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POEMAS

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CELEBRACIÓN
 
aún nos queda cubrir la tarta de nata.
debería ser un día familiar,
siguiendo el rastro de baba de un caracol luminoso
o el de las hojas al rojo vivo que caen en el aljibe.
 
debería ser un día familiar.
con veinte niños de diez años gritando alrededor
y el payaso de labios encendidos que les hace sonreír
mostrándoles cabezas de langosta, perdigones usados
y el colmillo de un oso tintado de un rosa temible. 
 
HOTEL ARDEALUL
 
veo unos árboles altísimos entre los dos sucios camastros
y en el espejo de la pared del fondo del cuartucho
está creciendo el ventanal que adivinará tu pensamiento,
una tela de araña tan sola en el océano con sus estatuas de cera sonrientes
donde se reconoce el bullicio de las tabernas en las que se descorchan botellas negras
donde ya veo romperse unos vasos muy grandes
cuyos fragmentos incendiados iluminan y cubren toda una cantera;
la gimiente camada de migalas que escalan el precipicio en busca del sol desmadejado
dos enredaderas testarudas que me hablan de castillos
dos viejas barandillas que aherrumbran y vierten su piel al mar.
 
veo abrirse su pecho del que se escapa una medusa
más específicamente un corazón que quiero saborear
pero la señora de la limpieza lo pone encima de una mesita
junto a un cenicero cuya ceniza se desvanece entre la bruma de la mañana.
 
y luego he visto cómo tenía dentro muchas muñecas rusas
que al agitarlas sonaban como címbalos,
tan una dentro de la otra que aún deben estar asustadas;
así, unas con otras, unas dentro de otras,
fumando, sonriendo, bostezando, abriendo sus abrigos,
obligadas a hablar en un sofisticado lenguaje de signos.
 
están allí también unos perros separados por árboles
que en plena madrugada cantan cualquier cosa con un cierto aire simpático
a pesar de que respiran dentro de una gran fábrica,
 
y en un momento así los ves que dan el paso, atraviesan el límite
desplegando las delicadas sábanas de cristal de sus espaldas
atravesando la lluvia en algún sitio por encima en el cielo,
 
la manera en que habré de llegar a tí a través de la rasgada cortina.


SONÁMBULA DESTRUYE LAS PRENDAS DE VESTIR PROBABLES
 
A Alejandra Pizarnik
 
No escribas más,
no escribas una música que te busque a ti,
no escribas para ella; en vez de eso, asústala para asustar
a la niña que no fuiste y que vendrá y no vendrá
para beber en ti, y ser amiga de sombras tan antiguas.
 
Asústala con tus ojos inadjetivables,
con los años que pasan
sosteniendo una red que presente la alucinación adentro
o dos pesados ovillos de bramante
 
o con un ataúd
lleno de vitriolos.
 
Porque su hogar no existía más allá de los patios del colegio
y ella no supo nunca nada de ataúdes.
 
Despiértala y dile que es un juego
–el de asustar– que comenzó hace ya tiempo,
un juego que sólo existía fuera del poema;
un juego que sé yo que ha de ser pero que no sé qué ha de ser.
 
No escribas más,
ni trates de acariciar con versos, disimuladamente,
sus almas de terciopelo desvanecido;
no hay una celda que cante en las palabras
o que te nutra más que los seres que te abrazan,
no hay ningún poema en el mundo que descubra su lugar al rayo.
 
En vez de eso,
entra en su fino pelo y despierta sus llamas tan amables,
y muéstrala su cadáver, dormido, entretejido en lo dormido,
en el fondo dorado de esos pozos cosidos; allí donde sus prendas de vestir
allí donde su esqueleto de tiza, apenas filtrado, apenas diciéndose, acechando, allí donde su invisible donde su inocencia donde su vestido de cobre de colores tan alegres donde sus animales-espejos huían de ella para siempre.
 
Porque, recuérdaselo, los espejos se alejaban de ella cantando
y había sobre su cama un cortejo de máscaras finísimas
un umbral delicioso en el último rayo de sol, de un sol muy dado vuelta.
 
Y había para ella otras edades; cada día, cada hora.
 
Y había para ella un manantial de espejos con suicidios y una mano para redesplegarlos en el mar en la parte opuesta de la noche.
 
Y ese es un lugar donde has de comprender la ofrenda azul del alba
las pequeñas vísceras del viento
que sólo existían enredadas en la melena de la niña que no fuiste.
 
No escribas más porque sus ojos, sus afiladas ruinas, sus pequeñas chozas
duermen en paz muestran el sol pulsan aprietan sacuden los avisperos.
 
Despiértala sin palabras y olvida
que dormimos al borde del mismo acantilado, junto a ella.
 
Y que sus manos intentan cantar en ti, en el límite de ti, movidas por el viento de la escritura.
 
Porque sus manos eran un viento escondido en la escritura
que lavaba el infierno con su proporción de nieve capturada, con sus aromas de lluvia y seconal.
 
Y si intento escribir me empezarían a doler los pájaros en el acero de los cuchillos más hermosos
y si pienso cuánto de lo invisible se ha avecinado en la escritura
me empezarían a doler los llamamientos de las mujeres muertas, los pájaros de las mujeres muertas, los clérigos abandonados agradablemente en las mujeres muertas
 
me acordaría de su pijama ensangrentado.

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