y por desgracia la vida social se encuentra llena de represiones. 

En efecto, la atenuación e invisibilización de los fenómenos oníricos pertenecen a ese cimiento básico de la represión, con lo que el progreso normal hacia la fusión de vigilia y sueño ha sido saboteado de tal manera que los sentimientos, emociones e impulsos instintivos se ejercen tan sólo en la vigilia. Porque la organización de la civilización requiere de una estricta organización del tiempo del dormir de los individuos que la integran, especialmente de la clase trabajadora. Y la distribución de las horas del descanso imperantes provoca que, por un lado el durmiente se desentienda de los sueños que aparecen en las fases intermedias del descanso y por otro lado, al estar obligado a madrugar y acudir cuanto antes a su puesto de trabajo, olvide ese último sueño que interrumpe el despertador, desvaneciéndose sin más. Antes incluso de la llegada de la civilización industrial, la técnica de la manipulación en masa ya tuvo que desarrollar una industria del descanso que controlara directamente el tiempo del dormir. Y actualmente, esa organización represiva del descanso es ya indispensable para prolongar la dominación actual. El Estado ha tomado la tarea de reforzar tales controles porque sin esta organización represiva, el durmiente podría sentirse dueño de sí mismo, y también dueño de su tiempo. Y tal vez, impulsado por un conocimiento más amplio de las potencialidades de liberación de la realidad del dormir y por la energía desencadenada en tal experimentación, éste atentaría contra sus propias limitaciones externas y lucharía por abarcar un campo todavía más amplio de relaciones existenciales, haciendo explotar las actuaciones represivas de la dominación. Las prácticas relacionadas con el dormir podrían convertirse en un gran obstáculo para la producción y por tanto para la perpetuación de la dominación. Estamos pues, ante un conflicto de índole biológica y de índole social entre el principio de placer y el principio de realidad, entre el soñar y el trabajar. 

La cuestión de los sueños debe resolverse entonces desde dos niveles bien diferentes, pero sometidos a interacción: el nivel biológico filogenético y el nivel sociológico. No se trata tan sólo de su puesta en común, sino de integrarlos en la vida social y que pasen a formar parte de esos vínculos afectivos y emocionales que ejercemos hacia las personas con las que convivimos. Tampoco se trata de reducir o prolongar las horas del sueño, sino de acomodarlas a las exigencias individuales, secuenciando periodos alternativos de sueño y vigilia. Se reconoce incluso en la comunidad científica que las adaptaciones individuales son innumerables. Por otro lado, tampoco hay datos científicos que nos permitan concluir sobre la duración ideal del dormir; sucede que hay individuos a los que les es suficiente con dormir pocas horas; otros individuos, en cambio, requieren de mucho más tiempo. Incluso esa duración varía en función de la estación, estados de ánimo, alimentación, temperatura… Por esta razón, “no es una exigencia natural el hecho de que estos ritmos de sueño nos alejen del estado consciente a las mismas horas todos los días, al caer la noche, por lo general (...) cada ser viviente adquiere el ritmo nicteneral del sueño mediante una adaptación de las exigencias psicológicas a las necesidades sociales”[5] Uno se sorprende al ver lo distantes que se hallan esas necesidades sociales de las verdaderas necesidades del individuo. 

Iniciemos o no ese camino de autobúsqueda, nos encontramos ya inmersos en un modo de vida impuesto, pero también sometido a cambios. Ya el mismo sistema de dominación, ayudado por nuestra indiferencia, nos marca el camino a seguir y aporta sus propias “adecuaciones”; es curioso que los únicos estudios que plantean adecuaciones del sueño son los que realizan determinadas empresas para adaptar los cambios de turno de determinados trabajos. Desde estas empresas se advierte que el dormir debe hacerse en cantidad suficiente, pero con el único fin de que ese descanso sea útil de cara a proporcionar una relajación y un descanso eficaces que preparen para el trabajo. Y muestran especial interés en estudiar qué horarios o formas de vida desorganizan la cadencia del sueño del trabajador de forma menos agresiva, para que éste no engendre fatiga nerviosa, por ejemplo. Estos nuevos esclavistas son conscientes que alteraciones de este tipo provocan a su vez la transformación del propio ser del durmiente; bien para hacerlo aún más sumiso, bien para desencadenar en él un proceso de liberación interior. 

A propósito de las relaciones entre sueño y vigilia he tenido experiencias conmovedoras estos últimos meses: cambios drásticos de horario y en la duración de los sueños, repercusiones del cambio de alimentación en el ritmo del sueño, la construcción de mapas psicogeográficos oníricos, despertares provocados... Los resultados han sido asombrosos. A continuación describiré una serie de experiencias que tienen que ver con las alteraciones de las costumbres del descanso, con el fin de convertir al sueño en una experiencia integral de libertad y gratificación. Traigo aquí una cita de André Breton que no me cansaré de repetir: “parece que no podemos hacer nada mejor que experimentar en nosotros mismos el método en cuestión, a fin de asegurarnos de que el ser sensible inmediato que tenemos incesantemente a la vista y que es nosotros, somos capaces por dicho método de pasar a ese mismo ser mejor conocido en su realidad, es decir, ya no como ser inmediato, sino en varias de sus nuevas relaciones esenciales (unidad de la esencia humana y del fenómeno del sueño).”[6] Desde siempre me he planteado la posibilidad de estudiar el proceso onírico que contínúa, aunque debilitado, en el proceso del despertar. Estoy hablando del ensueño. Me propuse estudiar en mis propias carnes el mecanismo orgánico que está detrás de este fenómeno para ponerlo al servicio del principio del placer. 

Teniendo en cuenta que hay un marcado ritmo biológico determinado que incluso prosigue de algún modo al tiempo de vigilia, me planteé la posibilidad de aprovechar estas fases naturales del sueño con el fin de fusionar sueño y vigilia e iniciar un proceso de expansión interna que ensanchara los límites de la vida al de las necesidades subjetivas más fundamentales[7]. Ahora bien, ¿cómo se podría materializar esa fusión de forma concreta? Dentro de estos ciclos se va del sueño profundo al sueño ligero de forma intermitente. Considerando que dormimos una media de 8 horas por noche y la duración de cada uno de esos ciclos -en los que se generan los sueños- es de hora y media, tendríamos la estimación de unos 4 sueños por noche. Pero el ritmo de vida impuesto por la sociedad del trabajo nos obliga a permanecer dormidos durante todo ese proceso, con lo que todo ese material onírico es condenado al olvido. Ahora bien, si el sueño ligero es el que nos prepara para despertar, tal vez sea ese el terreno propicio para provocar tal fusión. En estas subfases podríamos autoprovocarnos un despertar paulatino, no brusco y realizar un subrayado del sueño, incluso podríamos transformarlo en un sueño lúcido con el que poder jugar. Y dar el salto, tras un breve periodo de tiempo en estado de semisueño, al siguiente sueño profundo. Claro que para ello habría que ejercitarse. El durmiente se hallaría inmerso en una dinámica que alternaría sueño y vigilia de forma más continuada, estableciendo un diálogo directo y profundo con su inconsciente. El durmiente podría prolongar cada subdespertar a su antojo, pues podría resultar indispensable prolongar una velada en aras de un disfrute más exhaustivo y esclarecedor de determinados sueños. 

De modo que elaboré una estrategia para “cazar” mis propios sueños, calculando la duración de los intervalos implicados en su aparición. Primero planifiqué un nuevo horario: las 24 horas del día quedaban divididas en 2 grandes bloques; cada bloque consistiría en 3 subciclos de 2 horas destinadas al dormir, entre estos ciclos de sueño, insertaría subfases de 1 hora que comenzarían con despertares ligeros provocados, durante los cuales procedería al subrayado del sueño en un estado intermedio entre vigilia y sueño (con su consiguiente anotación inmediata). Tras estas 8 primeras horas habría un despertar fuerte, este despertar se prolongaría durante 4 horas, que se aprovechará para almorzar. Tras esta fase volveríamos a repetir otro segundo bloque de 8 horas similar al anterior. Tras este segundo bloque daría paso a una fase de vigilia de unas 3 horas en la que volver a almorzar. 

En un principio se trataba de una propuesta teórica provisional, pero no tardé en llevarla a la práctica. Elegí el verano de 2007, ya que había decidido no trabajar durante ese largo periodo. Por fortuna, tuve la ocasión de pernoctar durante un periodo largo de días en casa de una amiga, quien aceptó participar en tales experiencias. Es bien sabido que no sólo el cambio de horarios, sino el cambio de lugar fomenta considerablemente la aparición de sueños. Cada subciclo de dormir lo realizaba en lugares diferentes de la casa: unas veces en el sofá del salón, otras en el dormitorio de ella, otras en la cama de invitados… lo que influyó considerablemente. Tengo que reconocer que fui algo desordenado a la hora de cumplir con los horarios marcados, no sólo por la pereza; también me vi en la obligación de hacer diversas adaptaciones, en función de reacciones imprevistas de mi propio organismo. La primera fase la inicié a eso de las 12 de la noche. Curiosamente algunos de los 3 subdespertares provocados no coincidieron con la aparición de sueños. De hecho, hubo dos despertares que sí coincidieron con la aparición de un sueño y que se produjeron sin la ayuda externa del despertador, quizá causado por la sugestión de verme incluido en un experimento. Estos dos despertares no coincidieron con el horario programado, sino que se produjeron tras unos lapsos de tiempo de dos horas o dos horas y media. Al 3º día de estar realizando estas experiencias, tuve la sorpresa de comprobar cómo era capaz de despertarme sucesivamente sin la ayuda del despertador. Había conseguido acomodar al organismo a esos tres subdespertares. Por otro lado, encontré diferencias entre el bloque nocturno y el bloque diurno. Durante el primero me era más fácil reconciliar el sueño. Por el contrario, en el segundo bloque, hubo rachas de más de 2 horas en las que no podía dormir. Relacioné este hecho con la fuerte acomodación que supone haber estado toda la vida destinando el día para la vigilia y la noche para el dormir. Sin embargo, antes de tener que interrumpir la experiencia, sí que noté cómo mi organismo se iba adaptando al nuevo ritmo. Prolongué este nuevo modo de dormir durante 3 semanas, tiempo suficiente para apreciar las enormes ventajas de su aplicación real. 

Con relación a la posibilidad de experimentar sueños mutuos me detendré, a modo de ejemplo, en la siguiente anécdota: una noche, mi amiga y yo nos habíamos echado a la cama, desnudos, felices y cansados de haber hecho el amor efusivamente momentos antes, a eso de la 1:20 (según anotaciones hechas en mi informe) Días antes, había estado ya practicando el despertar provocado sistemático, con lo que llevaba ya varias noches despertándome repetidas veces, sin ayuda de despertador. Aquella noche, a eso de las 3:35, me despertó la intensidad provocada por el siguiente sueño: 

"Caminaba de noche, por la calle Tetuán de Santander. Me aproximaba a la boca del túnel que conecta Puerto Chico con Los Castros. Ante mí, tenía la gran boca del túnel, y a mi izquierda la carretera. Los arbustos cercanos no me dejaban ver bien la carretera, pero aprecié la parte de un coche; la parte de la ventanilla, donde una mujer joven apoyaba su cabeza en el cristal y dormía. Sonaba un tema de Rita Mitsouko. Cuando el coche avanzó y salvó la zona del arbolado me sorprendió el hecho de que sólo existiera la puerta color gris metalizado del coche, lo demás -incluido la mujer- había desparecido. Sólo quedaba esa puerta, que flotaba y seguía el curso de la carretera a gran velocidad. Me giré y la observé asombrado.

Después me interné en una urbanización cercana, próxima al pub Tempus. Atravesé una cancela metálica y vi un soportal. Antes de doblar la esquina que da a la puerta del portal, intuyo la presencia de un hombre sospechoso. Al dar dos pasos más veo que es un hombre de barba, que tiene extrañas manchas negras en la cara. Va vestido con camisa y pantalones vaqueros. De pronto, eleva las manos con intención de agredirme. En ese instante trato de girar para huir de él, pero hay unas rejas enormes que me lo impiden." 

Me desperté. El sueño, en este caso desagradable, me llenó de un sentimiento de miedo extremo. Elevó incluso mi temperatura corporal. Mi amiga se despertó, me miró adormecida y volvió a dormirse. Durante la noche me desperté en dos ocasiones más, pero esos despertares no coincidieron con ningún sueño. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos y sin yo decirla nada acerca de este sueño, ella me narra, de forma totalmente espontánea, un sueño que ha tenido esa misma noche: 

"En su sueño, aparecíamos ella y yo, entrando en su portal. Subimos las escaleras y al llegar a la puerta de su casa, antes de abrir la puerta, ella percibe la presencia de otra persona. Se gira y ve que en el rellano posterior, hacia arriba, hay alguien que nos espera." 

¿Cómo describir el estado de ánimo que aquel hecho infundió en mí? Soñar algo similar despertó en mí la curiosidad por ese personaje del que comencé a hacer un seguimiento. En este sentido me voy a permitir contar un sueño posterior, que tuve algunos días después, en aquel mismo dormitorio: 

“No sabría precisar si este sueño lo tuve con los ojos abiertos o cerrados. En cualquier caso estaba orientado hacia la puerta del dormitorio. La veía perfectamente. Estaba entornada. De repente vi entrar a un hombre, de aspecto similar al descrito en el otro sueño, pero vestido con ropa deportiva. Sin decir nada se lanzó sobre mí. Me desperté. Creí abrir los ojos, aunque como digo, puede que ya los tuviera abiertos. En ese despertar aprecié, a pesar de ser de noche, la puerta, en la misma posición en la que había estado en mi sueño.” 

Podría poner más ejemplos pero prefiero no alargarme. Creo que ha quedado claro el tipo de experimentación que propongo. Las conclusiones a las que he llegado han sido diversas. En líneas generales diría: integrar los sueños en la vida diurna provoca una intensificación de las emociones y sentimientos que no suele darse en la vigilia; los conflictos personales se resuelven más fácilmente habiendo accedido al inconsciente y enfrentándose a ellos de forma directa; se alcanza un estado de libertad muy gratificante que pide ser experimentado en la vigilia; potencia la aparición de sueños en serie y a nivel colectivo sueños mutuos, advirtiéndose un mayor fortalecimiento de las relaciones con los demás tanto en la confianza, los sentimientos o la solidaridad. 

[1] Los vasos comunicantes. André Breton. Ediciones Siruela, Madrid, 2005. p. 24 y 25

[2] El sueño. M. Eck, P. Laget, P. Lechat. Colección Vivir es saber. Vol. 29 (2ª serie). Aymá S. A. Editora. Barcelona, 1964. p. 17

[3] En nuestro pasado prehistórico el ritmo del dormir era bien distinto, seguramente en ciclos de menor duración. El sueño era una preparación para adaptarse a una situación de peligro y existían mecanismos para distinguir los estímulos que nos alertaban de peligros externos. En la civilización actual esos peligros son inexistentes o muy infrecuentes, de modo que la corteza del cerebro ignora todas esas impresiones sensoriales que ya no están asociadas a un estado de alerta y que son la inmensa mayoría. Por su parte, las exigencias laborales de nuestra sociedad contribuyen a que el dormir dure más horas que en la antigüedad, y se realice en una sóla fase. Pero no hay datos científicos que aseguren la necesidad biológica de distribuir las horas del descanso como hacemos cotidianamente.

[4] Kilton Stewart, Dream Theory in Malaya, publicado en Charles T. Tart, Altered States of Consdciousness, Doubleday & Co., Nueva York, 1969.

[5] Los sueños. Norman Mackenzie. Luis de Caralt Editor, S. A., Barcelona, 1966. pp. 13-14

[6] Los vasos comunicantes. André Breton. Ediciones Siruela, S. A. Madrid, 2005. p. 25

[7] El profesor Nelson advirtió que la cantidad de sueños variaba con los cambios de estado físicos, especialmente alteraciones en la presión de la sangre, del pulso y de la respiración. Sugirió que en el soñar habría un ritmo definido que formaba parte de un proceso psicobiológico. Llegó a demostrar que en la edad adulta, el ritmo básico del sueño tiene un ciclo de unos 90 minutos. El primer sueño aparece tras 90 minutos de haberse dormido y esto sucede porque cuando se está a punto de despertar el organismo segrega sustancias bioquímicas que lo preparan para tal despertar, despertar que no se llega a producir debido a los horarios del descanso establecidos en nuestra civilización. Los estudios aseguran que este sueño dura lo que el cuerpo tarda en eliminar esas sustancias preparatorias, unos 10 minutos. Tras ese periodo el durmiente vuelve a entrar en un segundo ciclo de sueño profundo, hasta que el organismo vuelve a prepararse para otro posible despertar. Los demás sueños se presentan durante la noche en intervalos similares, aunque van siendo más breves. El hecho de que los sueños más próximos a la mitad del dormir duren más, puede ser provocado por el hecho de que al organismo le resulte más difícil eliminar esas sustancias que segrega el cerebro. Eso explica que éstos suelan ser los sueños más intensos. Pero por lo general, tendemos a recordar el último sueño. Y hemos asumido como normal el hecho de abandonar el resto. De hecho ni siquiera los llegamos a olvidar, ya que en la mayoría de los casos nunca se depositaron en nuestra consciencia.

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